No he vuelto a soñar con naufragios

BY MARTHA ZEIN

Escribo con las dos manos; con la de la de palmear deletreo nombres (Vincenzzo, Mario, Saverio, Roberto, Franco, Eduardo…), con la de acariciar trazo letras azules en las que pueda nadar la dibujante de peces: Ella, tormenta, viento alegre, cielo endiablado de nubes blancas, acantilado donde van las olas a roncar, se vuelve cristal ante la oscuridad del mar. Con la de agarrar las jarras frías hasta arriba de espuma cuento que ellos, los hombres-puerto, se mueven con calma sólida, fieles a sus propias reglas; la suya es la alegría de quien sabe que todo lo vivo es perecedero. Con el dedo zurdo, el mismo con el que unto crema en la espalda de Manu, digo que ríe con las carcajadas rotas de las supervivientes. En sus manos los panes se multiplican, 20.000 peces nadan en sus retinas. Conoce la justa combinación de los colores de todo lo que nada a los pies del velero y hasta la última curva de especies lejanas: el pez gato hablador (que gruñe fuera y dentro del agua), el neón tetra (de escamas irisadas), el pez perro (con sus dos dientes caninos), el cabeza-abajo (que pasa gran parte de su vida con la cola en el aire), el pez lápiz (por su cabeza casi siempre erguida)… Mágicos o comunes, oceánicos, abisales, de agua dulce o salada, tropicales, mediterráneos, comestibles o en peligro de extinción,  han posado para ella miles. Aunque esa no es la razón; si me gusta la dibujante de peces es porque sería capaz de describir el color de las ballenas con las que nunca soñó.

En esta última etapa ando cosiendo puertos entre fondeo y fondeo. Con esta lanzo la hebra, con la otra trazo un tirabuzón; con aquella sostengo que Mario se llevó aceite, Saverio nos dio queso, Vincenzzo nos contó secretos, Franco se guardó los nuestros, Alberto compartió lo que tenía, Roberto entregó sin esperar una devolución, con la de hacer cosquillas que Manu ha debido excavar una guarida secreta en el GoOn porque días después de su partida seguimos escuchando: “!Ciao, bello! Ciao delfini, Ooooh, Belli, Cari delfini!” e incluso creemos verles saltar por proa. Con las dos me tapo los oídos porque… no sé si lo escuchas, pero el mar lleva dias demandando mi atención. “Mira hacia abajo, aun más profundo, sigues siendo superficial como la mayoría de los humanos, sumérgete, toca mis vísceras”, inquiere, mientras, sigo tejiendo puertos y respondo “Por aguja la proa del GoOn, como hilo, los habitantes del mar”. No sé por qué pero me resisto a seguir sus indicaciones. ¿Cómo manejarme en los abismos teniendo dos manos dispares?. Llevo noches soñando con naufragios.

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Un puerto no es una estación de autobuses aunque en temporada náutica pueda parecerlo. Solemos llegar a ellos en nuestra pequeña barca auxiliar, con el pelo revuelto, las zapatillas en las manos y trazas de llevar días bañados en sal. Somos tres personas más entre las cientos que desembarcan cada día en los muelles. Avanzamos entre su bullicio a destiempo: caminamos lento (casi desentumeciendo las rodillas), nos fijamos en detalles de las embarcaciones vecinas, hacemos un alto para observar que desenredan los pescadores en el último momento, demoramos el encuentro con el bullicio de bares, tenderetes o puestos de información turística… Me divierte imaginar la coreografía. Probablemente formemos parte de la sincopa del muelle y con nuestros pasos estemos acentuando los espacios débiles. Podría escuchar la melodía si nuestras chanclas taconearan sobre el empedrado. No importa, me basta saber que entre tod@s creamos ese ritmo fluido y trepidante de los puertos. Las gaviota dan vueltas contemplando el espectáculo.

Soy toda cintura en este baile, puedo serlo porque la dibujante de peces es romana y Toni sabe comunicarse en italiano. Ellos hablan y yo disfruto descifrando el lenguaje de los cuerpos, atenta a las historias que se esconden tras la sombra de una mirada, en la punta de la lengua de una sonrisa lenta. Desde hace días presto especial atención a los gestos contenidos porque estoy convencida que allí es donde se enciende la chispa de ese tipo de instantes en los que dos desconocidos se hermanan. Quiero ver girar el gozne que mueve las puertas invisibles. No hacen falta lunas llenas ni noches de San Juan para que esto suceda, se trata de hacer que los ojos bailen mientras Manu y Toni aventan saludos.

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En este muelle abundan las pequeñas barcas de pescadores. La limitación de su calado ha logrado que el tiempo haya creado allí su propio remanso: ni ferrys ni embarcaciones de temporada, sólo barquichuelas y redes. Nos fijamos en un papel en el que han escrito con letras grandes y desiguales: “lengua de buey, 1,50 €”. No hemos hecho más que poner el pie en tierra y ya buscamos un buen trago fresco. El calor empieza a ser sofocante a pesar de que apenas ha comenzado el día, es decir, la sed ahoga el hambre, sin embargo hay algo en ese cartel que nos hace sonreír. ¿Será su improvisada naturalidad? ¿su desganada forma de vender algo humilde?. Una bandeja con dulces impide que el anuncio vuele. Antes de preguntar al joven que espera en la puerta del negocio todo nuestro cuerpo es un alegre interrogante. Retengo ese momento, me encanta, tiene algo de infantil, no dominar un idioma suele alargar los gestos de forma insólita haciendo que el adulto pierda su habitual compostura: agranda algo más los ojos o la sonrisa o sube los hombros de forma más insistente, rozando lo cómico.

Antes de que el camarero responda un hombre nos ofrece su silla. En ese instante recuerdo algo que acababa de olvidar: hace un minuto aquel desconocido estaba sentado en el medio de la terraza, junto a una mesa en la que ni tan siquiera había un vaso vacío. Miraba. A su alrededor un par de camareros atendían a dos parejas de jóvenes y ordenaban manteles con alegre desgana, detrás de él estaba la nota de las lenguas de buey. Ahora está de pie y yo en su silla. Lleva puesta una camiseta blanca, sin mangas, tan inmaculada que aún se pueden distinguir los dobleces de la plancha. No puede no oler a jabón. La dibujante de peces es la última en sentarse. Aparecen tres enormes zumos de naranja y limón (gloria de la isla) encima de la mesa. El anfitrión tiene piel de pergamino y las arrugas justas. Sé que está a punto de chirriar el gozne de la puerta.  Le observo. Aparenta acercarse a los setenta (más tarde nos revelará que en dos años llegará a los ochenta). El algodón sabe acariciar su torso a la distancia adecuada, bajo la tela los músculos juegan a un sí-es-no-es. El pantalón de color crema está enrollado en los tobillos dejando claramente al descubierto unos pies tan oscuros como sus hombros, cuello y manos. Sus dedos, ligeramente torcidos por la humedad, parecen tener más nudos de la cuenta. Cuando vuelvo a prestar atención a la mesa Manu mordisquea las dulces lenguas de buey (una especie de hojaldre relleno de crema). “También somos isleños”, explica Toni. Ya está. Ha vuelto a suceder delante de mis narices, sólo sé que charlamos como si lleváramos años bebiendo en la misma tasca.

Estamos mucho más que en Procida, estamos en el restaurante de Vincenzzo, ex marinero, dueño del negocio que sus hijos quieren mantener como siempre (un humilde bar de pescadores, con hules a cuadros sobre las mesas) y extra de muchas de las películas que se han rodado en esta pequeña isla de la Campania italiana. Las palabras son un torrente en boca de una romana y un napolitano de modo que lo único que logro entender en un primer momento es el nombre de la también napolitana Sofía Loren. ¿Es fan, amigo, familiar, proveedor…? Deduzco que a fuerza de coincidir con ella en diferentes rodajes, establecieron un vínculo lo suficientemente fluido como para que en la última película que rodó allí (“Francesca e Nunziata”) Vincenzzo pudiera visitarla entre bambalinas.

Sabiendo que mi oído no es mi mejor aliado, dejo que mis ojos paseen por el entorno. El brillo del hule, el color ambarino de nuestros zumos, la espalda de una pizarra… me giro para ver qué esconde. Para mi sorpresa encuentro un puñado de fotografías de una de mis películas-fetiche: Il Postino. En España se tituló “El cartero de Neruda”, basada en la novela de Antonio Skarmeta “Ardiente paciencia”. La suma de Neruda, Skarmeta, Isla negra (rincón chileno en el que estuve) y el homenaje a la literatura pasado al lenguaje del cine me atrapó el corazón hace más de veinte años. No consultar las guías de viajes permite que lo que para otros es una búsqueda para mí sea un encuentro. Descubro que esta isla fue uno de los espacios en los que se rodó aquel largometraje.

Reviso aquellas fotos intentando identificar las escenas y compruebo que hay un personaje que se repite: un hombre moreno vestido con traje y una banda cruzada en el pecho en el que tardo en reconocer a Vincenzzo. Se lo pregunto, me confirma, satisfecho, que hacia el papel de alcalde. Recuerdo vagamente la escena en la que el tímido Mario, el cartero, se enfrenta al prócer para que pague el precio justo por la pieza al pescador. Vincenzzo era, pues, un extra con frase. Paseo los detalles de aquella historia y mis vínculos con ella en nuestro pequeño recorrido por la humilde y abigarrada Procida. De repente caigo en la cuenta que si Skarmeta eligió una isla italiana como escenario de la película y no Isla Negra probablemente fue en homenaje a la historia de amor triangular que Neruda inició en Capri con la pelirroja Matilde mientras Delia, su hormiguita, su querida esposa, esperaba sus cartas en aquel rincón chileno. Camino con los ojos llenos de nubes, olvido que el mar no quiere soñador@s, que no es gauche divine, que desdeña aplausos, que no es estético ni azul y desprecia el arte por el arte.

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Decidimos comer en tierra, junto a Vincenzzo, un gesto que hace oficial nuestra hermandad. Un marinero amigo perdió la vida, hoy es el entierro. Nos lo cuenta con gesto franco mientras nos ofrece las viandas. La vida y la muerte no tienen compartimentos estancos. A mi mano izquierda le entra hambre de metáfora. Para calmarla me digo que más que nadar l@s dibujantes de peces necesitan soñar que nadan, por eso sus retratados siempre llegan vivos a sus lienzos, folios, láminas y cuadernos. Una bandeja de boquerones fritos aparece sobre la mesa. Probablemente sean “kilómetro cero”. Se me cierra el estómago. Mi izquierda quiere escribir que los peces de la dibujante ni se comen ni se pescan como tampoco desovan ni huyen de sus depredadores aunque parezca que estén a punto de hacerlo. Me dice que no la ha visto pintar porque ella se desdibuja cuando está de vacaciones. Contesto a mis cinco dedos zurdos que le preguntaré cómo logra ponderar el tamaño de sus branquias, la curva de sus aletas, la precisa cuenca de sus ojos… Sólo sé que la dibujante comprende quiénes son más allá de los porqués.

Nos despedimos con la naturalidad con la que fuimos saludados, no nos volveremos a ver, no hace falta. “Somos isleños, ya sabes”.

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Sueño con naufragios desde que partimos de Cerdeña. Cuando abro los ojos lo único que recuerdo es que nado mientras a mis espaldas el barco es comido por el mar. A veces la imagen me asalta cuando estoy realmente en el agua y de golpe cambio el ritmo y me veo calculando distancias y fuerzas en cada brazada. Me guardo el secreto, sé que tiene que ver con mis monólogos náuticos.

Como si todo obedeciera a una traviesa sincronía, recibo un mail con los pormenores de “Embárcate 2015”. A partir del 1 de julio recorreremos Cartagena para dar luz a los fondos marinos, protagonistas de la nueva campaña de WWF a bordo del catamarán solar. Dejaremos el GoOn durante 15 días para navegar por donde el sol nos lleve pero con los ojos fijos en ese lugar en el que no existen horizontes. “Más allá de la plataforma continental, supone cerca del 50% de la superficie terrestre. Las montañas submarinas, los corales de aguas profundas, las fumarolas y otras zonas de alta biodiversidad albergan entre medio y cien millones de especies, en muchos casos raros y únicos…” Cierro la pantalla del ordenador para preparar la operación de amarre. Mientras organizamos el desembarco en Maratea pregunto a Manu si ha dibujado a alguno de los seres que allí viven. “Siiii. Ay, pobres, son feísimos”, ríe. Más que feos resultan escalofriantes. Sus enormes bocas parecen en el esqueleto de un grito.

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Hemos amarrado en el muelle de tránsito que nos facilitan en el pequeño puerto de Maratea, tras convertir Capri, Minori y su gemela Majori, Salerno y Agropoli en cuentas de nuestro particular collar náutico. Nos gusta el trajín laboral de los puertos pesqueros más olvidados, el olor de las redes y las gaviotas coronando las embarcaciones y ese tipo de negociaciones que hacen evidente que el dinero es una variable relacionada con la conversación y el intercambio.  Toni se acerca al barco de pesca vecino. La dibujante de peces se asoma a la caja que se lleva un hombre de mediana estatura, una abundante melena entrecana y sonrisa blanquísima. Yo me ato los zapatos.

“¿Quieres un par de piezas?”, escucho que dice el hombre a modo de presentación. Manu lo agradece. “No, no, pensábamos cenar en el pueblo”. Ríe y pienso en grafitos (Manu tiene la garganta rota como la punta de los lápices de la infancia, le digo a mi mano izquierda). Cuando llego a su lado el hombre acaba de hacer una una propuesta: “Voy hacia allá, os acerco”.

Estamos en el barrio de pescadores, a los pies del monte Santo Biagio, acercarnos al pueblo supone recorrer varios kilómetros por una empinada carretera llena de curvas. Aceptamos su propuesta y nos metemos en su coche. Una vez dentro Mario, cirujano cardiovascular, comienza a mencionar pasiones comunes: también cuida sus propios olivos, durante años navegó en un barco de eslora parecida… al llegar a destino se ofrece a volvernos a bajar en coche en un par de horas.

– “No, de verdad, gracias, es usted muy amable”.

– “Tengo tiempo”, responde.

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Mario no tiene teléfono. No nos avisaremos, ni cambiaremos de ruta en el último momento, simplemente nos damos la palabra. Su ofrecimiento tiñe Maratea de amabilidad. La iluminación de sus callejones estrechos y empinados contribuye a que el lugar desprenda cierto aire de ensueño. No, no me traga el mar, simplemente nado después del naufragio. Quizás me impactó más de lo que imaginaba haber amarrado en Giglio, donde se hundió el Costa Concordia. O fueron quizás las lecturas posteriores, queriendo saber por qué el capitán de fragata Gregorio De Falco fue degradado de su cargo después de ordenar al comandante Francesco Schettino que volviera a su puesto y en cambio aquel que hundió el barco y salió huyendo pasea libremente por Italia sin cargo alguno. De vez en cuando mi inconsciente se prepara para una operación de rescate. Nunca me había pasado nada parecido. Lo curioso es que no temo, simplemente nado.

Cumplido el plazo en el que alcanzamos a cenar, Mario aparece en el lugar de la cita con una puntualidad marcada por el reloj de la iglesia. En el GoOn le espera una botellita con el aceite del Barranc de Biniaraix, nuestro particular tesoro, y un par de tragos de Oporto. En una de las curvas que llevaban al puerto, ceñidas y oscuras, Mario pasa a relatar esas pequeñas historias de amor que pocas veces se reconocen en alto: los sueños que van cumpliendo sus hijas, los hijos de un pescador que murió de un paro cardiaco justo cuando decía que había empezado a amar… Hablan de la vida y de la muerte, del aceite y la pesca, del andar descalzo y vivir con los pulmones llenos de aire, de la fugacidad y el tempo, del papel de su padre durante la segunda guerra mundial, de la ligereza y el alivio… Escucho como si tomara apuntes. Me digo que se trata de no apartar la vista mientras se hace caso al corazón.

Me voy a la cama pensando en la desnudez a la que tienden algunas personas. Los ojos azules de Mario son oscuros como el océano unos metros antes de hacerse negro. No le volveremos a ver, no hace falta. Me apretó la mano con firmeza, como a mí me gusta; la guardé en el bolsillo, con la izquierda me acaricié la nuca.

Cuando Saverio arrancó  a cantar “tu vuo fa l`americano” Manu ya no estaba allí, ya habíamos llorado (no hay adiós sin lágrimas en el GoOn) y ya habíamos sorteado las corrientes del estrecho de Messina. Volvíamos a ser tres, pero esta vez el nuevo vértice era Jaume, nuestro querido Jaume.

No hay despedida en la que no se nos haga un nudo en la garganta. Que los nómadas trabajen el desapego no significa que no miren hacia atrás cuando toca decir adiós. En el GoOn lo hacemos con la proa llevando la contraria a la cabeza o haciendo sonar el cuerno como si fuera un aullido, es decir, sin disimulos ni pudor, sin escatimar besos; los lanzamos con las manos, con los brazos, con los gritos y los suspiramos hasta que la nueva bienvenida ocupa el hueco del ausente.

Por lo que respecta al estrecho, hace tres años pasamos por aquí en un velero de madera, el Brancaleón, germen de nuestra pasión por este en el que ahora navegamos. El abrazo del Tirreno y el Jónico es el mismo, los remolinos del agua permanecen, le feluche (las embarcaciones en cuyos palos se encaraman los oteadores para pescar peces espada) siguen trazando círculos en busca de su presa… sin embargo no logro conectar con la magia de entonces. Vuelvo a leer el cuaderno de bitácora de entonces: “Escila vivía en los acantilados y Caribdis tragaba enormes cantidades de agua tres veces al día y las devolvía otras tantas veces, adoptando así la forma de un remolino….”. Situaba ambos monstruos en cada orilla del canal logrando que la geografía de hoy encarnara uno de los mitos de nuestra cultura. Sí, es probable que por aquí pudiera haber pasado Ulises huyendo de las sirenas, pero hoy no es la Grecia clásica la que me atrapa sino la de Alexis Tsipras.

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Saverio nos lleva al garaje en el que esconde sus tesoros: neveras de segunda mano hasta arriba de quesos, armarios de donde cuelgan embutidos, latas de cervezas empaquetadas al por mayor, vino casero, dos coches de los años cincuenta, una radio de los años sesenta (“todo lo que está aquí funciona”), una mesa destartalada, varias sillas, cuatro palos sujetando una tela en la orilla de la playa, una pequeña barca de madera, el sol deshaciéndose en el azul y a ambos lados de la puerta, frondosas matas de albahaca, menta, romero y perejil. Descorcha una botella de vino blanco, llena los vasos hasta arriba y brinda: “Il mondo è paese”. Parece feliz por haberse topado con personas que quizás gocen con las mismas cosas por las que vibra con él. Su frescura, inversamente proporcional a sus años (77), es contagiosa.

Media hora antes de ese brindis Saverio nos había abordado en la gasolinera de Reggio Calabria ofreciendo sus servicios como taxista-facilitador. Mientras decidíamos si pernoctaríamos allí o no, aquel energético anciano nos regaló una de sus botellas de vino. Le dije a Jaume “¿Te has dado cuenta?, primero da y luego disfruta viendo qué sucede”. Y sucedió que nos quedamos y nos metimos en su coche y nos llevó a una tienda de verduras barata y nos acercó a un supermercado y a un rincón donde pudimos comprar huevos y sin avisar se detuvo en aquel  hangar de novela negra que resultó estar preñado de abundancia y compartimos mantel en un restaurante amigo en el que cocinaron  la gallineta que había pescado esa misma mañana y cantó y reímos y recordó anécdotas de su vida en barcos y brindamos de nuevo con su vino blanco y fue y volvió de la estación para recoger a Irene y al día siguiente, antes de partir, cuando apenas eran las siete de la mañana, nos dejó en proa una bolsa con cuatro cruasanes.

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Aquella mañana, a los pies del museo arqueológico de Lipari, me había entretenido situando a los pueblos del mar y sus agresivos mitos indoeuropeos, en la cronología de esta isla. Los restos de las vasijas encontrados hace 4000 años hacían evidente la existencia de una cultura refinada que de golpe se truncó para dar más importancia a la industria del metal. Me prometí rescatar una vieja lectura: “Diosas y dioses de la Vieja Europa” de Marija Gimbutas, combinarla con “La Diosa Blanca” de Robert Graves, relacionar sus propuestas con ese “Ausonio I” que había gobernado en Lípari hace 2000 años. Estaba feliz. El día había discurrido calmo y caluroso y no se nos ocurría mejor lugar para pasar la noche de San Juan que observar las erupciones de Stromboli de lejos. Antes de zarpar, cuando empezaba a caer la luz a orillas de Vulcano quisimos lanzarnos al agua sin urgencias. Buscando el mejor lugar dimos la vuelta a los islotes de las Formigas. Irene, Toni, Jaume hacían fotos. Yo iba del timón al cielo, del horizonte al el gps.

De repente el GoOn recibe un golpe por proa. Un silbido corta el aire. Hemos hecho una vía de agua. Acabamos de chocar contra un objeto que no figura en el mapa. Toni busca el lugar por el que está entrando el agua. Jaume cura la herida que Irene se ha hecho en el codo. Avanzo al máximo de velocidad hacia la costa más cercana. Mis sueños, la realidad, mi mano izquierda y mi mano derecha, las dos puestas sobre el timón. Casualmente en la bahía a la que llegamos se encuentra nuestro amigo Gerardo y el velero del que es skipper. Toni y él calibran los desperfectos. El barco es sólido y el agua ha entrado en el tanque de agua dulce. Hemos tenido suerte.

La vida y la muerte no tienen compartimentos estancos, ya me avisó Vincenzzo. Estoy doblemente viva como Saverio. He dejado a un lado los horizontes para mirar el mar  de frente sin abandonar el corazón, siguiendo los pasos de Mario. Ahora, cuando nado, sólo pienso en que en esa oscuridad en la que no quiere sumergirse la dibujante de peces se esconde el origen de la vida.

No he vuelto a soñar con naufragios.


P.D. Las ilustraciones de esta crónica son fruto, claro, de Manu, la dibujante de peces.

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