Crónicas desde el abismo

BY MARTHA ZEIN

Hace tres años que navegamos en el catamarán solar de WWF con la lentitud con la que se evapora la vida; conocemos, pues, los recorridos sutiles. Sin embargo esta vez el sol nos guardaba una sorpresa: nos llevaría allá donde comienzan las tinieblas.

Creía que tras dejar de soñar con naufragios había dado esquinazo a los abismos, al fin y al cabo el GoOn no se hundió frente a Vulcano, no fui tragada por el mar… No imaginaba que tendría que contemplar cómo se sumergían mis ojos, cómo mi corazón se fue detrás y cómo tras ellos se lanzaron al abismo todos mis verbos.

Así fue el viaje hacia el lugar en el que van a parar los ahogados

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1 de julio de 2015

Imagina que el mundo diera un vuelco
y todo lo que se levanta por encima de nuestras cabezas lo hiciera con la misma desmesura bajo nuestros pies,
que valles, ríos, coronas de montañas… y todos sus habitantes tuvieran una vida ajena a la nuestra, allá abajo, bien lejos de nuestros pasos.
Imagina que no ver fuera el estado natural de los seres vivos
o ver poco
o esforzarse en ver.
Imagina un lugar en el que caminar fuera una inútil anomalía
que tener la boca descomunal o los ojos saltones o la piel translúcida fueran valiosas cualidades,
que allí donde siempre se levantó el infierno vivieran en paz millones de seres aún por bautizar.

Llevo un par de días canturreando aquella canción que compuso John Lennon:
“… You may say I’m a dreamer 
But I’m not the only one…”

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Canturreo mientras me asomo al WWFsolar con los ojos zambullidos. A 200, 1000, 3000 metros bajo el nivel del mar, donde se levantan volcanes, fosas, fallas, donde la luz no llega y sin embargo la vida existe en su expresión más radical. Qué hermoso oximoron: la luz solar y las tinieblas marinas tocándose en este barco desde el que me asomo. mi trampolín (las aguas me esperan), mi lugar de residencia. Cómo no cantar “Imagine all the people /  Sharing all the world…” 

Lanzo la mirada al agua hasta ver el mundo del revés, hasta comprender que la superficie sobre la que navegamos es el cielo del planeta acuático, que de alguna manera somos aves para los seres que habitan el mar. Tal es la diversidad de la fauna en ese paisaje, tales los nutrientes y sus corrientes de energía, que aquí fuera, en esta superficie-cielo en la que navegamos a la altura del cabo de Palos, es fácil avistar cetáceos alimentándose o migrando. Pongo cuerpo a las cifras. Leo que los océanos, con una profundidad media de 3.900 metros, suponen el 99% de los espacios terrestres habitados, pero que sin embargo, sólo del 5% de los fondos se ha cartografiado con detalle y yo pienso en sus habitantes. Son seres extraños, ajenos a nuestra medida del mundo, a nuestras percepciones, transparentes. translúcidos, contrarios a las leyes de la armonía. Los humanos sabemos que 17.650 especies viven a más de 200 metros de profundidad y que otras 5.722 lo hacen a más de un kilómetro de profundidad… Les imagino, comienzo a trazar sus pequeñas biografías.

El primero en asomarse al catamarán solar es el Melanocetus Johnsonii, una especie que vive en profundidades normalmente de 3.000 – 4.000 metros. La particular antena que brota de su nariz está repleta de bacterias bioluminiscentes que se iluminan para atraer a los peces que creen que se trata de un gusano luminoso. Una vez que se acerca lo suficiente, el pez agarra a su presa con sus enormes dientes. Su boca, siempre abierta, puede tragar ejemplares de más del doble de su propia longitud, que no es mucha, pues alcanzan un tamaño máximo de 20 centímetros si son hembras mientras que los machos apenas llegan a alcanzar los 2,8 centímetros. Esta es una de las pocas filmaciones que han podido obtenerse del Melanocetus Johnsonii en su hábitat; fueron tomadas el 17 de noviembre de 2014 por el robot del Instituto de Investigación del Acuario de la Bahía de Monterey, MBARI (California, Estados Unidos). 

Imagino su particular forma de aparearse: el macho muerde el vientre de la hembra y, al cabo de un tiempo, se funde con ella para convertirse en un apéndice de su cuerpo. No son minutos ni horas, podría decirse que son días pero mentiría porque no hay sol ni luna que mida el tiempo. Lo único cierto es que durante ese infinito con el que sueñan los amantes, la hembra proporciona al macho riego sanguíneo y nutrientes mientras él no deja de donar esperma. Voy de Eros a Thanatos: imagino su violenta y dolorosa muerte con los oídos reventados por las sondas de las prospecciones, sus sistemas digestivos destrozados por microplásticos, restos de botellas, bolsas y tapones, sus cuerpos enredados en artes de pesca o aparejos abandonados, las heridas producidas por la pesca de arrastre (aunque en el Mediterráneo está prohibido pescar con artes de arrastre a más de 1.000 metros)…

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7 de julio de 2015

Llevo una semana con el corazón a 3.000 metros de profundidad. El resto del cuerpo no acompaña: ni los pulmones, ni la vista, ni los oídos pueden sostener las bajas temperaturas, la ausencia de luz y la escasez de alimentos de las zonas màs profundas de los fondos marinos. Frio, oscuridad y hambre… si mi corazón sigue latiendo es por contagio: allí, abajo, miles de criaturas son capaces de vivir y de iluminar las tinieblas. Mi corazón ha olvidado que, en nuestra condición de terrestres necesitados de aire y de sol, los seres humanos solemos tener miedo al abismo.

La humanidad se ha ido contando cosas terribles de ese lugar a lo largo de su historia. Los acadios le dieron el nombre de Tiamat, la madre abismo, quien parió serpientes “de diente agudo, de mandíbulas despiadadas. De veneno en vez de sangre, llenó sus cuerpos. Revistió de espanto dragones furiosos. Y cargándolos de resplandor sobrenatural, los volvió como dioses”. Los egipcios convirtieron a Tiamat en Nun, su reino fue bautizado por los griegos como Hades, en la biblia se vincula con la figura terrible de Leviatán y el cristianismo lo convertirá en morada del demonio para alcanzar el título de infierno a lo largo de la Edad Media. No extraña, pues, que haya personas que teman nadar allí donde no se alcanza a ver el fondo.

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Dragar nuestro miedo al abismo está siendo una tarea enriquecedora. Una de las primeras lecciones que he aprendido es que podemos iluminar la oscuridad con nuestra propia luz incluso cuando las tinieblas sean tan densas como una taza de chocolate. La frase “no importa, mañana volverá a salir el sol” siempre me pareció un consuelo blando de modo que ahora abrazo con alegría las soluciones de la bioquímica. Digo, “No, no hace falta esperar a que amanezca para vivir con todas las consecuencias” y a continuación “Si, claro, podemos apropiarnos de nuestros actos hasta hacerlos esclarecedores, fluorescentes”. Para alcanzar tales afirmaciones he tomado como maestros a bacterias, hongos, protistas unicelulares, celentéreos, gusanos, moluscos, cefalópodos, crustáceos, insectos, equinodermos y peces de los fondos abisales.

El 90% de los animales de las profundidades marinas es capaz de crear su propia luz. Existen miles de ejemplos fascinantes, como el “Teuthowenia pellucida”, un calamar de ojos saltones y lumínicos de unos veinte centímetros, o el gusano sofonóforo apodado “el seductor” porque expele chispas luminosas a modo de fuegos artificiales para atraer al sexo opuesto, o la medusa Atolla, que llega a dibujar un mandala de luz cuando la atacan (un vórtice transdimensional con una orquídea en el centro y un círculo de filamentos como tallos de hongos mágicos que parecen flotar en el espacio) o los globos azules de la Chondrocladia lampadiglobus conocida con el apodo “esponja ping-pong” (en la foto), cuya existencia se descubrió en 1995…

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A pesar de mi entusiasmo reconozco que mi corazón bucea mientras el resto de mis entrañas se hacen un nudo porque en los rostros de algunos de esos peces creo ver una expresión de horror. No he dejado de pensar en Hiroshima y Nagasaki, ese capítulo de la historia de la humanidad en la que un reducido número de personas (entre políticos, científicos, militares y pilotos) lanzaron al infierno a miles de personas, en el accidente nuclear de Chernóbil con sus miles de seres destrozados en vida… sus cuerpos mutantes, recién nacidos con malformaciones monstruosas, seres humanos condenados a despertar cada día en el abismo y habitarlo con todas las consecuencias, es decir, en el espanto y en la ternura. Después de que todo sucediera siguieron viviendo y además de sentir dolor amaron, jugaron, tuvieron amigos y sueños y proyectos y deseos… 

Me falta el aire. Mi corazón se quiebra. Me agarro a la estela de los diablos negros, el tiburón lagarto, las anguilas degolladas, el yelmo de nariz cuadrada, el pez fútbol, los dragones, los engullidores, los gusanos de penacho de los manantiales hidrotermales y las babosas de aletas afiladas, seres de apariencia monstruosa pero capaces de vivir hasta la muerte. Mi corazón vuelve a palpitar con fuerza. Su simple existencia, sus fascinantes y pequeñas soluciones, me recuerdan la belleza que los seres humanos podemos llegar a crear en medio de la tragedia. Sus destellos son capaces de convertir las tripas de mares y océanos en un firmamento líquido. 

No soy nada original, el premio Nobel de literatura, Kenzaburo Oé, se acercó en los años sesenta a Hiroshima en un momento difícil de su vida y allí encontró fortaleza, amor, inspiración y pasión por el ser humano. “Quedé impresionado por su coraje, su manera de vivir y de pensar (…) Me sentí impelido a examinar mi completa condición humana, reexaminé mis ideas y asumí un sentido moral de la existencia. Desde aquel día miro el mundo con los ojos de las gentes de Hiroshima”. Bizarros y hermosos seres cósmicos pobladores del espacio donde la luz no llega, capaces de demostrar que la vida es mucho más de lo que imaginamos.

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La bioluminiscencia se convierte a bordo del WWFSolar en una metáfora impactante. Más que leer bebo todo lo relacionado con ella. Se produce gracias a una reacción bioquímica en la que una sustancia llamada luciferina sufre una oxidación que es catalizada por el enzima luciferasa. Se trata de una conversión directa de la energía química en energía lumínica (del mismo modo que la energía solar se transforma en eléctrica) cuyo resultado es una «luz fría» usada para localizar a sus presas, confundir a sus depredadores, atraer a sus objetos de deseo…

El caracol Hinea brasiliana utiliza su concha como una lupa para hacer más llamativa la luz verde con la que atrae al depredador de su depredador mientras que el pulpo luminoso (en la foto) logra deslumbrar con las ventosas de sus tentáculos (extendidos puede llegar a medir 5 metros de diámetro) y atraer a sus presas y a sus parejas, a las primeras para engullorlas, a las,segundas para comerlas a besos.

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A medida que avanzo en la galería comienzo un particular juego: vincular especies con personas abisales, de esas que son capaces de llevar a cabo actos luminiscentes. La primera que enlazo es esa comadrona sin nombre a la que se refiere la poeta Kurihara Sadako en uno de sus versos; la hermano con la Mertensia Ovum, un ctenóforo con forma de medusa cuyo cuerpo gelatinoso y transparente puede medir unos 15 centímetros y que es capaz de generar unos colores muy parecidos a los del arcoíris cada vez que se pone en movimiento (en la foto).

La noche posterior al estallido de la bomba (el próximo 6 de agosto se cumplen 70’años de aquel drama*), Mertensia dejó a un lado sus dolores para ayudar a parir a una mujer. El poema de Kurihara Sadako, superviviente de Hiroshima que vivió aquella escena, termina de este modo:

“Y así una nueva vida nació en la oscuridad de ese pozo infernal.
Y de ese modo, la comadrona moría antes del amanecer, todavía bañada en sangre.
¡Seamos comadronas!
¡Traigamos nueva vida!”

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La explosión sobre Hiroshima destruyó completamente el 65% de los edificios de la ciudad y mató en el acto a unas setenta mil personas. En los cuatro meses siguientes, las heridas causadas por el estallido y la radiación elevaron la cifra de muertos a más de cien mil personas. La bomba era llamada Little Boy. Los infiernos reales nacen en la punta de nuestros propios dedos, no en medio de la oscuridad. 

Quienes se acostumbran a ver en la noche sin luna de los fondos marinos disfrutan de nuevas armonías. Hoy mismo, mientras escribía este post, los seres luminiscentes me contaron que existe una compañía de danza integrada llamada Associación Kiakahart, formada por ocho intérpretes, entre ellos un bailarín sin piernas, una bailarina con una pierna artificial y un bailarín invidente. Dicen que sus cuerpos toman una dimensión hermosa y expresiva en el escenario y yo saco a bailar al pez víbora porque de su boca siempre abierta pueden aparecer mil risas.

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13 julio 2015

Hablo sola por los aeropuertos.” … Cuando se mide la vida en ciclos no son posibles las despedidas pues el tiempo se hace inagotable gracias al eterno retorno. Con esa forma de medir el mundo hasta el espacio cambia, el humus, por ejemplo, se convierte en el lugar en el que se encuentran la vida y la muerte…”.

Mis verbos y sustantivos tienen cola de pez. “…Este planeta azul creó todas las grandes reglas que hoy nos gobiernan, desde la gravedad a los amaneceres: sólo por ser como es, existe la vida tal y como la conocemos y tal y como la necesitamos….”

Mis pensamientos flotan, de vez en cuando paro y les pesco: “Provenimos del planeta azul, es decir, de sus ciclos y sus evoluciones en el tiempo, por tanto en él sólo existe una despedida posible: cuando la vida, en su aspecto más microscópico y nimio, desaparezca definitivamente. Es esa dimensión de la existencia la que estamos poniendo en peligro los seres humanos. No valen los cálculos, esos que colocan el final de los días en una cifra llena de ceros que no llegaremos a alcanzar como individuos pero sí como especie, no valen porque no hay cantidades que sean capaces de representar la dimensión de nuestros actos cuando son crueles. Lo llamamos ‘nuestro entorno’ cuando se trata de nuestros orígenes, de nuestro cuerpo, que ni siquiera es nuestro ni es uno porque está constantemente relacionándose con lo que le rodea; con el oxígeno, por ejemplo”.

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(Torres de la Ciudad Perdida)

En los últimos días he caminado sumergida por el asfalto, me he subido a trenes, autobuses y coches, estoy aquí arriba, más cerca del sol, habitando en todo momento en el planeta agua. Ahora tecleo en los aviones, en mitad del cielo, entre nubes, en territorio solar, a cientos de kilómetros del catamarán (al que volveremos en septiembre)… sin dejar de bucear, soy testigo del diálogo del fuego, la tierra y el agua. Lejos de tratados, convenios, documentos y palabras, estas conversaciones elementales toman cuerpo en las fumarolas oceánicas. He leido bien los documentos que maneja WWF, sé cómo describir estas grietas submarinas en las que vive una de las mayores densidades de organismos del planeta: Agua muy caliente (>100ºC) y rica en minerales en la que bacterias y arqueas (tal vez las células vivas más primitivas que se conocen) se asocian y oxidan el sulfuro o el metano para producir materia orgánica…

Una vez digeridos los datos me lo cuento a mi modo: aquel lugar más parecido al infierno que al cielo es el “jardin prohibido” del que habla nuestra cultura. Me atrevo a permanecer en el lugar que me enseñaron a temer. Adán y Eva dejan de tener forma antropomórfica, color de piel, género; todas las leyendas se esfuman y con ellas los mitos, las culpas, nuestra forma de entender el poder… Me declaro habitante de la Ciudad Perdida, conjunto de chimeneas ubicado en las dorsales del Océano Atlántico Norte descubierto por la comunidad científica en el año 2000 por pura casualidad.

En ese rincón hirviente las particulas minerales tienen propiedades químicas similares a las de las enzimas, esas moléculas que gobiernan nuestras reacciones químicas. Es decir, en esas fumarolas hidrotermales alcalinas los minerales se comportan de forma muy parecida a como lo hacen las enzimas en los organismos vivos: rompen los enlaces entre los átomos de carbono y oxígeno, lo que los lleva a combinarse con el agua para producir ácido fórmico, ácido acético, metanol y ácido pirúvico. Una vez se forman sustancias orgánicas simples como estas, se abre la puerta a una química orgánica más compleja: cadenas de RNA, ADN y microbios, nuestra esencia quimica y biológica.

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(Retrato de una arquea, para incorporar a nuestro álbum de familia)

Todo ello no hace más que confirmar la llamada “teoría del mundo de agua”, hipótesis encabezada por el científico Michael Russell en los años ochenta que propone que la vida pudo haber comenzado en el interior de fondos marinos cálidos en un tiempo remoto, cuando los océanos se extendían por todo el planeta y en la tierra no eran posibles las fronteras.

No quiero abandonar el corazón del abismo. Allí la capacidad de los seres humanos para contarnos el mundo al revés se hace evidente. Si el lugar al que identificamos con el infierno resulta que es fuente de vida, entonces, ¿A qué llamamos cielo? ¿Levantamos paraísos en el reino de la muerte? No me extraña que lleguemos a falsas utopías. Creer que cuanto más sepamos sea el ser humano más respetuosos serán sus actos no es cierto, hace siglos que tenemos los datos suficientes y seguimos sin obrar en consecuencia. La ambición y la falta de respeto no se suavizan con cifras, datos, reflexiones ni leyes. Sin el amor por la vida no son posibles los cambios. Me refiero al amor expresado en términos químicos y físicos y biológicos y humanos y politicos y sublimes, porque no son más que capas de un mismo océano al que me gusta llamar Eros.

La teoría del mundo de agua asegura que existen dos tipos de “motores” minerales en las brechas de los océanos. Uno de ellos podría haber utilizado uno conocido como “óxido verde”, un mineral de hierro capaz de eliminar residuos radiactivos del medio ambiente. El otro podría haber dependido de un metal raro llamado molibdeno que usamos en la industria de isótopos nucleares, como catalizador en la industria petrolera, para construir edificios, fabricar piezas de aviones y automóviles, para pinturas, tintes, plásticos y compuestos de caucho…

boquete 2 barco total

Releo el diario a los pies del GoOn, mientras siguen las reparaciones, y no puedo evitar estremecerme ante la vista de nuestros paraísos: La búsqueda de nuevos medicamentos y nuevos materiales  al servicio de una ambición desalmada y desamorada. Frente a su desmesura he lanzado un maleficio, redactado en común singular y silbado con voz de ballena:

Tu eres castillo,
yo flor de asfalto.
No quiero tus tronos.
Si deseo que te derrumbes
es para encontrarnos durante un instante
alli donde juegan los guijarros
y que el abismo de mis ojos
añada oscuridad a tu brillante ceguera.

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