Personas, panes, peces y pájaros

BY MARTHA ZEIN

“Las esdrújulas salpican”. Esta es una de las afirmaciones que pueden abordar a quien navega con ganas de escribir. “Debería existir el pasado continuo” (en un barco no existe más que lo que se ha vivido, todo presente es incierto) y “esa costa es pura eñe” (las olas son tan suaves que no llegan a romper en ella) son otras sentencias posibles. Soy una navegante que narra y a estas alturas del viaje ya he aprendido que el mar tiene su propia gramática.

No es fácil escribir en el agua. Para empezar, en un barco se navega y luego, aún más tarde que “después”, cuando todos los actos ya descansan, cuando incluso el amor duerme, entonces llega la voluptuosidad de la escritura con un hambre retrasada y espuma de frases rompiendo en el casco. Navegar es un acto de supervivencia común incluso en los días más calmos, la escritura, en cambio, es un acto de supervivencia privado. En tiempos del bien común y con el convencimiento de su supremacía, mantengo con la narración un vínculo excéntrico, lo más cercano a lo ilícito que puede concebirse en un mundo sin reglas escritas.

Con ganas locas de caer en su boca, cierro los ojos, la huelo, la siento llegar… mis dedos farfullan sobre el ordenador, ebrios de historias nunca dichas y escribo cualquiera de las palabras que ya nos hemos dicho durante el día, a escondidas, rozándonos levemente. Mi diario de viajes da fe de algunos raptos: hay párrafos como caricias urgentes. En ellos he escrito “soy toda espacio y nada tiempo”.

Ya me empapan las ganas de soltar todo lo que en silencio ha crecido.

image  (detalle de uno de los retablos de la iglesia ortodoxa de Carguese)

Comienzo a escribir lentamente, como si lo hiciera de mi puño y letra: “La tierra es dueña de calendarios y precisiones que en mar carecen de sentido”. Lo hago un poco para entenderme y otro poco como primer paso de lo que espero que sea un dialogo. Tanteo, continúo, improviso: “el absurdo orden hecho de fines de semana, puentes, fiestas anuales y celebraciones carentes de sentido se muestra aún más indolente cuando después de disfrutar del refugio de un puerto te enteras que has llegado dos días antes o tres días después de una fecha clave y parece que tuvieras que lamentar tu suerte, cuando en realidad estás celebrando el sabor de un trago de cerveza en tu gaznate aún vivo”…

Quedo en silencio y escribo “pan”, y así, de esta manera tan humilde comienza a tomar forma un pensamiento aparcado. Es un mendrugo de idea, ni tan siquiera una hogaza; sucedió hace varios cientos de millas, en Cerdeña. Después de leer que el 45% de la población de esta isla está en paro me fascinó observar la cantidad de gente que paseaba por la calle principal esa tarde del domingo. Pensé que para quienes no tienen trabajo el descanso dominical debería ser un perverso punto y seguido de la semana, sin embargo allí estaban, camuflados los unos con los otros. Aquella extraña integración en la vida cotidiana de quienes a duras penas pueden sostener su día a día, ese alivio frugal, esa mentira piadosa, esas migas de pan en unas barbas que comen poco, ese simbólico acto de supervivencia y dignidad que puede sostener un paseo dominical, vistos desde las tripas de un velero resultan tan estridentes y emocionantes como el viento ululando entre los cabos.

Mordisqueo la palabra pan como si fuera a ponerse a andar y es entonces cuando aparecen las ganas de añadir “¿La dignidad, verdad, Jorge, cómo se transmite?”. Para quien no es dueña del libro de bitácora (privilegio de capitanes o cargos de similar rango) narrar carece de sentido en ausencia de remitente.

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(Diario de bitácora del capitán James Cook en su viaje alrededor del mundo, del 12 de febrero (Nueva Zelanda) al 26 de septiembre (Australia) de 1770)

Cuando una marinera escribe lo hace porque sólo un puñado de personas caben en un velero y en tierra quedaron conversaciones por terminar. “¿Para qué quiere una isla un país continental, Lluis?”, tecleo intentando imaginar la respuesta de Lluis. Los navegantes solitarios son capitanes de una tripulación formada por sí mismos, Lluis Ferrés escribió “La isla olvidada” y no sé si lo hizo robando información a su cuaderno oficial, manteniendo un doble idilio o escribiendo en los días en tierra cuando el mar se vuelve añoranza. En su relato narra la travesía que hizo en su velero Zalka de Palamós a Saglia, una pequeña isla deshabitada del Dodecaneso. Coincidiremos en algunos puntos, de hecho ya ha sucedido, por eso y porque sé que honra el Mediterráneo modesto, insisto:

“¿Para qué quiere Italia a Cerdeña, Francia a Córcega, España a las Baleares? ¿Las cuidan, las respetan o sólo las retienen y las usan como si fueran residencias de verano? ¿Las poseen por estrategia de guerra o comercial? Si fuera sí, sus habitantes, ¿a qué tipo de ciudadanía quedarían reducidos? ¿En qué lugar quedaría su salud o su educación, por ejemplo, después del intercambio de bienes y armas en sus puertos? Y suponiendo que ellos aceptaran esta condición, ¿no tendrían derecho a conocer y tomar decisiones sobre lo que más les concierne, los presupuestos dedicados a estos fines? Un tercio de Cerdeña está en manos de militares, la resistencia de Córcega se negó a ser centro de la especulación turística, en el aeropuerto de Son Sant Joan aterrizaban los aviones estadounidenses con presos ilegales, cárceles volantes… “. En tierra, sí, quedaron muchas conversaciones pendientes.

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(Vencejos, gaviotas y calcetines en Saint Florence)

Si en un velero no es posible escribir sin remitentes digo “Pájaros” y aparecen cientos. Esta mañana saludé a los vencejos, más tarde dí los buenos días a un mirlo y cuando le ví emprender el vuelo escribí en el aire: “¿Y cómo volaste, Alice? ¿Aleteaste intensamente hasta arrancarte del suelo, planeaste con la elegancia del milano o te lanzaste como el rasante cormorán en busca de su presa?”. Porque es así cómo nos comportamos las marineras que escribimos: empezamos las frases en los puntos suspensivos de la navegación.

La mayoría de mis amigos han soñado alguna vez que volaban, me gusta preguntarles cómo lo hacen e imaginar qué tipo de aves son o han sido. A sus treinta y pico años Alice se ha visto en sueños surcando el cielo por vez primera. Sucede justo cuando logro detener la mirada tras un entrenamiento que comienza posando la retina en el vaivén de las aves durante el tiempo que tarda un semáforo en cambiar de color. El segundo paso consiste en sostener los ojos en la punta blanca de una vela en el borizonte, luego en la forma caprichosa de las rocas, los colores de la tierra a diferentes horas del dìa… Lo importante es llegar a alguna pequeña conclusión, no vale parpadear sin que se te quede enganchado algún detalle.

La mañana en la que Alice voló en sueños yo había logrado contemplar el chapoteo de las esdrújulas, por eso me resultó fácil escribir que “quizás lo hagas como esos vencejos a los que saludé en Saint Florence, con urgencia y con prisas, sin poner una pata en el suelo, como si la tierra te ardiera”.

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(Los pájaros son esdrújulos, las personas llanas)

Dice Krahe que en francés “todo es agudo en principio”, algo que se agradece a la hora de poner música a un verso porque “si termina en agudo, sonará bien”; también dice que la esdrújula “es directamente cómica y eso sólo lo tienen el castellano y el italiano” y yo sonrío al ver a mi prójimo lanzándose al agua, como dándole doblemente la razón. “Salpicas aunque te hubieras quedado en cubierta”, pienso, alegre por llevar a bordo a un capitán cálido. ¿Quién lleva a quién?

De su boca pesco una palabra: “cranca”. Vimos uno de estos crustáceos en la exigua pescadería de Ajaccio, parecía más expuesta como animal de zoológico marino que como alimento de lujo. La introducción de maquinillas hidráulicas en las artes de pesca permitió que los pescadores lanzaran más redes; aparecieron las de nylon (más ligeras, más baratas y menos exigentes que las tradicionales de algodón) y estos sabrosos crustáceos empezaron su cuenta atrás: sus patas se enganchaban en las redes y cuando no les interesaba sacarles al mercado en vez de desenmallarles y devolverles al mar optaban por descuartizarles, la forma más rápida de desenganchar sus patas de las redes.

La sobrepesca y esa forma de deshacerse de los ejemplares hizo que les cranques desaparecieran del Mediterráneo balear. En Mallorca y Menorca tan sólo se conoce la captura de algún ejemplar aislado en los años 80 y no hay constancia de ninguna pesca con posterioridad a 1989. El Parque Natural de Cabrera y la Reserva Natural de Escandola llevan colaborando dos años en busca de la reintroducción de esta especie pero el proceso es lento.

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(Si peces hay pocos, pescadores menos. En Ajjacio)

Es frecuente que las pequeñas embarcaciones se hagan a la mar aprovechando el tirón de la temporada turística, cuando los hoteles compran a cualquier precio los productos necesarios para crear la fantasía de plenitud. En Calvi volvemos a escuchar la misma lógica que ya oímos en otros litorales: si queremos comprar pescado debemos negociar en las embarcaciones del puerto y competir con la demanda de los restaurantes.

El dinero marca los ciclos y la intensidad de la extracción. Nuestros últimos años sobre el Mediterráneo me han llevado a objetar este alimento. Esquilmadas, supervivientes, contaminadas, maltratadas, las especies de este mar me infunden tal respeto que me cierran el estómago. No hecho de menos su carne en mi plato. Atila, el dueño de la tienda de productos corsos que conocimos en Isulella, está conmigo; porque fue instructor de buceo en su país natal, México, no puede comer lo que le duele. Asegura que en los cerdos que cría no encontrarán metales pesados como el cadmio y el mercurio, que fácilmente puedan estar presentes en los pescados y hace planes con Toni sobre futuros intercambios de conocimiento ancestral en torno a las matanzas…

Escribo, es decir, trazo letras. La punta de mi lápiz es navío; navego, pues, por el corazón del pez cuando sitúo la “e” en el papel. Y como soy yo quien escribe, cambio voluntariamente la minúscula ruta y doy lugar a otra vocal, la que habita en las entrañas del pan. Y así, siendo la “e” una “a”, doto a ambas palabras de un significado escondido en su corta envergadura: paz. Ahora hago que bancos de paces habiten en las tinieblas de este Mediterráneo mientras me llevo a la boca un pedazo de pan con mantequilla. Por eso escribimos las marineras, porque al hacerlo, el poder de nombrar cambia de mano.

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(Sant Antonino a golpe de vista)

En nuestras cortas estancias en tierra procuro desprenderme de la tensión turística que parece estar esperándonos en el muelle, dispuesta a sorber los sesos de toda la tripulación. Intento apearme con preguntas propias, mi particular antídoto para no descerebrarme con su mordisco, aún así, noto sus efectos: al cabo de unos minutos me sorprendo dando la vuelta a un edificio como si se tratara de una incógnita.

Hemos ido a buscar al aropuerto de Bascia a Bego, la primera tripulante de esta travesía y estamos aprovechando el coche para asomarnos a los secretos del norte de Córcega. Ahora deambulamos por las callejuelas escavadas en la roca de Speloncato (luego haremos lo propio por las de Sant Antonino) y rebuscamos en las esquinas, como si al saber a qué se deben sus formas pudiéramos entender quiénes somos. Miramos los detalles de sus empedrados de forma sorprendida (la sorpresa es el lado amable del enigma) y sonreímos de forma alucinada como si regresáramos de un sueño.

La presencia de un pequeño tractor, alternativa motorizada del burro (popularmente denominada oruga), nos permite recordar lo que supone vivir en una de esas ciudades amuralladas, cuyas casas se adaptan las unas a las otras como lágrimas de una granada. L@s viajer@s del siglo XXI recogemos astillas de todo tipo intentando recuperar el árbol del pan de la memoria pero solemos confundir virutas de acero con serrín. Afortunadamente parte de mi extrañamiento es previa, provocada, una náusea que nace por ser habitante ocasional del mar.

Esta noche de luna llena dejaremos a un lado definitivamente Córcega. Bego, amiga, navegante, incondicional, viene con la actualidad política en la punta de la lengua, bebo su información con sed. Por unos instantes me comporto como una emigrada escuchando con fervor la evolución de su lugar de origen.

En un barco las noticias se agotan pues llegan de una en una, así, lo que podría ser un bombardeo de noticias se convierte en un menú largo y variado. La escucho con mis ojos ya entrenados en perderse en la orografía de las rocas. El mal perder de quienes han tenido el poder durante tanto tiempo en Madrid, la reacción de ciertos cargos de las instituciones ante la llegada de Ada Colau al ayuntamiento de Barcelona… son la huella de viejas erupciones que no serán nunca enterradas porque forman parte de la tierra que pisamos. Quienes protestan antes de que lleguen los actos son seres que, por no querer conocerse a sí mismos, se aferran con uñas y dientes a esa identidad imaginaria sólida, rígida, fantasmal, cuya existencia sólo es posible en tanto que el poder mantenga el orden del mundo; cambiado ese orden o ese poder creen que toda su existencia se tambalea.

Por eso escribimos las marineras, para repasar con letras lo que ya fue dicho o lo que ya existe y cambiar su ruta interna, o para quitarle una porción de su soberanía a los ojos y añadir frutos propios al árbol del pan de la memoria (que no es más que el árbol del deseo, ese espejo en el que nos reconstruimos incesantemente, un pasado imaginario que se proyecta hacia adelante) y porque nos resulta inevitable y necesario, al fin y al cabo somos más seres de espacios que de tiempo.

Esta canción es la constante de cada rincón que visitamos, el rumor de fondo que tararean en los bares. Suena en las emisoras de radio y cantan en los bares: Bella Ciao, el más conocido canto partisano italiano de los grupos resistentes contra el fascismo y nazismo, sobre todo los de la zona en torno a Bolonia. Incluso formó parte del repertorio del grupo corso que encontramos nuestra primera noche con Bego en Calvi.

Partisanos, la resistencia francesa y la italiana durante la Segunda Guerra Mundial, la guerrilla antifranquista española, la lucha armada, los maquis corsos, el tarareo en los rincones de Córcega. Me entero aquí que la palabra maquis viene del corso macchia, que significa bosque profundo y denso o vegetación espesa; era la expresión empleada por los corsos cuando, huyendo de la justicia, se refugiaban en las montañas. Vivir al margen de la ley, del orden único, objetarlo, cuestionarlo… Los habitantes de las islas siempre tuvieron un orden continental que les desestructuró, les negó, les dió nombres que no entendían…

Soy marinera que escribe, y como tal sé que no es posible habitar el futuro pues no hay certidumbres para los humanos que habitan en el mar. Esta forma de vivir permite que se encadenen sucesos aparentemente desencadenados, como si estuvieran prendidos del mismo sedal: Bego llegó a bordo con la novela gráfica “Viaje a Cotiledonia” bajo el brazo, en la que el historietista Pere Joan ilustra el universo onírico de Cristóbal Serra, a la mañana siguiente encuentro por azar en mi ordenador un documento vinculado con el olvido del anarquismo español. En él, su autor, Juan Luis Conde, recuerda los libros que Salvador Puig Antich, el último preso ejecutado en España a garrote vil (1974), leía antes de que el verdugo le rompiera el cuello: algún ejemplar sin título de Wilheim Reich (habitante de mi biblioteca náutica)… la Iliada y la Odisea (dos relatos también presentes en este barco habida cuenta de la ruta que tenemos prevista)… y “Viaje a Cotiledonia”.

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(El poder según Cristóbal Serra en los ojos de Pere Joan)

Inquieta por tan rotunda coincidencia, que humaniza al reo y convierte por unos instantes mi camarote en una celda, entreviendo la dimensión de nuestros respectivos viajes, me sumerjo en el breve texto (que no sé cómo fue a parar a mi biblioteca). Encuentro una frase del intelectual anarquista argentino, Manuel Ugarte: “En vez de encerrarnos en torres de marfil, hagamos navegar nuestra barca de ensueño por la vida tumultuosa y sin límites, la belleza durable no es más que un producto de la inteligente sinceridad”.

Y así, por tirar del sedal, escribir en un barco adquiere la misma contundencia de la costa corsa, que muestra sin pudor los pliegues telúricos que la constituyen.

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