Coches sin matrícula, menús sin precios… tierra sin cifras.

BY MARTHA ZEIN

Aquella mañana el mar era casi una balsa, apenas unos golpes de viento hacían ondear las velas. Las olas salpicaban muy de vez en cuando en cubierta y yo andaba intentando distinguir los lados administrativos del Jónico. Según indicaba nuestro GPS, a 25 millas de Santa María de Leuca (Italia) en dirección a Corfú el agua dejaba de ser propiedad del estado italiano para pasar a manos del gobierno Griego. La línea del mapa estaba trazada de manera bien recta sobre el fondo azul pero bajo nuestra quilla no había más que agua en ondas.

¿A qué autoridad correspondían las gotas que saltaban por estribor? Aunque pequeñas y efímeras, cada una de ellas resume el Mediterráneo entero. !Qué digo, mucho más! En su composición molecular se condensa la historia del universo desde el Big Bang. Entiendo que entren ganas de poseer el Jónico con los millones de gotas de agua que contiene, lo que no entiendo es que quienes sueñan con ello no despierten de ese absurdo. Como seres vivos también encarnan el pasado, el presente y el porvenir. ¿Para qué quieren poseer algo que ya son?

Estamos yendo a Grecia, de modo que pongo rostros concretos a la pregunta: Merkel, Schäuble, Lagarde, Draghi… y, por supuesto, Tsipras. Ya sé que en noviembre nos toca elegir aquí, que el gobierno de España está de deudas hasta el corvejón, pero ahora pienso en Syriza y sus negociaciones con la Troika y lo hago mientras las gotas del Mediterráneo se funden con mi sudor y no encuentro esa maldita frontera en el mar.

¿Poseer? ¿Adquirir? ¿Negociar? ¿Cuál es el verdadero significado de sus palabras? Y, sobre todo: ¿Por qué se pronuncian en una sola dirección?

gallipoli

“Sólo cuando queremos poseer creamos escasez”, esa fue mi conclusión mientras alargaba la lectura de las memorias de Stefan Zweig (“El mundo de ayer”) por las costas de la Puglia italiana. 32 páginas antes del punto final nos asomábamos a Gallipoli, una pequeña isla convertida hace siglos en península gracias a un puente. Leía bajo el palio de fulares y gasas con el que nos protegemos del sol con el corazón contenido. En ese punto de su relato Zweig recordaba que “Antes de 1914 la Tierra era de todos. Todo el mundo iba adonde quería y permanecía allí el tiempo que quería. No existían permisos ni autorizaciones; me divierte la sorpresa de los jóvenes cada vez que les cuento que antes de 1914 viajé a la India y América sin pasaporte y que en realidad jamás en mi vida había visto uno. La gente subía y bajaba de los trenes y de los barcos sin preguntar ni ser preguntada, no tenían que rellenar ni uno del centenar de papeles que se exigen hoy en día…”.

A la altura de aquellos puntos suspensivos iniciamos las operaciones de amarre, de modo que fui atando defensas, lanzando cabos, etc. mientras seguía dándole vueltas. No había reparado en ese efecto “colateral” de la guerra hasta ese momento. Aquel horror había logrado que los seres humanos empezaran a concebirse a sí mismos como una mercancía con el número de serie correspondiente, los pasaportes, los registros en las fronteras, los controles en los aeropuertos… Uhm. En alguna de las letras pequeñas de los pactos y armisticios de aquellas dos guerras los vencedores abrieron una fisura por la que entraron vendavales, por eso hoy podemos entender sin necesidad de explicaciones que se pueda expulsar de una frontera no a miles de emigrantes “sin papeles” sino a un país entero, con todos sus habitantes dentro. Nos colonizaron el imaginario.

santa cristina

Paseé el pensamiento por las calles de Gallipoli. Nada más poner el pie en la ciudad volvimos a encontrarnos con una procesión. Las autoridades desfilaban por las calles de la localidad enfundadas en sus uniformes, perfectamente ordenadas, al compás de la banda municipal. Delante de la comitiva la figura de una mujer ensaetada era paseada a hombros por el centro histórico. Seguimos el paso durante un rato, observando a las ancianas asomadas a las ventanas, las velas en el suelo, los rostros de los altos cargos… y la figura a la que idolatraban: Santa Cristina, patrona de la ciudad y de la gente de mar. Aquella figura llevaba el rostro transido por el éxtasis del martirio.

Santa Cristina es una figura venerada por la iglesia católica, la anglicana y la ortodoxa, algo relevante si se tiene en cuenta que la huella griega en Gallipoli fue durante siglos una seña de identidad. Para empezar, el nombre de la ciudad remite a “ciudad bella” en griego (Kale Polis) y aún más: hasta el siglo XVI sus habitantes utilizaron el idioma griego sin dejarse doblegar ante las invasiones de normandos, benedictinos, bizantinos… Los iconos representan los valores de referencia de una comunidad, los pilares sobre los que se construye la identidad colectiva, por eso presté atención. Así que me entero que esta santa nació en el siglo III y desde entonces su historia se ha ido re-escribiendo hasta convertirse en una heroína popular: hija de un rico magistrado, se dedicó a regalar los ídolos y bienes de su padre a los pobres, lo que llevó a su progenitor a torturarla clavándola ganchos de hierro, metiéndola en un horno, en un pozo de serpientes, lanzándola a un río atada a una roca… pero ella resistió hasta la octava tortura. Muerto su padre, su sucesor la mató con lanzas. ¿Qué valores pone en juego este icono popular?. No doblegarse ante el tirano, antes perder la vida que aceptar la humillación. ¿Algo más?

boda

Poco a poco el ruido de la ciudad fue ganando a mis monólogos. Aquella noche no leí bajo las estrellas. Quería retrasar el final del libro. Sé que Zweig se suicidaría con su mujer, Lotte, un año después de la escritura de aquellas memorias. A lo largo del relato el autor argumentaba esa dramática decisión sin que él mismo supiera que fuera a acabar con su vida. Leía entre líneas el nacimiento de su desesperación. Prefería terminar su historia a plena luz del día, sin ensueños.

Al despertar, un hombre enjuto cosía redes a pocos metros de nuestro barco. Parecía absorto y feliz. No puedo explicar por qué pero llevaba enredada una frase que pertenecía al sueño: “No se puede separar la danza del danzante. Presta atención a la melodía”. Abracé a mi inconsciente y comencé la jornada.

Cuando el calor aprieta, las iglesias y los cines son una magnífica solución para quienes no tienen techo propio. A falta de sesiones matinales, optamos por los templos con relativa suerte pues no todas las puertas estaban abiertas. En aquel callejeo abrumador nos volvimos a encontrar con la imagen de una mujer martirizada, Santa Ágata, también venerada en la localidad. Cuentan que osó rechazar a un senador romano como marido. Vengativo, su pretendiente la envió a un lupanar regentado por una mujer llamada Afrodisia… y allí empezó Ágata su recta milagrosa porque salió de allí con su virginidad intacta. Con el tiempo la particularidad de su martirologio consistió en que después de que el tirano ordenara que le cortaran los pechos sus heridas cicatrizaron milagrosamente.

palo

En nuestra acalorada ruta topamos con los jóvenes intentando trepar por un resbaladizo tronco untado de jabón en medio de una algarabía. El objeto de deseo era alcanzar el estandarte con la imagen de la patrona mártir. En medio del imaginario puesto en escena apareció la figura de otro  martirizado, San Sebastián. ¿Por qué elegían una y otra vez este tipo de figuras dentro del santoral? No rinden culto a madres amamantadoras, vírgenes milagrosas o misericordiosas, son la tortura y la resistencia los valores que veneran y siguen paseando por sus calles. Observo el tipo de heroicidad: sus mitos no se doblegan pero tampoco consiguen el trono del tirano. Son libres, autónomas, dignas y muertas. ¿Qué tipo de poder palpita en este tipo de héroes y heroínas populares?.

Voy a  Grecia. Conozco el impacto de las tragedias clásicas en los relatos cinematográficos actuales. Ulises sigue siendo un héroe válido y a imitar. Nos hemos acostumbrado a suponer que nuestros héroes sobreviven, que antes de que acabe la película vencen al enemigo. Su aventura se basa en su propia supervivencia. Piede parecer una salida opuesta a la de l@s mmártires, sin embargo ambos mitos representan diferentes heroicidades dentro de un mismo imaginario: el violento.

Regresó como una ráfaga de aire fresco el pensamiento con el que amanecí: “No se puede separar la danza del danzante”. Añadí: “ni a las víctimas de los verdugos, ni los explotadores pueden separar sus actos de los de los explotados, sus destinos van unidos”. El sistema opresivo sólo puede funcionar con la colaboración de l@s oprimid@s. ¿A dónde lleva la resistencia? ¿Por qué transformar la realidad desde ese lugar? De repente la seductora palabra “resiliencia” adquiría matices que me inquietaban.

castillo gallipoli

Podría alimentarme de granizados, de limón concretamente, son mi salvoconducto, mi salvavidas, mi principal sustento en estos días. En el café que abre sus puertas ante el castillo de la ciudad, mientras me tomo el enésimo del día, hojeo las noticias. Varoufakis anda explicando las decisiones de Tsipras: si la Troika exige la muerte del pueblo griego prefieren ser ellos, el gabinete de gobierno de Syriza, quienes ejecuten el asesinato antes que dejar la daga en manos de otros partidos que pudieran ensañarse más. Intento localizar el modelo de heroicidad en el que se sustenta este relato. ¿Resistencia? En el referéndum el 61% de la población griega parecía dispuesta al martirio. Sin embargo ahora Tsipras y Varoufakis parecen haber tomado el papel de protagonistas, ellos son Ulises y los más humildes del pueblo griego la ofrenda ante los dioses para salvar a… ¿A?

¿Se puede negociar con quien ha dictado las reglas del juego?

Por los grandes ventanales de la cafetería podía observar el GoOn rodeado de montañas de redes. El remendón ahora dormitaba bajo la sombrilla.

remendón

Recordé un relato hindú, en él un comerciante se acerca a un humilde pescador que dormita en su pequeña barca e inicia este diálogo:

– ¿Cómo es que hoy no trabajas?

– Ya he concluido. Esta mañana salí a pescar, apresé algunas piezas, vendí una parte, cociné la otra, me los comí y ahora descanso

– Pero podrías pescar aún más

– ¿Por qué?

– Así ganarías más dinero y podrías comprar un barco con un motor más potente, redes más grandes y capturar más peces

– ¿Para qué?

– Serías un hombre de éxito, tendrías más dinero, una vida más holgada y cómoda y cuando tu negocio floreciera podrías venderla…

– ¿Y entonces qué?

– Entonces podrías jubilarte y vivir sin trabajar, libre de preocupaciones

– !Pero si es precisamente eso lo que estoy haciendo ahora…!

Aquel remendón apostado junto a nuestro velero no parecía temer la escasez. Podría interpretar el papel del pescador del cuento… O no, no sé si tenía acceso al alimento, al techo, a una lumbre en tiempos de frío…

¿Cuándo se alcanza lo suficiente?

No sólo se trata de cambiar la melodía sino también el lenguaje.

Compartir.

Lo suficiente.

Añoro estos conceptos.

gallipoline

Llegó la hora de visitar el castillo, un bien cultural que desde hace apenas un año está gestionado por una entidad privada. Los gruesos muros hacían delicioso el recorrido. En una de sus galerías encontramos la reproducción de un cuadro de G.L. Gatteri  en el que muestra a las mujeres de Gallipoli siendo liberadas por quien las invadió. Me olvidé de los paraísos para plantearme qué hicieron aquellas mujeres para provocar tal redención.

El 16 de mayo de 1484, en plena contienda del reinado de Nápoles frente al de Venecia, los ciudadanos de Gallipoli escucharon el sonido de una corneta procedente del otro lado de sus murallas. Allí fuera encontraron 60 naves con 7.000 hombres pertenecientes al cuerpo de infantería, 200 al de caballería y 300 caballos. El mensaje de aquel músico era claro: si se rendían y obedecían a los señores venecianos serían tratados con benevolencia, hasta el punto de poder ser enviados a otras ciudades si no querían servir al nuevo rey. De lo contrario darían comienzo a una guerra cruel.

La respuesta de los habitantes de Gallipoli fue un no rotundo, no reconocerían a otro rey que no fuera Ferrante. La batalla duró tres días. El cruel asedio fue contemplado por el resto de las baronías de la zona, sin que ninguna de ellas enviara refuerzos. Durante las primeras 48 horas, el ejército veneciano iba perdiendo ante un puñado de habitantes mal armados hasta el punto de plantearse la retirada. Tenían menos armas pero les duplicaban en estrategia y coraje. En medio de esa resistencia las mujeres tuvieron, por lo visto un papel importante, mataban con sus propias manos, lanzando piedras contra el enemigo. Entre las las más de 50 que murieron en combate se recuerda el nombre de Latonia Barella, Angela Guglielmo y María Grassi. Al tercer día los soldados venecianos lograron imponerse, quien les comandaba les ordenó que asolaran la ciudad pero trataran a sus habitantes con respeto y, concretamente, que no violaran a las mujeres. En seis meses Venecia y Nápoles llegarían a nuevos acuerdos y Gallipoli fue privilegiada por la lealtad a sus principios.

¿Se trata de esto? ¿De vencer o morir? ¿A qué heroicidad pueden aspirar los personajes de un relato bélico? ¿Qué tipo de poder pueden ejercer?

boda cerca

De regreso al barco unos recién casados se dejaban retratar en el puerto. “No se puede separar la danza de los danzantes”. Un relato violento no puede desembocar en paz porque la paz es otro relato en sí mismo, con sus propios héroes, sus valores, sus propias tramas, etc. “Paz” no es el fin de la guerra sino vivir de forma no violenta. Las exigencias de la Troika son violentas, la heroicidad de Tsipras es violenta, el crecimiento económico es violento porque es insostenible… Puedo escribir un relato heroico en el que el poder no se vincule con el miedo, la posesión, la imposición, sino con el compartir, el sentido de comunidad, el derecho intrínseco a la vida de todos los seres vivos de este planeta…

Antes de que declinara la luz volví a mi lenta lectura de Zweig. Durante los años previos a la Segunda Guerra Mundial “el impúdico placer de la tortura en público, el tormento psíquico, la humillación refinada, eran algo nuevo”. Para el autor este comportamiento abría las mentes de la humanidad a lo que hasta entonces se consideraba inconcebible; un proceso abierto con un único fin: que el absurdo pudiera ser asimilado. Antes de las grandes guerras, “el asesinato de una sola persona sin sentencia judicial ni causa notoria estremecía aún al mundo, la tortura era inconcebible y se llamaba a las expropiaciones lisa y llanamente rapiña y robo”. Las bombas nucleares y demás armas de destrucción masiva enseñaron que ya nunca más habría lugar seguro, que la huída no era posible, que no había sitio en este planeta para quien no esté dispuesto a entrar en las reglas de juego de esa élite adicta y temerosa, dueña o colaboradora de las industrias que sostienen los conflictos bélicos.

¿Se puede negociar con quien dicta las reglas del juego? ¿Si firmo con mi prestamista que mi alma será suya, de verdad cree que estamos cerrando un negocio? ¿Cómo puede ser tan grande su miedo a la escasez? ¿Cómo puede creer que posee el sol quien lo único que puede hacer es impedir mi acceso a él? Mi inanición le hace sentirse dueñ@ de lo que nunca podrá poseer. Y, sobre todo, lo que no entiendo es por qué quiere seguir alimentando esa farsa.

pescador lanzando redes

Tras cinco horas de navegación llegamos a Santa María de Leuca, en el otro extremo del golfo de Tarento, ya cerca de Otranto. Caía el sol cuando aún preparábamos el desembarco y pusimos el pie en tierra justo a tiempo para apuntarnos a una ruta nocturna por las que fueron lujosas villas de finales del siglo XIX. Yo había terminado, al fin, las memorias de aquel hombre de alma noble que nunca se preguntó por el impacto de sus actos o por la miseria ajena, pero capaz de percibir los balbuceos del espanto cuando Europa aún era una fiesta. En ese recorrido vi reflejado el espíritu su relato: la inocencia perdida.

Después de aquella frontera en su historia, el lenguaje de los diplomáticos y las grandes frases de los tratados contaminó las conversaciones cotidianas y los habitantes de Europa empezamos a creer que las instituciones iban a erradicar la pobreza tal y como aseguraban, porque, al fin y al cabo, parecía que la escasez siempre caía en el otro lado de nuestros límites y fronteras.

¿Cuándo preferimos aceptar este discurso y renunciamos a eliminar la excesiva riqueza? ¿Es que alguna vez hemos dejado de soñar con ella? ¿No seguimos alabando el mármol de los edificios, los frescos en sus muros, los mosaicos…? ¿Es sólo por la belleza?

No se trata de conceder más préstamos a los pobres sino en quitarles menos, cambiar de cuento, de música. Se trata de que los ricos aprendan a compartir. Compartir. ¿Qué he compartido hoy? ¿Con quién? ¿Mi tiempo? ¿Mi plato?

Nisos Othonoi

La primera costa griega a la que llegamos fue la pequeña Othonoi. Apenas habíamos recorrido cien metros cuando reconocimos algo que habíamos olvidado: un coche sin matrícula. En las islas pequeñas los vehículos gozan de una vida más larga a base de perder documentación, no pasar por la ITV… y terminar por deshacerse de la matrícula. Sin ella no hay vehículo de cara a la Administración. Paramos en la terraza del restaurante New York, fundado en 1906. De las siete mesas ocupadas, en cinco hablaban en alemán, en una el italiano, en la nuestra éramos todo ojos. Nueva York. 1906, alemán… en una de las seis mil islas de Grecia. Geografía e Historia hacen guiños.

Antes de abandonar la isla preguntamos si había algún lugar donde pudiéramos alquilar una moto durante unas horas. En la tienda de comestibles nos pusieron en contacto con una jovial mujer que nos proporcionó una. Dedujimos que es la suya. Preguntamos por los cascos. “Oh, no hace falta … la policía no pondrá problemas … simplemente hay que tener cuidado…” Me di cuenta que mi reacción inmediata fue pensar en el riesgo que corríamos si teníamos un accidente. ¿Has visto, Martha, el miedo, el miedo…

No encontré granizados en Ohtonoi, tampoco en Erikoussa, nuestro siguiente destino, pero sí espléndidas rodajas de sandía y algo más: menús sin precio. Las cifras también han desaparecido de las cartas. Queremos saber cuánto cuesta cada consumición antes de tomar decisiones pero el camarero se resiste. Le intentamos explicar que si no sabemos el precio tampoco sabemos si podremos pagarle, como no manejamos el griego lo hacemos en inglés. Nos responde “¿Españoles?, mi esposa es de Ecuador” y se anima a darnos un par de precios un poco desconcertado. A la hora de pagar vemos que el impuesto en hostelería asciende al 23%. Insostenible. Creo que comienzo a entenderlo: no hay opción, se trata de ir más allá de la economía de subsistencia. Como dice Toni, se trata de crear pequeñas fisuras de “improductividad” que no puedan ser vampirizadas por la Troika.

sin matrícula

En Mathraki di un paso más. Los detalles de estas pequeñas islas Griegas estaban llenas de respuestas. En el primer restaurante que paramos a comprar agua para el camino nos topamos con un grupo de turistas. Parecían amables. Hablaban en alemán. Una vieja furgoneta les paseaba por la isla. Pagaron y se fueron. los detalles hablan. Los griegos ponían la silla. la mesa, el alimento, el suelo, el techo. Los alemanes el dinero. Recordé de golpe algo que había olvidado. En una carta dirigida a su amigo Franz Overbeck, el 14 de septiembre de 1884, Friedrich Nietzsche decía que el “mediocre espíritu burgués alemán” guardaba prejuicios sobre los países del sur de Europa: “Frente a todo lo que viene de los países meridionales asume una actitud entre la sospecha y la irritación, y sólo ve frivolidad… Es la misma resistencia que experimenta en relación a mi filosofía… Lo que detesta en mí es el cielo claro”. Y concluía: “Un italiano me dijo hace poco: ‘En comparación con lo que nosotros llamamos cielo, el cielo alemán es una caricatura”.

Y entonces comprendí las intenciones de Merkel: lo que quiere es convertir a los alemanes en la única burguesía de Europa.

Los relatos generan realidades, los viejos argumentos vuelven con la fuerza de las espirales porque no se ponen en juego otros verbos, otros relatos, otros mitos.

Por el momento en estas tres pequeñas islas las cifras están desapareciendo.

Anuncios

2 comentarios en “Coches sin matrícula, menús sin precios… tierra sin cifras.

  1. intentando dar un me Gusta me abrió página y cuando me exigió una odiosa contraseña salté abrumada hacia atrás , tambien quise decir una palabra para descrivir lo cautivador y educativo de el relato El vent i les papallonesEl Mediterráneo a bordo del GoOn pero lo más probable es que acá me exiga algo más que una contaraseña

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s