Navegar por la latitud y la longitud de una boca

BY MARTHA ZEIN

Imagina un mapa el mundo con todos los nombres aún por escribir. Imagina por un momento que marcas con una x los lugares que conoces y que con ese simple gesto los ríos en los que te bañas fluyen en el mapa, las montañas conocidas se cubren de nubes y tus vecinos te saludan al final del aspa que has trazado. Ahora añade aquellos lugares con los que soñaste, sitúalos en aquellas zonas del planeta que nunca visitaste y hazlo con el mimo de quien pretende habitar en ellos. Cientos de seres desconocidos, el rumor de ríos restañantes y las nubes oblongas también se ponen en movimiento. Contempla la suma. Este es el mundo en el que habitas cada día.

Cuando navego hago algo que resulta extraño para la vida terrícola: constato una y otra vez en qué punto me encuentro dentro de ese plano azul por el que transito, el mar: Busco una estrella, una roca reconocible en la costa, un punto intermitente del GPS… para tomar conciencia en todo momento del camino invisible por el que avanzo. Este acto imprescindible para la supervivencia desaparece en cuanto piso tierra.

Un par de meses bastan para volver a creer que todo permanece, que el árbol siempre está donde le deje por última vez, que una calle es una ruta. Es fácil que olvide que solemos cruzar por el mismo punto, doblar la esquina por el mismo lado, avanzar por la acera que más nos gusta. Olvidamos que siempre habitamos en nuestro mapa mental, hecho un poco de verdad científica y otro poco de verdad onírica, poética o como se la quiera llamar.

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Para quien ha escrito una novela erótica, escuchar que el GoOn estará expuesto a un viento más intenso mientras naveguemos por el área de influencia de las bocas de Bonifacio resulta un plan la mar de sexy. Por supuesto que estoy deseando salir de ahí, por supuesto que sé que por babor dejamos las islas Lavezzi (que recorrimos el año pasado con Victor y Bego, a quienes sonrío desde aquí) y que aquello que veo en lontananza son las Moines, pero de algún modo también “sé” que islas e islotes son los dientes de esta boca y que, por tanto, en la misma medida del mundo, el próximo puerto al que llegaremos estará situado en la comisura de unos labios.

Sorteo las olas de una sonrisa, de un bostezo o un grito. Veo lo que veo y lo que quiero ver, lo que es y lo que no es, como todo el mundo, pero además contemplo divertida cómo se enlazan ambos universos.

Porque saco a pasear el fondo de mis retinas, cuando llegamos a los pies del acantilado en el que se encarama Bonifacio, no sólo reconozco el puerto en el que amarramos el año pasado e hicimos buenos amigos (Raúl, Marina y mi debilidad gallega, Carlos), sino que compruebo, emocionada, los detalles que ya describió un viajero llamado Italo Calvino: Avanzo por un precipicio situado entre dos montañas abruptas, la ciudad se levanta en el vacío atada a las dos crestas.

Vista desde lo alto de la ciudad amurallada, aquí, abajo, no hay nada en cientos de metros, si acaso pasa una nube. El día es lo suficientemente claro como para que el mar y el cielo compartan el mismo azul, su espesura y las mismas sombras blancas.

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Italo la llamó Ottavia, el GPS indica que es Bonifacio, doy la razón a ambos parámetros. Es la fortuna de tener un cerebro espejado; para quienes gozamos de esta anomalía neurológica lo de arriba es lo de abajo y la derecha la izquierda, una particular dislexia que permite ver el mundo como si fuera su negativo aunque vivamos en comunidad como el resto de los humanos, con todos sus colores. Por eso, cuando Italo, el escritor, el viajero de ciudades invisibles, indica que Ottavia pende de un risco sujeta por una red y que “todo lo demás en vez de elevarse encima cuelga hacia abajo”, a mí no me cabe la menor duda de haber llegado a la ciudad más al sur de Córcega y obro en consecuencia: amarro el barco, pongo el pie en tierra y miro hacia arriba.

Contemplo lo que no figura en los mapas oficiales: “las escalas de cuerda, hamacas, casas hechas en forma de saco, percheros, terrazas como navecillas, odres de agua (…) cestas suspendidas de cordeles, montacargas, duchas, trapecios y anillas para juegos (…) Suspendida en el abismo, la vida de los habitantes es menos incierta que en otras ciudades. Saben que la red que les sostiene no es más que eso”. Añado que en Bonifacio todo el mundo se mueve en dos direcciones: hacia arriba, para contemplar el vacío desde las murallas de la ciudad medieval, o de forma horizontal, lamiendo el precipicio con embarcaciones motoras y así conocer de cerca los dientes de la reserva natural internacional de esta zona del Mediterráneo.

Hay un tercer camino, hacia adentro; por él troté al día siguiente y situé en mi mapa dónde viven los trabajadores de este parque temático. Aunque se levantan a plena luz del día, son viviendas subterráneas pues están fuera de las rutas turísticas y no se ven en los mapas que los visitantes llevan en la mano.

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Seguía el recorrido de una gota de agua en un pétalo cuando el capitán dijo: “Sortim”. Nunca me sentí más preparada. Volvemos a echarnos a la mar. Iniciamos una navegación costera, lo que supone que nos iremos adentrando en Córcega por sus bordes. Me como este pastel fascinada por la historia del movimento independentista corso, desde su brazo armado hasta su línea mas conservadora. Me interesan esos años, los ochenta, en los que el mapa del mundo bullía con los movimientos de liberación no sólo nacionales, Nixon viajaba por sus áreas de influencia alimentando golpistas y la derecha paramilitar trabajaba al servicio de los gobiernos instituidos. Los servicios secretos de Franco se habían adaptado a los nuevos tiempos con técnicas parecidas y el GAL entonces empezaba a poner su sello. También me cautiva el efecto de los rebeldes sesenta en esta isla, ya en 1964 los hermanos Simeoni, estudiantes universitarios, utilizaron el término de “balearización de Córcega” como emblema de sus discursos independentistas, bastante conservadores por cierto. Lo hacían cuando en Baleares ese asunto apenas empezaba a ser percibido por la población más despierta.

Leo todo cuanto cae en mi mano sobre estos asuntos en los huecos de nuestro recorrido, mientras observo los detalles de esta enorme roca granítica que es Córcega, sus contornos, sus siluetas, que nunca son como parecen en tierra. Si se tratara de un rostro, lo que es corta nuca allí, visto desde el mar sería nariz aguileña. Una isla es mas fácil de abarcar, sobre todo para quienes la miran desde fuera, su territorio es más concreto e indudable gracias al mar.

Me recuerdo que vivimos no sólo en el mundo que “es” sino en el que somos capaces de concebir e integro este aire que ahora comparto con l@s cors@s. Quizá por contagio, imagino por un instante al GoOn como una isla flotante. Los navegantes al fin y al cabo somos la excepción para los terrícolas. Expulsada, exiliada o independizada, ahora no entro en detalles, simplemente empiezo a redactar mi propia constitución: en la república del GoOn no hay senado, el número de parlamentari@s es reducido, sus pensiones son las de cualquier ciudadan@, reformo la ley electoral… En medio de esta fiebre refundadora sitúo en mi particular mapa otras islas vecinas, las que me acompañan, desde los dientes de las Lavezzi a la futura Creta, allá en octubre, pasando por la isla del Tesoro, la de Utopía, aquella en la que naufragó Robinson Crusoe, Liliput, Barataria, Atlántida… todas ellas proponen su propio orden del mundo, y, por supuesto, una de mis preferidas: la isla de Cotiledonia.

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Miles de estas minúsculas islas se dibujan de manera natural en ciertas rocas, l@s botánic@s las llaman líquenes.

En Cotiledonia “la aurora es amarilla, aunque no siempre. Algunos días, gris y caliginosa. A veces trae consigo vientos fuertes, vientos que lo violentan todo y que, con sus estragos, descubren cóleras terrestres. Son jueces severos los vientos de allí: juzgan a los cotiledones y les imponen penas implacables”. Ese mismo viento va pegado a nuestra popa desde que empezamos el viaje y nos obliga a arrancar refugios a la bruma. El de Figari resulta ser un puerto sarcófago. En la bahía adjunta encontramos la perturbadora presencia de un puñado de barcos varados por un temporal reciente. En un rapto de intuición y conocimiento el capitán decide abandonar el fondeo, entrar y amarrar en uno de los precarios pontones flotantes en él, así fue como salvó esa noche.

Cotiledonia vibra por estribor, el mar la azuza. Este invierno hemos tenido el privilegio de recorrer Mallorca vinculando literatura y paisaje como miembro del equipo de WOW. Uno de los puntos de los siete itinerarios que dibuja en la isla es el puerto de Andratx, concretamente se sitúa a los pies de la casa en la que Cristóbal Serra pasó largas temporadas en su infancia. Desde hace unas semanas la biblioteca municipal de la ciudad acoge una exposición con todos los libros donados por el autor, subrayados, intervenidos, comentados por su propia mano…

Mientras el viento aulla fuera, en el más tibio de los rincones del GoOn me dedico a incorporar vacíos, nombrar abismos y situar los lugares con los que sueñan los expulsados de la tierra. Sus eutopías (que significa “buen lugar”) tienen el mismo nombre que nuestras aciagas metrópolis. Miles de eritreos, sirios, palestinos, rohingyas… saltan al mar en frágiles barquichuelas en busca de una tierra prometida y trazan sus mapas, tan reales y tan eimaginarios como los de cualquier ser humano que desee un mundo mejor para sí y sus descendientes. Su forma de lanzarse al vacío me recuerda cómo puedo manejar mi ruta; sus movimientos, los míos, nuestras razones más comunes de lo que parece, una suma generadora de realidades.

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La noche sería larga. Acudí allí donde guardo mis pequeños tesoros, la barriga de mi portatil, para rebuscar mapas antiguos y ubicarme en ellos. Los que más aprecio son los previos al “descubrimiento” del continente americano, cuando todo el interés europeo se centraba en sus relaciones con Asia y África. En ellos los datos precisos del Mediterráneo se trufan con monstruos marinos, leyendas y mitos. Uno de mis preferidos es el atlas de Abraham Cresques (1375), perteneciente a la escuela mallorquina de cartógrafos, la más importante del mundo meideval. El rey de Aragón y Cataluña, Pedro IV, le encargó representar “la imagen de todo el mundo y de todas las regiones que hay en la tierra y los diferentes pueblos que la habitan”. Aquella época, irónicamente, no es tan lejana.

En este atlas, mi pequeño tesoro, junto a los portulanos del Mediterráneo, vientos y posiciones de las estrellas, aparecen las ciudades descritas por viajeros y comerciantes, algunos de enorme imaginación como Marco Polo. En el mismo rango de realidad están señaladas La Meca, la torre de Babel, el Arca de Noé, la ciudad de Tombuctú (capital del imperio de Mali, cuyo rey, Ransa Moussa, aparece sentado en su trono), las suntuosas caravanas de nómadas almorávides, los reinos de Gong y Magog, Catayo, la capital del Gran Khan surcada por fértiles ríos, las más de 5.000 islas multicolores del archipiélago de la Insulindia… Superpongo datos: el imperio de Mali hoy es un punto más en la esquilmada África subsahariana, la Insulindia bien podría referirse a Indonesia, el lugar de expulsión de los rohingya…

Aquella noche, en tierra, a cientos de millas de esta coyuntural república independiente del GoOn, millones de terrícolas estaban tomando sus mapas mentales para manejarse con ellos y dirigir sus pasos. Al día siguiente, esa parte privilegiada de los habitantes de las ciudades, l@s ciudadan@s con derechos reconocidos, irían a las urnas. Si el voto de l@s metropolitan@s vale más que los habitantes del campo, imaginad qué valor tendrá el de l@s habitantes del mar, y no digo ya el de ciertos emigrados… sin embargo ahí están los mapas compartidos, dispuestos a ser tomados como hojas de ruta.

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La luna tardó en abrir el cielo. A los oniritas nos gusta que la luna nos “bañe la cara, el pecho y la planta de los pies. Dicen que eso último (bañarse de luna la planta de los pies) les enfervoriza y quita fríos de espíritu. Hay onirita que cree que con ese modo alcanza el don de la poesía”. Así describe Serra a una parte de los habitantes de Cotiledonia. No es que me adscriba a la cruz que él ha marcado en el planeta albaricoque, es que formo parte de la comunidad imaginada por las personas que se perciben a sí mismas como oniritas.

Me pondo solemne y digo: “Nosotr@s, l@s oniritas, imaginamos nuestra nación inherentemente limitada y soberana; como en tantas naciones, en la nuestra late el principio de fraternidad, una camaradería profunda y horizontal pues nuestros miembros disfrutan de una misma condición, unid@s como estamos por lengua, raza, religión, territorio, tradiciones…”

A medida que avanzo en estas afirmaciones me abrumo y me descuelgo. Para una persona que, como yo, procede de familias históricamente expulsadas de sus territorios por las guerras y las fronteras impuestas por los vencedores, pertenecer a una nación  resulta algo tan exótico como fuera de mi talle. Borro lo dicho, me oigo escribir que procedo de una estirpe de expulsados y deduzco que llevo deriva en mis células. Tiro de ese hilo, vuelvo al ping pong humano en el mar de Andaman y a los miles de ahogados en este por el que estamos navegando… y en unos segundos el Mediterráneo se transforma en una enorme frontera líquida. Durante seis meses habitaré en este no-lugar.

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La costa de Córcega hacía guiños por los ojos de buey del camarote.

Una isla es un territorio definido e indiscutible, quizá por eso muchas utopías se hayan ubicado en una isla. Quisiera perturbar geografías, las reales y las imaginadas…

Es lo último que pensé antes de quedar dormida. Al día siguiente, a miles de millas del GoOn, millones de terrícolas habíamos hecho real ese espacio imaginado y eutópico que dibujamos en nuestros mapas. Las urnas hablaron. Así es como se hacen los cambios: sintiéndonos libres para imaginar nuevos modelos y dándoles un sitio en nuestros mapas para poder abarcarlos y habitarlos. Desde mi condición de navegante, izo las velas bajo un cielo despejado más ufana que de costumbre.

Por fin abandonamos el área de influencia de las bocas de Bonifacio y entramos en las de Ajaccio. A efectos de vida coticiana esto implica que puedo contemplar con sosiego las banderas que ondean al final del mástil. Son toda una declaración de intenciones: por babor la enseña corsa sobre la francesa y al otro lado de la mayor, el estandarte del slow sailing y el león veneciano. Esta última nos recuerda nuestro velero de referencia, el Brancaleón, con cuya actual dueña, Claudia, logramos coincidir en Porto Torres.

Observo el aire jugar con el emblema corso, su “testa mora” está cargada de sentido. Cuando en 1755 se independizaron de los genoveses y Pasquale Paoli, el padre de este proceso, tomó como bandera para su recién inaugurado país la enseña de Cerdeña heredada de aquel pasado compartido con el reino de Aragón, eligió uno de sus cuatro rostros, le hizo mirar al revés, levantó la venda blanca y la colocó en la frente. De esa manera representaba la liberación del pueblo corso.

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Estamos más cerca de la “testa mora” de lo que imaginamos. Esta cabeza se convirtió en símbolo a finales del siglo XI, cuando el rey de Aragón, Pedro I, derrotó a los sarracenos en la batalla de Alcóraz. Cuenta la leyenda que durante la sangrienta batalla apareció un caballero vestido de blanco con una cruz roja en el pecho que hizo huir a los sarracenos. Con el tiempo ese caballero resultó ser el mismísimo y ubícuo San Jorge, que dejó en el campo de batalla las cabezas cortadas de los cuatro reyes derrotados. Aquella leyenda forjada en Oriente y difundida en Occidente a raíz de las cruzadas desemboca en el presente como símbolo del día del libro y la rosa en Cataluña y Baleares (seña identitaria de una cultura y una lengua), está presente en la bandera de Cerdeña con su cuatro cabezas cortadas mirando a la derecha (los independentistas las hacen girar hacia la izquierda) y en la de Córcega.

¿Por qué esta permanencia? Se trata del “poder” del imaginario. Todos estos símbolos se levantan sobre una forma de entender el mundo, la sumeria, en la que matar al dragón representaba acabar con el gran adversario y el caos primigenio. Aún hoy este arquetipo palpita en quienes sienten que se enfrentan a la peste, la plaga, al enemigo del pueblo encarnado en un Estado-nación que les oprime y niega y del que quieren segregarse.

Antes de alcanzar Ajaccio leo que después de que en 1768 Córcega pasara a manos de los franceses fueron los exiliados los que intentaron organizar la independencia. Intento entender por qué, mientras doy el primer paseo por la ciudad. Quizá los exiliados conviertan el origen en su eutopía, quizá imaginen que en ella habitan seres idénticos a sí mismos, como esos oniritas…

Damos la primera vuelta con el mapa turístico que nos entregan en el puerto. Irónicamente esta ciudad, localidad de referencia en la historia del movimiento independentista corso, está plagada de monumentos que honran la memoria de Napoleón Bonaparte, la mayor plaza de la villa lleva el nombre del general De Gaulle… El urbanismo nunca es inocente. En una esquina nos topamos con una estatua de Pasquale Paoli, en un rincón, un viejo affiche rememorando aniversarios contrarios a Francia…

Este recorrido por Córcega promete ser fértil.

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3 comentarios en “Navegar por la latitud y la longitud de una boca

  1. Es reconciliador encontrar sensaciones compartidas, percibir la vida en la mar sobre cimientos comunes. En mi realidad más cercanas, entre los mamparos, y sobre las cubiertas del ¨GdC, pocos firmarían la declaración implícita en tu post.

    Entonces, aún me concentro más en la visión que me ofrecen los prismáticos y en el suave y automátizado movimiento del cuerpo ante el balance.

    Salud y buena proa.

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