Y el Mistral (al fin) nos dejó partir

BY MARTHA ZEIN

(A Julia, in memoriam)

La quilla del barco araña la superficie del agua. Me toca llevar el timón, el capitán ahora descansa. Es tiempo de silencio. Voy de lo que veo a lo que me cuento sin perder de vista el GPS; puedo hacerlo porque la de hoy no es una navegación demandante, al menos por ahora. Hemos zarpado con cierta premura, dentro de 48 horas volverá a rugir el viento y queremos cambiar de puerto. No puedo dejar de pensar en el velero hundido frente a la costa de Formentera en medio de sus bufidos, murieron tres personas.  El viento… Lleva días marcando nuestra agenda, navegamos en los huecos de su respiración. Cuando el Mistral abre la boca todo queda en suspenso y en esa excepción sucede lo inesperado. Así comienza este viaje.

Aquella noche el Mediterráneo no había dejado de batir el casco del GoOn, obligando a mi corazón y mis pulmones a adaptarse a sus ritmos para conciliar el sueño. Cuando abrí el ojo sabía que me estarían esperando, asomé la nariz por la cremallera del toldo que cubre la bañera y les miré de frente unos breves e intensos minutos: Los caballos desbocados del Mistral sacudían sus crines blancas en la bocana del puerto. Estaban tan cerca que podía sentir su aliento cerca de mi rostro. Amarrado al final del pantalán del Cormorano (el pequeño club náutico de Porto Torres), el GoOn es una platea al mar abierto pero hoy no contemplo, apenas miro, las crestas de espuma de aquellas bestias del aire nunca serán un espectáculo para las gentes de mar. Un viento de 50 nudos (unos 90 kms por hora) te arranca de cuajo del mundo del pensamiento y te deja en tu lugar: un puñado de músculos y huesos.

Hace años un superviviente de las torturas de la dictadura en Argentina me dijo en una entrevista que el miedo huele a orín y que lo transpiran todos los poros de la piel de quien cae en el terror, que es un olor que se pega a tu cuerpo y te persigue… Antes de que se humedecieran mis manos regresé al interior del camarote y empecé a cerrar cajones y poner a buen recaudo lo más frágil.

Dice Yuval Noah Harar en “De animales a dioses (Sapiens): Una breve historia de la humanidad” que los seres humanos pasamos de ser la especie carroñera que temía a los depredadores a situamos en la cima de la cadena alimentaria en apenas 100.000 años, un tiempo demasiado rápido en términos de evolución comparado a los millones de años que llevaron los leones a convertirse en reyes de la selva. Según este historiador (cuya obra ha llegado al barco gracias a la recomendación de un escritor y amante de los árboles, Joan Vicenç Lillo, a quien le doy desde aquí las gracias por su sabio consejo), no nos dio tiempo a asumir nuestra nueva fortaleza, “Al haber sido hasta hace muy poco uno de los desvalidos de la sabana, estamos llenos de miedos y ansiedades acerca de nuestra posición, lo que nos hace doblemente crueles y peligrosos”.

Miedos carroñeros y capacidades poderosas, qué combinación más potente. Los depredadores fueron desbancados por el temor a morir, que pasó a ser nuestro principal enemigo. Morir y temer morir, tener dolor y temerlo. Las primeras premisas me parecen definitivas, las segundas, infinitas.   Sólo los vivos pueden temer morir y los sanos temer el dolor. Para vencer nuestros temores, para crear modelos de conducta alentadores, para crear alianzas firmes que nos defiendan de los peligros reales e imaginarios, creamos relatos, mitos, leyendas, leyes… capaces de suplir nuestra falta de musculatura. Las transmitimos de generación en generación a través de las historias narradas no sólo en libros, legajos, películas… sino mucho antes, junto al fuego y las canciones.

El lenguaje no sólo nos sirvió para nombrar el mundo real sino para crear otro mundo lleno de infinitas posibilidades, desde hace 10.000 años (fecha en la que se calcula que empezamos esta tarea) llevamos una vida doble: la que es y la que podría ser hasta lograr que ésta conforme la materia, regule nuestro comportamiento y nos haga “hombres”, “mujeres”, “ciudadanas”, “héroes”… El universo creado gracias a nuestra capacidad para abstraer y nombrar crea lazos fuertes, concretos y tangibles como la jarcia que sostiene nuestro aparejo. Esta crónica es ahora mismo la nave en la que navegamos tú y yo.

Mientras arranchaba el interior del GoOn para que nada cayera al suelo me dije que el respeto podía ser la gama más baja del miedo; canturreé intentando que no subiera el siguiente peldaño, buscando en mi repertorio alguna letra amable, mientras él, el maestro, el que atraviesa la montaña y enciende la locura, el que otorga la cordura, el Mistral, salía de su silencio para recordarnos que de tierra nadie parte sin su consentimiento. Frente a una existencia tan real como el sonido que arranca a cabos y a mástiles, recurrí a mis pequeños ídolos, al girasol erguido pese a la ventolera, y sentí que podía temerle o bailar con él. “Se trata de flexibilidad, no de fortaleza”, resolví, y le di las gracias a la flor y continué con el ánimo más erguido.

Saludo al sol

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No somos turistas que recorren el Mediterráneo en barco, no es nuestro talante, tampoco lo es nuestra capacidad económica, además, venimos de una isla arrasada por este sector: no podemos serlo. Por otro lado, nos hemos acostumbrado a comportarnos como cualquier persona que vive vinculada con la naturaleza: hacemos la actividad adecuada y posible ante cada situación. Si l@s agricultor@s cuidan sus aperos de labranza en los días más difíciles del invierno o l@s pescador@s arreglan sus redes, nosotr@s multiplicamos las labores de a bordo… o nos lanzamos en pos de una inquietud que suele tener que ver con el conocimiento de alguien del lugar en el que estamos. La que nos murmuraba en la cabeza desde hacía unos días tenía que ver con las frágiles y escasas nacras y la maestra de bisso. Conocer de cerca la tradición que custodia bien merecía 500 kilómetros en coche.

Durante la primera hora en carretera no podía dejar de pensar en el ritmo de las olas en el casco, en sus espumosas crestas avanzando hacia el muelle, en sus frecuencias, en la longitud de sus ondas, en el girasol apenas despeinado… por la ventanilla observaba la mies tumbándose a su paso. Recordé de golpe el trabajo de una artista coreana que descubrí una semana antes de partir. Lisa Park utiliza las ondas cerebrales que generan sus emociones (ira, dolor, amor, miedo…) para provocar bellas fluctuaciones en el agua depositada en unos cuencos especiales. La performance se denomina “Eunoia”, que en griego significa “pensamiento hermoso”.

Imaginé al GoOn como un pequeño barquito de papel viviendo su aventura en uno de sus cuencos, con nosotr@s, minúsculas hormigas, en su interior, surcando las mínimas ondas del agua. La fuerza del viento adquiría así una dimensión nueva, aún más inquietante: ¿Era un Mistral airado, doliente, amante…?

Envuelta en ese pensamiento llegamos a los pies de complejo monumental de Santu Antine, uno de los nuraghes mejor conservados de Cerdeña. La isla tiene 8000 edificios megaliticos de este tipo, lo que da fe de la existencia de una civilización refinada en la Edad de Bronce. Estos seres humanos eran capaces de levantar edificaciones de hasta 30 metros de altura, sostenidas sólo por el peso de las piedras hasta formar arcos, levantar corredores abovedados o intrincados laberintos de piedra, lo que requiere un conocimiento de geometría, resistencia de materiales, algo de mecánica… Por el trazado podrían ser templos religiosos, fortalezas militares o salas de reunión de líderes, por ejemplo. A tenor de los restos encontrados en sus pozos la edificación de Santu Antine podría haber rendido culto al agua. Hace 3.500 años el agua era objeto de reverencia, de respeto, era algo más que H2O, era el símbolo, el camino, la herramienta para crear comunidad y para dar respuesta a todas las preguntas que puede generar… el miedo.

Me empiné en la parte más alta del nuraghe. Algunos kilómetros más allá nos esperaban los gigantes de Mont’e Prama, con sus ojos desorbitados, “puestos en pie para ser cuidados por la comunidad” (según explican en el museo de Cabras), porque cuidando ese legado recuerdan quienes son y cuáles son sus valores: fuerza, valor, orgullo. Faltaban aún muchos kilómetros para asomarnos a los tofet de Tharros

gigante cerdeña

Siguiendo los hitos de Yuval Noah Harar, di marcha a atrás los relojes, intentando deshacer la madeja que me constituye como mujer de mi época: 200 años atrás encontré la revolución industrial. “Familia y comunidad son sustituidos por Estado y mercado. Extinción masiva de plantas y animales”. Me deshice de ello y salté 500 años para alcanzar el boom de la revolución científica. “La humanidad admite su ignorancia y empieza a adquirir un poder sin precedentes. Los europeos empiezan a conquistar América y los océanos” -hasta sepultar definitivamente la memoria de imperios como el inca, el azteca y el maya, añado. “Todo el planeta se convierte en una única liza histórica. Auge del capitalismo”. En esas fechas, más o menos, se sitúa la isla de Utopia de Tomás Moro, la segunda ciudad ideal propuesta formalmente por la humanidad. El protagonista de su historia, Rafael Hitlodeo, es un tipo de marino quemado por el sol con el que podríamos habernos topado un día cualquiera en Bristol, Cádiz o Amberes a finales del siglo XV. Ha visitado las Américas (o las Indias), ha conocido el Nuevo Mundo…

Me cuesta no engancharme a su historia pero lo consigo. Fuera, pues, también esta atadura. Acelero mis despojos: 1.400 años, el islam; 2.000 años, el imperio Han en la China, el Romano en el Mediterráneo, el cristianismo se escinde de esa religión monoteísta que conocemos como judaísmo; 2.500 años, invención de la acuñación: dinero universal. “El imperio persa, un orden político universal ‘para beneficio de todos los humanos. Budismo en la India, una verdad universal ‘para liberar del sufrimiento a todos los seres”. Los entrecomillados son de Harar; su cronología me recuerda que en la misma fecha Platón proponía su utópica República en el seno del imperio Griego, cuando las tierras que asomaban al Mediterráneo eran un espacio casi sin fin. La de Platón era la primera ciudad ideal propuesta por la historia de la humanidad. De repente pienso en la búsqueda del bien común, en el poder de los ideales y en que todas esas propuestas coincidían en diferentes puntos del planeta en la misma época. Entre Platón y Tomás Moro la humanidad pasó casi 2.000 años sin plantearse utopías, ¿Por qué? Salgo de ese momento quiero ir más atrás… Tomo impulso y de un salto llego a la civilización de los Nuraga, el escalón previo al primer imperio conocido de este planeta, el acadio de Sargón (hace 4.500 años).

Las ruinas por las que camino tienen un nuevo significado. El Mistral entra por las galerías y se asoma a sus pozos. Imagino que todo el H20 que me constituye se hace espuma, por mis venas cabalgan minúsculos caballos blancos… Es la furia ¿la oyes? He escuchado este sonido antes, en los bufadors que encauzaban su lamento en la costa de Mallorca. Sus sonidos ponen voz a esa potente suma de tirabuzones, rizos, espirales y olas que levantan la superficie del mar hasta tragarse barcos y devorar costas. Son la suma de mar, viento y rocas.

nuraghe-santu-antine

Toqué las grandes piedras de basalto que me sostenían, acaricié sus arrugas como si fueran las de un antepasado. Nuestros átomos son los mismos, la diferencia está en la organización de nuestros compuestos y los procesos. Hace 3.800 millones de años mis moléculas de ser vivo se diferenciaron de las suyas y mucho antes, miles de millones de años antes de que esto sucediera, estaba el agua. Mis átomos, los suyos, son a su vez ondas y partículas…

Horas después Chiara nos contaba, en el rincón de Sant Antioco, donde abre su personalísimo museo, que al agua hay que saberla tocar; se trata de poner la mano en su superficie y aprender a escuchar sus mensajes, los golpes de sus ondas transmiten una información que sólo se aprende a base de seguir durante años al maestro y comprender qué esconden sus actos.

Estuvimos varias horas charlando. No logramos que nos enseñara ese aparato que dice haber diseñado para cortar el bisso de las nacras sin acabar con ellas (comprobamos que la cantidad de material con el que trabaja y que tiene sobre la mesa es cada vez más pobre y escaso), Chiara prefiere cantarnos la canción de respeto al mar que aprendió de su abuela y que llevan transmitiéndose desde hace generaciones. Es lo primero que hace nada más entrar en su espacio: se gira y canta. Dice que existe un rabino que está estudiando la letra porque una parte de ella procede de un idioma proto-semítico y otra parte parece no tener traducción, precisamente la que corresponde a aquellos sonidos que remiten a las sílabas ba-ba, que he creído escuchar en los rituales afrocubanos.

Canto de las donas del mar Cerdeña

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El proceso de elaboración de este sedoso hilo está trufado de canciones. Me parece lógico. Una canción no sólo enseña el qué sino también el cómo y el cuándo. A la hora de elaborar una pócima, una receta de cocina o una fórmula magistral, hay detalles que no se pueden transmitir con palabras, por ejemplo a qué velocidad se ha de batir la sustancia para que se haga espuma o cuánto exactamente ha de permanecer en remojo el elemento o hasta qué punto añadir esa sutil emoción cambia el resultado… Todas estas informaciones se comunican mucho más fácilmente a través del ritmo, el tempo y la entonación de una melodía.

Una vez hilado en el pequeño huso, Chiara pasó a darle la elasticidad característica a la hebra. Para ello la introdujo en un recipiente con una mezcla de “luna, agua, algas y enebro” y a continuación empezó a entonar una particular canción que al principio no eran más que soplidos pero que pronto se convirtieron en bufidos y luego en un cántico acompañado de un movimiento del vaso en sus manos. Ahí estaba el “cuánto tiempo remover”, el “cómo remover”, la intensidad del movimiento… y ahí estaban también las ondas y las partículas, bailando en el fondo del recipiente. Cuando terminó la operación guardó la hebra dorada en un pequeño sobre en el que pintó un ave con alas de mariposa, un enorme corazón en el pico y en el vientre una espiral. “Eres tú”, dijo Chiara. Nunca me he sentí tan identificada con un retrato. El mito, el símbolo, aquello que nos recuerda quiénes somos estaba latiendo allí, en ese pajarillo.

El Mistral desapareció el domingo por la mañana, dejando doblemente apacible la jornada de asueto. Aquel fin de semana Porto Torres abría las puertas de la cultura a quien quisiera visitar sus museos y recintos. Nos acercamos, como una pareja más en su paseo dominical, al museo arqueológico de Porto Torres y allí encontramos a decenas de niños y niñas, de entre 10 y 15 años, que ese día hacían de guías y enseñaban, nervios@s, apurad@s, tens@s de emoción y de ganas, las señas de identidad de su cultura, el significado de las ruinas, de lo que fue y ya no es aunque permanezca, habitantes inocentes de esta doble vida en la que existimos los seres humanos. Algun@s tomaban el testigo de los relatos y gozaban de ese poder que da el poner nombres a las cosas y cautivar con la palabra, tod@s hablaban de las formas en que los seres humanos, esa especie a la que pertenecen, nos enfrentamos al temor a la muerte, al dolor, al enemigo… y festejamos los placeres.

 niños guias en Porto Torres

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