“De uno al otro confin…” aúllan los confinados.

BY MARTHA ZEIN

!Imperio! !Imperio! !Imperio! En las capas de lava, granito, cenizas y sedimentos que constituyen estas islas, en ese milhojas caprichoso que crearon las erupciones, veo representadas las capas de los imperios que fueron apropiándose del Mediterráneo una y otra vez. Griegos, romanos, bizantinos, otomanos, árabes… levantaron sus fortalezas, monumentos y edificios de poder sobre las ruinas de los anteriores. Las mismas piedras que antaño fueron termas más tarde levantaron iglesias sobre las que construyeron cementerios que luego fueron base de grandes mansiones… Los lugares fueron cambiando de nombre aunque no se movieran de su sitio mientras sus habitantes eran asesinad@s, esclavizad@s o sometid@s.

Los diferentes imperios se adueñaban del mar y de sus costas con idéntica violencia (rica en matices) y las islas fueron unas veces diamantes para sus dedos, otras caramelos engullidos con voracidad infantil o simples lentejas olvidadas en una olla que nunca se puso al fuego. Las estamos recorriendo con detenimiento, el continente apenas es motivo de breves escalas, somos, sin quererlo, el contrapunto imperial. Entender qué hacían los emperadores (tan continentales ellos) con las islas que encontraban en su expansión está resultando una actividad tan inquietante como recomponer un cadáver por las trazas de sus uñas.

Manu, la dibujante de peces se subió al barco y en tierra quedó Bego, la bióloga. Sucedió en Roma, concretamente en la dársena di Traia, la marina gestionada por una cooperativa de trabajadores en la que amarramos el tiempo suficiente como para asomarnos al atardecer por el Coliseo y sus alrededores (Vía Sacra, Arcos de Tito y Constantino…). Intenté imaginar desde qué ático se rodó esa primera escena hipnótica de La gran Belleza en la que todos bailan durante el cumpleaños del escritor pero fui incapaz.

Era domingo, como siempre (los italianos, impolutos, con el cabello en su sitio y los mentones rasurados, hacen que cualquier día parezca domingo) y éramos cuatro personas mas entre cientos de turistas que no paraban de retratarse junto a hermosas construcciones. Palacios, puentes, vías, fosos… dan fe del conocimiento sobre arquitectura, ingeniería y urbanismo que se llegó a desarrollar en aquella cultura y también de un modo de vida y, por tanto, de un modo de muerte. Casi había que pedir vez para capturar el mejor ángulo con la cámara de modo que me dediqué a observar el espectáculo. La actividad consistía en ver para elegir, una vez seleccionado el elemento lo situarían a sus espaldas, así todo quedaba transformado en un escenario estético. Ese frenesí convertía la historia en un armario de tiempo donde se acumulan fondos para selfies. Pegan sus caras y sonríen aquí y allí y aprietan el botón de ese nuevo gadget que permite hacer autorretratos con mayor distancia que el propio brazo…

Nadie parecía reparar en las armas que lucían aquellos tres soldados que dejaban pasar la tarde con el dedo en el gatillo, apostados junto a un jeep pintado de camuflaje. Por unos minutos me detengo en el coche que pretende ser camaleón a ojos del enemigo, sus manchas hechas para el acecho en medio de un desierto de rocas son tan estridentes como cualquier souvenir, incluso si hubieran ido vestidos de fallera mayor nadie les miraría. Hace siete años que los militares patrullan las calles de esta ciudad (idea de Berlusconi); sus habitantes ya se han acostumbrado a su presencia y l@s turistas, tan pendientes de sus autorretratos autosuficientes, les rechazan como decorado para sus fotos. Unos y otros han olvidado que un soldado es el único ser humano al que se le está permitido matar al prójimo sin problemas legales ni morales. Un soldado es una excepción del sistema, una figura creada para eliminar al enemigo. Claro, para quien no se siente en guerra el malo al que se ha de eliminar siempre es ese otro con cara de enemigo, pinta de enemigo, incluso nombre de enemigo al que todo el mundo señala como tal pero no uneuropeoblanquitoquehacumplidocontodoslosdeberespagasusimpuestoseinclusoesbuenpadredefamilia.

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Quizás porque procedo de un país cuyos gobernantes han decidido apropiarse del término “terrorista” para perseguir a quienes disienten de su forma de ejercer el poder, quizás porque sé que a partir del 1 de julio el lenguaje y no los actos podrán ser considerados delito… el caso es que me inquietó ver cómo la gente sonreía ante la mirilla de un arma. ¿Conciencia feliz o necedad? En “Sed de sangre. Historia íntima del combate cuerpo a cuerpo” la historiadora Joanna Bourke utiliza el testimonio de militares de todos los rangos que participaron en las dos guerras mundiales y en la de Vietnam para recordar lo que casi nadie dice en alto: que la función del soldado no es morir por la patria sino matar y que en ese acto pueden alcanzar un grado de placer embriagador además de terror, culpa y humillación. Después de leer ese ensayo un militar se convierte en la encarnación de una excepción cruel ante la que no puedo sentirme en calma.

Mientras la noche empezaba a deshacer el Foro Romano, yo no dejaba de dar vueltas al asunto. Debiera ser una obviedad que el ejército sólo está en la calle en caso de guerra. Que yo sepa, Italia no está en guerra ¿O sí? ¿Dónde está el enemigo? ¿Quién es? ¿Soy yo?. Sé que esta pregunta (¿Soy yo?) es el puerto al que cualquier estado disciplinario desea que sus ciudadan@s lleguen sin necesidad de que nadie le acuse. Por eso la escribo, para dejar constancia de que quizá hoy no haya emperadores pero habitamos en un imperio capaz de hacer que nos disciplinemos a nosotr@s mism@s a través de un agente tan eficaz como el miedo y sus sospechas.

Si un código penal puede conseguir que un verbo guarde una bomba lapa en sus entrañas yo puedo pasar a ser considerada enemiga en cualquier momento. Desnuda bajo esa sombra de sospecha que cada vez es más grande, con un puñado de palabras explosivas en una mano y con la otra acariciando el agua, avanzo por las islas del sur de Europa. El GoOn va recorriendo los renglones olvidados de esos imperios cuyos restos nos constituyen más de lo que imaginamos. En las islas que ahora bordeamos, las del archipiélago Pondine, no sólo encontramos iglesias o torres de defensa sino prisiones en las que los sucesivos gobiernos recluyeron a quienes no podían matar abiertamente: a sus disidentes.

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(Representación del “castillo aragonés”, en Ischia, en cuya cárcel estuvieron encerrados los próceres del Risorgimiento italiano)

El asunto viene de muy atrás, de cuando el emperador Augusto y sus sucesores (Tiberio, Calígula, Nerón) decidieron desterrar a las mujeres de su familia que les resultaban más conflictivas. La primera fue la única hija de Augusto, Giulia, con cuyo nombre bautizó la ley que penaba el adulterio de esa élite que se consideraba ciudadan@. En virtud de esa ley la propia Giulia fue desterrada a la isla de Ventotene (entonces llamada Pandataria) aunque su verdadero “delito” había sido formar parte de un círculo crítico con el poder, contrario al estado liberal y expansionista de Julio Cesar y Marco Antonio. No sólo se reunía con ellos y les daba cobijo sino que mantenía relaciones sexuales con varios de sus miembros, de modo que su padre aplicó la ley que más le convenía y de paso borró su nombre de las inscripciones y ordenó que sus estatuas fueran destruidas. Se trataba de impedir que se convirtiera en heroina, en referente, por eso la borró de la memoria y los relatos. En su nuevo destino, Giulia decidió morir de inanición. Quizás hoy se hubiera llamado huelga de hambre.

Con lo que no contaba el emperador es que muchas mujeres romanas de familias insignes empezarían a declarar que ejercían el oficio de prostitutas, registrándose para ello en las listas correspondientes. Unas lo hacían para poder escapar a los castigos de esa ley (que no afectaba a a l@s prostitut@s ni a las alcahuetas) y otras por pura provocación, un gesto de desobediencia civil. Tiberio, el sucesor de Augusto, pilló el mensaje y decidió tirar por el camino del medio, de modo que cuando llegó el momento envió al mismo lugar a la hija de Giulia (con quien se había casado en segundas nupcias) sin necesidad de acusarla de adulterio. Aquella mujer era más aclamada por el pueblo que él mismo. Agripina había osado convencer a los legionarios (que huían del rumor de una derrota ante los bárbaros) para que volvieran al frente. Lo hacía por amor público y privado, era la esposa del comandante al que estaban a punto de abandonar. Con las palabras como único arma (me fascina la idea) logró que volvieran sobre sus pasos y vencieran al enemigo. Lejos de enorgullecerse Tiberio consideró que “Nada les quedaba a los generales una vez que una mujer revisaba a las tropas, se acercaba a las enseñas e intentaba liberalidades…”. Meses después Agripina daba con sus huesos en el mismo lugar donde fue presa su madre, y también se dejó morir de hambre. Años después, sus hijas, Agripina y Giulia, fueron igualmente desterradas por Caligula, aunque Agripina (alias “la menor”) tuvo suerte y el asesinato de Caligula le permitió abandonar la isla y continuar una vida llena de intrigas.

Aquella ley, la del adulterio, era extensión de la que regulaba los matrimonios, una de esas ruinas que nuestra cultura ha ido reciclando una y otra vez. Palpita en nuestros cimientos más de lo que imaginamos, de hecho hemos olvidado que el anillo de compromiso, el consentimiento de los padres, el velo de la novia, la unión de las manos de los contrayentes, la petición de mano, besarse al final de la ceremonia, incluso de que sea mayo el mes más elegido por quienes quieren casarse… proceden de aquellas leyes romanas que ya nadie cuestiona e incluso alimentan las conciencias felices. Afirmamos los actos del imperio cada vez que damos el “sí, quiero” mientras sonreímos para la foto.

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(Detalle el puerto de Ventotene)

Estuvimos amarrados en el pequeño puerto romano de Ventotene el tiempo en el que tarda en pasar una borrasca. Excavado en la toba volcánica, la distribución de su espacio no ha cambiado mucho desde entonces. Atamos los cabos en el mismo lugar en el que lo han hecho durante cientos de años otros barcos y saltamos a tierra como quien salta en el túnel del tiempo. El tráfico no debió de ser desdeñable al comienzo de nuestra era a tenor de los pecios que encontraron en 2009, hasta arriba de ánforas llenas de aceite, garum (salsa hecha de vísceras fermentadas de pescado, considerada un afrodisíaco al que sólo accedían las clases privilegiadas), metales en lingotes y moteros.

Veníamos de gozar de la belleza de las costas de Palmarola y Ponza. En ambas islas las paredes blancas creadas por las cenizas durante las erupciones milenarias se mezclan con las lenguas de lava negra, creando caprichosas formas en los acantilados.

¿Recuerdas cuando jugabas con las hormigas? ¿Recuerdas cuando estabas más cerca del suelo que del cielo y hormigas, caracoles, mariquitas y escarabajos eran objeto de atención? Pues el júbilo con el que disfrutamos de las playas de Palmarola era así de infantil y absoluto. Mientras nadaba en su aguas de transparencia conmovedora, propias de la reserva natural que es, intenté recordar cuándo dejé de jugar con las hormigas. La pregunta sigue aún sin responder.

Dicen los relatos oficiales que Palmarola está deshabitada porque sus residentes no aparecen en el censo, pero no es del todo cierto, para empezar nosotr@s estuvimos allí, aunque fuera de paso. Además de quienes regentan los dos pequeños restaurantes y de quienes ocupan las numerosas cuevas que asoman a la costa, en esa pequeña isla se levanta una de las residencias de verano de las hermanas Fendi, magnates de la moda en Italia hasta que vendieron la marca a principios de este siglo. Tras aquella operación, Alda Fendi se compró todo lo que había en la isla, se hizo marchante de arte y montó una fundación. Ahora le gusta decir que se ha hecho mecenas. En este siglo las élites juegan a desaparecer, saben que no salir en la foto oficial es una forma de permanecer en la memoria colectiva; aspiran a lograr la invisibilidad del ejército en las calles, un extraño camuflaje.

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(Este tramo de la costa de Palmarola es conocido como “La catedral” por las numerosas columnas y arcos que creó la lava al enfriarse)

Estábamos en Ventotene y las retinas seguían sin saturarse de belleza. Definitivamente somos inmunes al mal de Sthendal, no sufrimos vértigos, ni palpitaciones, ni desmayos al contemplar estos paisajes, quizá porque en ellos vemos cómo asoma su rostro el lado oscuro de la Historia. Ventotene no es un paraíso aunque pudo llegar a serlo en manos de los romanos. Al ser de origen volcánico carece de acuiferos, sin embargo su tierra es porosa y fértil, en ella los ingenieros del Imperio supieron excavar enormes cisternas donde recogían el agua de lluvia. Para ello utilizaron gradientes, materiales resistentes al agua, el bosque de robles que entonces cubrían gran parte de su superficie… y mano de obra esclava. El resultado fue unos aljibes que permitieron regar los jardines de aquellas jaulas de oro en la que los emperadores desterraban a sus mujeres más indómitas y calmar la sed de quienes iban a repostar al puerto. Con el paso de los siglos esos túneles dejaron de acoger agua para acoger gentes: allí residieron monjes y ermitaños, fue refugio ante las invasiones sarracenas, vivienda de los colonos engañados por el rey de Nápoles (Fernando IV de Borbón) y lugar de residencia de los presos que crearon la prisión de Santo Stefano (en el islote de enfrente) bajo las órdenes del Borbón, entonces cabeza visible de lo que aun gustaba autoproclamarse Imperio.

Después de la revolución francesa el asunto de ponerse al frente de un Imperio pasó a ser un ejercicio efímero (Napoleón) o la fantasía privada más o menos explícita de tiranos alucinados. Los procesos de descolonización hicieron que en el siglo XX los estados y sus gobernantes cambiaran sus mitos, hasta el punto de que ahora sólo pronuncian “imperio” los disidentes como parte de sus denuncias.

Voy de lo que pienso a lo que observo. Tiramos ocho millones de toneladas de plástico al mar cada año. El agua es el vertedero terrestre. Los puertos constituyen una extraña y fascinante puerta. Estamos recorriendo el patio trasero de Europa a la altura de Italia en los dias en que estalla una nueva crisis con las personas emigradas de forma irregular: 100 duermen en la estación de Bolzano, en la frontera con Austria; otros 100 pasan día y noche en los escollos del mar de Ventimiglia frente a Francia. Unos 150 están los jardines de Udine, otros 100 en los parques de Gorizia, 100 más en los de Trieste, varios centenares en el vertedero de la feria de Génova. En la estación de Milán duermen 1.500 y en la de Roma-Tiburtina son entre 300 y 400. Sobreviven en no lugares. Francia no los quiere, Alemania les veta. Leo que uno de ellos considera que Europa es “otro planeta”. Las geografías se hacen de carne y hueso cuando los imperios se vuelven planetarios.

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(Detalle del mapa/mural/instalación elaborada por los presos en las cisternas de Ventotene)

No lugares. Visitamos esa enorme cisterna romana de Ventotene que con el paso de los siglos fue refugio, lugar de residencia y de reclusión. En una de sus paredes encontramos el mapa que dibujó alguno de esos 100 convictos que como mano de obra forzada, levantaron la prisión borbónica. A primera vista parece la representación alegre de una montaña, con casas y árboles inocentes en sus laderas, pero si se observa con detenimiento la parte inferior de esos montes representados por una mancha marrón replica exactamente el litoral de la isla. Los presos habían memorizado la geografía de la costa en sus recorridos del puerto a las galerías y ahí plasmaron su visión del mundo, no creo que fuera por razones estrictamente decorativas.

La montaña de la izquierda de aquel particular mapa camuflado era una reproducción fiel de la orografía mientras que la de la derecha era una aproximación casi imaginada de lo que podría ser el resto del litoral de la isla. La pared elegida para plasmar este mapa coincide con una de las hornacinas que debieron abrir los monjes siglos antes del paso de los presos. El hueco coincide en el vértice de los dos montes, por lo que se deduce que la intención de su autor ubicar claramente el triste lugar en el que ellos habitaban. ¿Por qué lo hacía? ¿Era una información que quería transmitir a quienes le sucedieran? ¿Una forma de explicar a quienes le rodeaban cómo era el mundo en que vivían? ¿El simple deseo de dejar huella? ¿Al lado de este tipo de testimonio, cuál es el valor profundo de un selfie?

Como si quisieran jugar a las casitas, el autor (o autores) añadió en su interior la reproducción en miniatura de la escalera que ellos mismos habían levantado en el corazón de uno de los túneles. Era el hueco por el que les entraba el aire fresco y algo de luz. El resultado es inteligente, irreverente e incluso estético, hipnótico por su capacidad de sumar mensajes. Aquel extraño mapa era la representación de la libertad y sus límites, una metáfora visual cargada de sentido.

Al salir de allí Toni comentó en alto que de nada vale que los edificios permanezcan si el conocimiento no se transmite. De hecho hoy la isla sigue sin apropiarse de esta solución y depende del agua potable que cada día trae un barco cisterna procedente de la península.

Paseamos hasta agotar el día, así, enlazando observaciones. Nos encontramos de vez en cuando con placas que recordaban la presencia en esa isla de políticos antifascistas deportados por Mussolini durante el periodo de entreguerras. El comedor de los anarquistas es hoy una ferretería. Aquella isla amable, que pudo haber sido paraiso y no lo fue, volvió a ser un lugar de confinamiento, esta vez para activistas políticos, obreros, ex diputados e intelectuales que criticaban el fascismo de Benito Mussolini. El régimen había creado un cuerpo legal que tenía como objeto contener la disensión política y social en una época sin tuits ni posts en facebook pero que igualmente consideraba un delito contra la seguridad pública cualquier crítica a los desmanes del poder. En nombre de la ley aquellos hombres fueron confinados sin juicio, con la simple intervención de la policía, sin pruebas, sin explicaciones, sin delito… Así fue cómo Ventotene se convirtió en un lugar-símbolo de la deportación política italiana para el régimen de Mussolini. Es decir, en el infierno.

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(El islote de Santo Stefano con su corona carcelaria visto desde Ventotene)

¿Cómo podrían convivir los habitantes libres de la isla con los deportados, siendo el territorio tan pequeño? Mientras l@s niñ@s jugaban con hormigas a su lado, tres de aquellos presos dibujaron sus propios mapas mentales en papel de fumar y los guardaron en el doble fondo de una caja de metal. Lo llamaron “El manifiesto de Ventotene”, en él exponían su visión de Europa, es decir, su visión del mundo en paz y libertad: el necesario fin de los estados/nación que diera lugar a una federación de iguales capaces de defender el bien común y no fronteras; la nacionalización de las industrias energéticas y “los grandes institutos bancarios”; la redistribución de la riqueza injustamente acumulada por viejos privilegios y los derechos de sucesión; la reforma agraria que favoreciera la creación de cooperativas; la escuela pública equitativa y gratuita; el acceso garantizado a bienes de primera necesidad como el alimento, el techo y el vestido;  la laicidad del estado…

Los cronistas oficiales de la historia de los vencedores y sus replicantes consideran este manifiesto como uno de los pilares constitutivos de la actual Unión Europea. Me parto de risa con gesto de llanto. Se pueden levantar templos virtuales sobre ruinas imaginarias, Ventotene ahora es un referente simbólico para los defensores de la actual Europa y sus instituciones, ahora, cuando el primer ministro griego, Alexis Tspiras, acusa al FMI y al Banco Europeo de asfixiar a las capas más frágiles de su ciudadanía. Es evidente que adueñarse de los relatos y crear con ellos discursos que justifiquen un determinado orden político es una eficaz estrategia de dominación. En las sociedades occidentales el poder no sólo se expresa a través de mecanismos coercitivos sino a través del consentimiento y el consenso que generan los relatos entre las conciencias felices.

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(Una de las placas que recuerdan el paso de los confinados por la isla, en este caso, los anarquistas)

Durante nuestro paseo por aquel paraiso que no fue nos asomamos al mar, en los pequeños balcones de la costa podíamos contemplar ver el espacio que surcaríamos al día siguiente. En uno de aquellos horizontes, como un cristal roto, testimonio de miles de pesadillas, nos observó el islote de Santo Stéfano. Allí fue donde los borbones levantaron su oenal, testimonio también de un conocimiento, una forma de entender la vida, la muerte y el sufrimiento. El arquitecto diseñó una estructura circular que permitía una vigilancia total y constante sobre los presos; el objetivo era alcanzar el “dominio de la mente sobre la mente”. La prisión estaba inspirada en los círculos del infierno de Dante y en el Panopticón, un tratado del filósofo inglés Jeremy Bentham (1748-1832). En el centro del círculo creado por los muros se infligían los castigos más atroces ante la mirada de todos los presidiarios. Todo era expuesto, esa era la condena: mirar sin hacer. El lugar, hoy deshabitado, vuelve a ser destino de visitantes. De esta suma de ruinas venimos. Ventotene es un buen lugar para recordar una afirmación de Sartre: somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros, se se trata de remover en las ruinas para levantar nuevos edificios. Así de pequeño y sólido puede ser el ejercicio de nuestra libertad.

Obro en consecuencia. Rebusco en los cimientos de la historia reciente para levantar un pequeño hito: en 1947 uno de los presos recluidos en Santo Stefano, por ser contrarios al régimen fascista de Mussolini, recordó en su discurso de acceso como diputado a la Asamblea Constituyente: ” … hablo por experiencia personal (…) . En la cárcel, honorable Ministro, se hace esto: se pega un preso; por los golpes el preso se muere, y entonces todos se preocupan, y no se preocupan sólo los carceleros que pegaron al preso, sino también el director, el médico, el capellán y todos los que forman parte del personal de a cárcel. Y entonces hacen esto: desnudan al preso, lo cuelgan a la reja y lo hacen descubrir así colgado. Entonces llega el doctor y hace el parte médico de muerte por suicidio…” Se trataba de Sandro Pertini, quien se convertiría en presidente de la república en 1978. Pertini había estado en aquella prisión un año, el tiempo suficiente como para conocer como un estado puede convertirse en terrorista y quienes lo sostienen gozar de impunidad.

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(Cuando llegamos a la deliciosa Procida, donde se rodó, entre otras, la película “El cartero de Neruda”, decidí cambiar de registro. De espaldas a esta foto, por supuesto, se levantaba una cárcel abandonada)

Mussolini fue derrotado (pasó unos meses por esa misma cárcel en 1943) pero aquellos que sostuvieron su dictadura permanecieron en la silla tal y como confirmó la muerte “accidental” del anarquista Giuseppe Pinelli veintiseis años después, en 1969. Entonces el superintendente de policía era Marcello Guida, quien había sido director del penitenciario de Santo Stefano y hombre de confianza de Benito Mussolini. Como responsable policial declaró que el detenido se había suicidado pese a que todas las pruebas evidenciaban que había sido torturado. Era el principio de una década oscura marcada por lo que se denominó «la estrategia de la tensión», en la que estuvieron involucrados los servicios secretos euroeos y la CIA, todos ellos relacionados con la Red Gladio, una organización vinculada a la OTAN que actuó en varios países de Europa y América Latina y cuya actuación en Italia se centraba a evitar una posible victoria electoral del Partido Comunista…

Y llegados a este punto, mientras avanzamos de isla en isla hacia aquellas en las que los volcanes aún están en erupción (las Eolias) observo las formas de la lava en la costa como quien consulta los posos del café para saber cómo enterrar Imperios que juegan a ser invisibles. Mientras espero a que respondan y reviso las ruinas que te sostienen, me sigo contando: Los subterráneos están hoy en otro lugar. L@s emperador@s imaginan que son invisibles porque no salen en los selfies….

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2 comentarios en ““De uno al otro confin…” aúllan los confinados.

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