Los litorales tienden a infinito

BY MARTHA ZEIN

Antes de subirme a este barco ya sabía que los seres vivos no somos números, ni habitantes de estadísticas, ni la encarnación de un precio por hora; que en una pareja siempre hay una persona decimal y que un grupo de tres puede estar formado por cientos de miembros (y más cuando se trata de montar un gobierno) pero ahora, después de un mes de circunnavegar decenas de islas, puedo asegurar que el asunto también afecta a la geografia: todo litoral tiende a infinito. Lo he descubierto yendo de la punta de la proa a la pantalla del GPS: el GoOn va trazando ceros en su recorrido.

Dibujamos G0oOoo0oOOon en el mar a golpe de timón, bordeando litorales. Son ceros enigmáticos, esconden secretos inquietantes.

No me extraña que haya personas que amasen fortunas cuando los desvelan. Prefiero mantener intacta su incógnita, me gusta pensar en ellos como la representación de la nada, al margen de la unidad. Un cero es el vacío existiendo por sí mismo. Esta forma de percibirlos tiene sus inconvenientes, por la misma lógica los bancos parecen un campo de concentración de números y las negociaciones empresariales muestran su lado bélico cuando llega el momento de fijar precios y porcentajes (como si fuera un intercambio de prisioneros). Es fácil de entender que cada vez que saque cuentas me salte un ojo, incluso cuando solo quiero poner número a los años que llevo viva. Menos mal que existen gestores honestos como Txema y que tengo amigas que, como Pepa, me enseñan que añadiendo uñas, dientes y agallas a las negociaciones se pueden parar desahucios.

El lado bueno de tener una naturaleza tuerta es que me permite comprobar que navegar con dos biólog@s a bordo afecta a la morfologia de los números.  En los últimos días siete islas han dado lugar a decenas de ceros, puedo demostrarlo.

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(Porto Ferraio, en la isla de Elba)

Lo que para uno es cero para otra persona son millones. Hablábamos con el capitán de un velero fondeado cerca del nuestro, de bandera alemana, sobre la posibilidad de acercarnos con nuestro barco a isla Pianosa, una de las siete que componen el Parque Nacional del Archipiélago Toscano. Nos confirmó lo que ya sabíamos: o bien iniciábamos el protocolo burocrático que supone solicitar un permiso especial sin garantías de que nos fuera a ser concedido en los plazos adecuados o nos incorporábamos a las excursiones que organiza un puñado de agencias desde Marina di Campo (Elba), donde estábamos.

“Ya empezamos, o ser excepción o formar parte de una cuota”, pensé, intentando disimular mi fastidio. L@s dos biólog@s pusieron cara de circunstancias. “Si es que somos un equipazo”, me dije, sintiéndome acompañada en mi secreto malestar. Intentando animarnos, el capitán vecino restó importancia al asunto. “¿Por qué ese interés? No se pierden gran cosa, no hay nada en Pianosa”. A Bego le faltaron unos segundos para responder: “¿Cómo que no hay nada?, es la única isla de las siete que está exclusivamente formada por rocas sedimentarias recientes, de sólo 19 millones de años, es la más joven”.

El alivio de sentirme acompañada se transformó en solitaria fascinación, así, de golpe. Hasta ese momento Pianosa era para mí una de las cuatro islas del Parque Nacional que albergan o han albergado una prisión; en su caso fue cárcel de máxima seguridad hasta 1998. Había leído que guardias y presos andaban sueltos allí, donde no hay a dónde ir, de modo que al encontrarla en el mapa lo que vi fue un pedazo de tierra rodeada de enormes acantilados, furiosas y traicioneras corrientes e incluso aquellos barcos de vigilancia prestos a abordar a cualquier embarcación que se acercara. Jamas nadie se fugó de allí, por eso la isla se ganó el apodo de “la isla del diablo” entre los reclusos (miembros relevantes de la Mafia y de las Brigadas Rojas) . Tal bautismo es resultado de esa metaliteratura que se genera tras los barrotes, capaz de enlazar la propia pena con la figura de Papillon o con el capitán Dreyfus condenado por traición y sólo defendido por Zola preso en otra “isla del Diablo”, allá por la Guyana francesa.

Mientras regresábamos al velero en nuestro pequeño dingui, Bego le dió otro significado a la isla: Pianosa se separó de la costa toscana y de Elba por última vez hace cerca de 13.000 años. Intenté integrar la cifra sin dejar de pensar que si este archipiélago ha alcanzado la categoría de Parque Natural ha sido gracias a sus prisiones y no por el desvelo de los gobernantes. Las cárceles han mantenido intacto el territorio, arrebatándoselo al turismo y la construcción, mientras nadie miraba el hábitat de flora y fauna. Ahora, sin presos, se les ha ocurrido poner a la naturaleza un régimen de visitas.

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(Rocas y flora haciendo juegos en Capraia)

Las barreras naturales usadas como celdas… Cuando di la vuelta a Mallorca a pie devanando un hilo por su costa (Imago) aprendí que todos sabemos hacer cárceles y que las levantamos con lo que tenemos más a mano. Para que una ladera se convierta en muro de prisión hacen falta tan sólo pequeños gestos llenos de sentido: un cactus plantado donde de otro modo no hubiera nacido, unas espinas bien regadas, unas rocas despeñadas a la fuerza…

Qué extrañas cárceles las segundas residencias, tan enrejadas, cuy@s propietari@s parecen creer que la libertad está en su jardín privado y fuera de él habitan todos los ladrones. Bordeando sus propiedades comprobé cómo convertían el mundo en un penal.

El de Capraia se cerró en 1986 y hoy es una de las atracciones turísticas más buscadas. Me enteré muchas millas después de haberla abandonado. No quisiera parecer grosera, pero desprecio a las personas capaces de regocijarse visitando unas instalaciones hechas para privar de la libertad y humillar a otros seres humanos, por viles que hayan sido sus actos, por mucho que la literatura haya creado sus mitos, como la colonia penal de Montecristo (otra de las islas que no se pueden visitar sin trámites burocráticos, con un acceso limitado a 1000 visitantes al año) que inspiró a Alejandro Dumas “El conde de Montecristo”. Aquella novela me fascinó de adolescente.

La cárcel agraria de Górgona aún funciona. Imagino los presos trabajando en viñedos y granjas al tiempo que por sus alrededores pasean los 25 turistas a los que cada día se les permite el paso. ¿No es una suma estridente? ¿No es potente que se de precisamente en una isla cuyo nombre evoca a las monstruosas diosas del inframundo, con alas de oro, garras de bronce, colmillos de jabalí y piel de serpiente? ¿Cuándo le pusieron este nombre? Según la mitología griega el poder de una górgona era tan grande que cualquiera que intentase mirarla quedaba petrificad@. ¿Quedamos petrificad@s cuando nos hacen presos? ¿Tras las rejas y los muros y la sumisión consecuente, quedamos reducid@s a rocas, dejamos nuestra condiciòn de seres vivos?

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(La gran placa tectónica que atraviesa el Mediterráneo, la ruta de los mercaderes griegos V siglos aC y nuestra ruta, se parecen)

“Górgona está constituida por rocas metamórficas, Capraia de rocas volcánicas, Giglio y Montecristo de rocas graníticas, Giannutri de rocas calcáreas mesozóicas…” La descripción de Bego me saca de un universo para meterme en otro vuelta del revés, como si fuera un guante. Mis acompañantes, l@s biólog@s, me transportan al nacimiento del mundo tal y como lo conocemos, con sus continentes, cordilleras, volcanes y fosas oceánicas incluidas. “Las rocas sedimentarias más antiguas que se conocen en el planeta tienen 3,8 millones de años, la más antiguas del archipiélago toscano están en Elba y tienen cerca de 400 millones de años…”, continúa ella.

Me gusta imaginar este planeta cuando los seres humanos ni siquiera éramos una hipótesis, busco las islas en el mapa con el dedo. De golpe llega una cifra minúscula comparado a la edad de la tierra: 2,5 centímetros. Resulta que los sótanos del suelo que pisamos, esos fondos marinos sobre los que navegamos, las placas tectónicas en las que se divide la corteza terrestre capaces de parir montañas, islas y fosas marinas, se desplazan a la misma velocidad con la que nos crecen las uñas de las manos.

Ir de millones de años a unos centímetros de piel, de las grandes rugosidades del planeta a las que se esconden en el vértice de una mano, coloca magma en mis dedos. Apoyada en la inmensidad de dos centímetros y medio afirmo que mis yemas son montes y también que los contornos de los continentes y algunas islas se ensamblan entre sí, que los elevados picos de Córcega corresponden a la cadena montañosa de los Alpes y que llevo en los pliegues de mis manos fosas marinas, que entiendo los seísmos que producen ciertas caricias y que las islas del mar Tirreno son fruto de placas que se separan y convergen. Enumero tales afirmaciones mientras minúsculos peces se asoman a las pecas de mi piel.

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(El litoral de Giglio, donde fondeamos)

Las circunnavegamos, las nadamos, las observamos, y en la medida que se dejan las paseamos, en estos términos se establece, por el momento, nuestra relación con las islas que encontramos a nuestro paso. En ocasiones las rebañamos, como hoy, que después de pasar por la de Giglio, hemos añadido unas millas más para acercarnos a la pequeña Giannutri, casi por gula náutica.

El cielo se ilumina. Ha comenzado una tormenta eléctrica. Salgo a mirar el espectáculo. “Las nubes no son esferas, las montañas no son conos, las costas no son círculos, y las cortezas de los árboles no son lisas, ni los relámpagos viajan en una línea recta”, escribió Mandelbrot en “Introducción a la Geometría Fractal de la Naturaleza”. Caen chuzos de punta, son oblícuos. Este matemático supo demostrar científicamente lo que ya sabían filósof@s y artistas: que hay realidades que no encajan en la manera oficial de medir el mundo. Fue en los sesenta cuando planteó a la comunidad científica una pregunta aparentemente simple: “¿Cuánto mide la costa de Bretaña?”. Se trataba de un artículo innovador en el que exponía por vez primera sus propuestas sobre los fractales.

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 (El corazón de un girasol es fractal; dejamos en tierra el nuestro, ese girasol siciliano resistente a los mistrales)

Un individuo capaz de incorporar la rugosidad en un ecuación, ¿no tiene una mente fascinante? Sus teorías confirman lo que veo: En todas las ocasiones, en todas, antes incluso de verlas en el horizonte, no importa si llevan cárcel en su interior o si están hechas de granito, las islas aparecen en el GPS como un punto redondo, se transforman en una mancha con forma propia (Giannutri, por ejemplo, tiene forma de croissant), pasan a ser dueñas de sus propias rugosidades (las zonas de acceso vetado, los puntos para el fondeo, las boyas…) y cuando llega el momento de echar el ancla somos nosotr@s l@s que quedamos reducidos a minúsculos seres. Este milagro cotidiano, de los centímetros convertidos en kilómetros, siempre es posible sin que las islas cambien su superficie.

Recuerdo que subió una mariposa a bordo y se posó en la pierna de Bego, para ella ese enorme croissant entorno al que nadábamos debía de tener el tamaño de un continente; si hubiera pensado en bacterias hubiera podido llevar el litoral de Giannutri hacia el infinito asistida por los argumentos científicos que hubieran sido necesarios.

(El TTIP es fácil de entender, por eso lo esconden)

Qué caprichosa la ciencia, cuando quiere otorga y cuando quiere quita. Cuántas veces me gustaría contar con una de esas ecuaciones irrefutables para callar bocas de los reyes de los números, fundamentalmente cuando una injusticia convierte a millones de seres humanos en víctimas de los intereses de unos pocos. Ahí están las empresas que apoyan el TTIP, intentando restar soberanía a los gobiernos, mas de dos millones de personas hemos firmado en contra de este tratado que es tan invasor y desalmado como pudieron serlo los piratas berberiscos.

Barbarroja vestiría hoy de traje, tendría por nave un despacho y no tendría que exponer su cuerpo en cada uno de sus asaltos. En la Fortaleza española de Monte Argentario (el tómbolo sobre el que esta noche llueve) volvimos a encontrar su nombre. La llegada de Carlos V al poder, que coincidió con la expansión de la conquista de América; la necesidad de mantener un imperio y un ejército gigantesco permitió que el Mediterráneo se convirtiera en un auténtico caos y de ello se aprovecharon dos hermanos griegos, Arudji y Kheyred Din, más conocidos como los Barbarroja, que supieron catalizar el amplio movimiento de hombres de mar desarraigados y apátridas que se habían instalado en las costas de Berbería y capitanear un movimiento de piratería que mantendría este mar en vilo durante más de dos siglos.

El nombramiento de Barbarroja como almirante de Solimán II el Magnífico, sultán de Constantinopla, y la alianza de ambos con Francia, cuyo principal objetivo era el enriquecimiento de los firmantes, supuso que los habitantes de los pueblos costeros del levante de España e Italia fueran sometidos de forma atroz. Durante más de tres siglos abandonaron la costa y no volvieron a vivir en ella hasta principios del XIX, refugiados como estaban en el interior. Hacía más de cien años que las autopistas del mercado internacional se dirigían hacia el Caribe, lo que trasladó a piratas, corsarios y aventureros hacia aquella orilla del Atlántico, el Mediterráneo había dejado de interesar incluso a los gobernantes, sin embargo el Mediterráneo siguió siendo espacio de una nueva oleada de asaltadores, marinos empobrecidos que resultaron ser los más malvados y crueles, arrasando con tanta ambición como hambre cuantos jabeques, tartanas, leños y pequeñas embarcaciones se encontraban.

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(Uno de los hermanos Barbarroja)

L@s historiador@s estiman que entre el siglo XVI al siglo XIX, los corsarios habrían capturado entre 800.000 a 1,25 millones de personas que fueron vendidas, sin considerar los millones de personas que habrían muerto. Vuelvo al presente, al flujo de mano de obra barata, cada vez más sometida a las reglas de las multinacionales, poderes que no necesitan el territorio del mismo modo que los piratas levantaban sus imperios en el agua. Vuelvo a una de las últimas conversaciones portuarias. En esta ocasión la marinera del velero vecino, al enterarse de nuestro recorrido hacia Grecia, nos alertó sobre el posible encuentro con cayucos hasta arriba de hombres, mujeres y niñ@s. “¡Cuidado!”. ¿Cuidado? Para empezar, el Convenio internacional para la seguridad de la vida humana en el mar especifica que “El capitán de un barco que, estando en el mar en condiciones de prestar ayuda, reciba información, de la fuente que sea, que le indique que hay personas en peligro en el mar, está obligado a acudir a toda máquina en su auxilio” y que la tripulación de cada barco debería tener un protocolo establecido para estas situaciones.

Intento crear mi propio protocolo. Los manuales explican cómo reconocer señales de socorro en el mar, como bengalas, movimientos de brazos… No creo que quienes naveguen en estas embarcaciones se hayan leído estos códigos, ¿o sí?. Paso a la fase de enviar mensajes urgentes de radio. El canal 16 si estamos en aguas internacionales y marcar el 1530 si les encontramos en las italianas. Tengo un problema, sé a dónde les enviarán según les localicen y los ritmos con los que actúan. Busco la forma de intentar localizar al “My Phoenix” o al “Bourbon Argos” los buques que Médicos Sin Fronteras y MOAS (Migrant Offshore Aid Station) están utilizando para acudir a las llamadas de auxilio. “¿Cuántas personas podrían subir a bordo, capitán?” El protocolo, el protocolo…

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(Uno de los últimos rescates realizados en mayo por el My Phoenix en el Mediterráneo)

¿Cuántos muertos necesitamos para afirmar que se está cometiendo una barbarie? ¿Cuántas mujeres han de morir en manos de sus maridos, parejas, amantes, clientes ocasionales? ¿Cuántas personas han de ahogarse ante nuestras costas? Me pregunto si nuestras manifestaciones de horror lo único que buscan es que nuestros gobernantes ideen unas leyes más sofisticadas de mantener a mujeres o/y migrantes en “su sitio”. Y cuándo, ante la exhibición de nuestro pesar, arrancamos esta realidad del ámbito de la experiencia y la convertimos en espectáculo, en números y letras vacíos de contenido.

Antes de llegar a Giglio nos encontramos con la grúa que en su momento arrancó al Costa Concordia de su bocana. Amarramos en su muelle municipal una noche (límite de estancia que permiten para los veleros a cambio de la voluntad), lo que nos permite comprobar que fue un accidente provocado por la estupidez humana. El capitán, Francesco Schettino, se sentía tan poderoso por tener en sus manos el crucero más grande construido en Italia, capaz de tapar todo el pueblo con su sombra, que se acercó a la costa por donde no debía. El cu-cú-traaaas se saldó con 32 muertos y 4.197 evacuados. Además huyó. Cuando escuchaba las instrucciones para nuestro amarre por la radio no podía evitar escuchar la voz de “Capitán, es una orden (…) Debe ir a proa, volver a bordo y coordine la ayuda. Ya hay muertos…”. Mientras paseábamos por la pequeña bahía pude imaginar el horror de l@s viajer@s y de los habitantes de lugar aquella noche de enero. Un monstruo embarrancado escupiendo a frágiles seres humanos por su boca. Qué extraña lava. Qué extraño magma. Qué extraña invasión.

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(La enorme grúa que sacó al Costa Concordia prosigue sus trabajos frente al puerto)

Otro rayo rompe el cielo. Hemos amarrado en un muelle público junto a barcos pesqueros. Un grupo ensaya en una casa vecina, son melodías difusas, a medio terminar. L@s biólog@s ya duermen. El puerto en el que hemos encontrado refugio está en el extremo más al sur de Monte Argentario, concretamente en Portoercole. En ambos lados de la pequeña bahía se levantan dos torres defensivas.

Permanezco despierta, en el barco pesquero baja sus mercancías. Lo más probable es que mañana haya algún fruto del mar para comer. L@s biólog@s del GoOn miran los ojos de los peces, las agallas, los tamaños de las piezas, incluso el número de los pescados con criterio político, es decir, que aquí no sólo se lleva al plato el qué, sino el cómo, el cuándo, el cuánto… lo que permite que mi paladar se ablande aunque mi estómago permanezca cerrado.

Regreso al interior de nuestro velero. La tormenta amaina y los pescadores terminaron su labor. Recupero una lectura que quedó en el aire, es el ensayo escrito por nuestra querida Ángeles Caso: “Napoleón y Josefina. Cartas, en el amor y en la guerra”. Comencé su lectura a nuestro paso por Elba, donde fue deportado en 1814 con el título de Emperador y soberano de la isla. Por lo visto su correspondencia fue prolífica y desigual, a tenor de las 270 cartas que se conservan, de ellas cinco fueron enviadas por Josefina a Bonaparte mientras que doscientas sesenta y cinco fueron las remitidas por Napoleón.

Ambos se habían casado por conveniencia pero Napoleón se enamoró. “No he pasado ni un solo día sin amarte; no he pasado ni una sola noche sin estrecharte entre mis brazos; no he tomado ni una taza de té sin maldecir la gloria y la ambición que me mantienen alejado del alma de mi vida”, escribe en una de sus primeras cartas. Retomo el libro en julio de 1798, tras su victoria en Malta y a punto de entrar en Egipto, cuando se enteró de las infidelidades y mentiras de su esposa. En la última carta enviada antes de ese momento se despedía de ella diciendo “Escríbeme, piensa en mí y ámame. Todo tuyo para toda la vida. Bonaparte”. En la siguiente carta que se conserva, escrita el 11 de mayo de 1800, se despide así: “Mil recuerdos amables a mi prima. Recomiéndale que se porte bien, ¿me oyes?”. ¿Mi prima? ¿Se refiere a su vulva? En la carta siguiente llamará a su sexo “Hortensia”…

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