Itaca no está donde nos contaron

BY MARTHA ZEIN

(A Darío, que cumplió 4 meses; a quienes están de camino)

– “A que no te gustan las guerras”

– “No, ¿cómo lo sabes?”

– “Porque tienes cara de corazón”

Estamos en Fiskardho (Cefalonia), lo más parecido a Fritzcarraldo que se puede encontrar en el mapa del Jónico griego. Llevamos un par de días recorriendo el estrecho que une esta isla con Itaca, retrasando el encuentro con ella, posándonos brevemente en su costa como los mosquitos en una piel. Quien me interpela es Biel, que cumplió seis años a bordo. Es él quien termina la corta conversación:

– “¿Quieres un beso de melocotón?” (acaba de tomar un jugo de melocotón)

Por supuesto, acepto.

Itaca no está donde nos contaron.

biel y yo

El GoOn es un pequeño planeta flotante, cada persona que entra en él es un abierto y concreto resumen de todo aquello que no soy “yo”: el visitante, el extranjero, mi maestro, mi fuente de información, mi contacto con la vida, el puente con el mundo al que pertenezco… “el otro”; por eso recibo a cada nuevo tripulante con todos los sentidos abiertos y los músculos en acción, desde las decenas que mueven una sonrisa a aquel que mantiene en pie mi cuerpo, el corazón. Lo mismo sucedió con este niño, nacido en la península de Kamchatka (el extremo más oriental de la antigua URSS) que nada más verme me cuenta su último sueño.

He hecho el recorrido que lleva de Corfú a Itaca en su compañía. Tardé un par de días en tomar conciencia que a su lado Itaca, aquel destino que desde hace más de dos mil años simboliza el eterno retorno al origen, adquiriría matices insospechados. Itaca simboliza la vuelta al lugar del que partimos cuando iniciamos la vida, ignorantes de nuestras propias capacidades y de nuestro destino. Biel y yo hemos ido a Itaca juntos, a su lado he confirmado una sospecha: Llevamos el conocimiento prendido en el fondo de nuestros ojos desde que nacemos, la sabiduría no se alcanza, se reconoce.

Itaca no está donde nos contaron.

Nos enseñaron que los humanos aprenden perdiéndose en batallas y sacrificios, esfuerzos, logros y victorias, que regresan con sus tesoros al hogar del que partieron con el cuerpo herido y la frente alta. No hace falta más que despertar varias veces en medio de tu propia infancia para saber que ese es un cuento que no nos corresponde. Fui de esas niñas que aprendieron a contarse cuentos intuyendo que abrazamos esos relatos épicos para entretener el miedo. Biel hace lo mismo: inventa historias tremendas para estarse quieto, para convocar algún disgusto mal digerido. Ahora que sé juntar palabras puedo decir lo que ya sabía, que el miedo multiplica el valor de lo que se teme perder: la vida.

Gracias al miedo, este verbo corto e intenso que es “vivir” se convierte en un tesoro que ampliar o sustraer, arrebatar o ganar. Llevo una vida diciéndolo en alto y olvidándolo, recuperando la memoria, afirmándolo y volviéndolo a olvidar… He marcado con una x el mismo puerto, una y otra vez, en los ojos de mis amores, casi siempre sin éxito, tan convencidos estaban ellos de su aventura heroica. Sucede, ha sucedido… hasta que llega un niño, una niña, un ser humano que aún no conoce Itaca, llega y me desnuda con la mirada. De golpe ese lugar que es destino se llena de vida. Puedo dibujar en él una bahía, con pinos, cipreses, cuevas excavadas en las rocas, gaviotas, sombras, brisas, pescadores con barcas perentorias, brazos tirando de un cabo… Biel me interpela e Itaca se vuelve isla. Seguro que alguna vez has vivido ese momento.

barco con muelle

Nuestro idilio comenzó nada más llegar con su madre y su padre a Corfú. En nuestra primera noche a bordo, mecidos ante Petriti, empezamos a cantar la canción del pirata de la Isla del Tesoro. “Ron, ron, ron…” Sustituimos “la botella de ron” por “batido de fresa” y añadimos un santo y seña propio que consistía en escupirse en la palma de la mano y chocarla. Sellábamos así un pacto que nos convertiría en equipo para el resto del viaje. Al despertar, felices por el encuentro, dibujamos mapas bajo cuya cruz escondimos las joyas que encontrábamos en todas partes: desde las piedras blancas con forma de huevo de dinosaurio que encontramos en Paxos a pedazos de concha que podrían haber sido escupidas por ballenas inmensas.

“La vida pirata es la vida mejooooor”, exclamábamos juntos o por separado. Un día, cuando la voz ya no le daba de sí Biel quiso confirmar su certeza: que estábamos hechos el uno para el otro. “¿Te gusta el chocolate? !A mi también! ¿Te gustan las gaviotas? !A mí también! ¿Te gustan las cosquillas? !A mí también!” Cuando no sabía que más podría gustarme yo añadía alguna palabra como “galleta” o “gato” o “cantar” y entonces, fascinado por la coincidencia, Biel gritaba jubiloso “!A mí también!” y chocábamos la palma de nuestras manos. “!Somos un equipazo!”, reíamos y, alegres, volvíamos a cantar que nuestra vida era la mejor, con batido de fresa o botellas de ron, mientras perdíamos la mirada unas veces en el horizonte, otras en el cielo y otras en nuestros ojos, que es como decir lo mismo.

Mientras tanto, Corfú, Paxos, Antipaxos nos iban ofreciendo los rincones de sus costas. Cuando quedaba a solas, en mis monólogos, seguía esforzándome por encontrar en aquellas costas la Grecia aguerrida que esta primavera asaltó nuestros relatos, la Grecia épica cuyos habitantes heroicos se  levantan contra una tiranía legendaria. Por supuesto, no lograba mis objetivos. A pocos metros, del mismo modo que Biel encontraba tesoros en el fondo del mar, Toni atravesaba la adiposa huella del turismo con la mirada y rescataba detalles de la vida de carne y hueso. En Atherinos (un rincón de la isla de Meganisi) encontró al pequeño pescador capaz de improvisar un humilde muelle para acceder a tierra con una pequeña obra y restos de cajas de pesca; localizó en la isla de Kastos una barca roja cuyo capitán, dueño de vacas, cabras y burros, utiliza para transportar paja para sus animales…

A veces lograba ver sus tesoros en el preciso instante en el que él los descubría, en otras sabía de ellos por las conversaciones tranquilas que facilita una navegación, como cuando recordó la conversación con el mestre d’aixa que conoció en Gallipoli. ¿Cuándo sucedió? !Si no nos separamos! ¿Qué estaba yo mirando? ¿Dónde posé mis sentidos? !Yo también quiero encontrar tesoros escondidos!. Aquel anciano le recordó que a los ocho años empezó a observar cómo trabajaban los mayores, nadie le daba indicaciones ni órdenes ni le hacia preguntas, simplemente se dejaba mirar. Con el paso del tiempo, diez, doce, quince años, fue tomando pequeñas responsabilidades e iniciativas hasta hacer su propia barca y sólo así, tras aquel recorrido, los maestros artesanos terminaban reconociendo su capacidad para construir barcos para otras personas. La autoridad militar de marina formalizaba esa autorización como colofón del proceso, expidiendo el papel pertinente.

Itaca nunca podrá aparecer en los cuestionarios, difícilmente en las aulas de la academia que imparte mapas, porque el recorrido se sostiene a base de preguntas. Más allá de la fe en el ser humano o de la esperanza en un futuro mejor o de la ilusión por encontrar el lado bueno de la vida, el motor que lanza la pierna hacia delante es la curiosidad. No son las respuestas, son las preguntas las que vuelven sabio al niño.

Itaca no está donde nos contaron.

barco con paja

La segunda noche Biel dio un paso más: “¿Puedo dormir contigo?” Ante la imposibilidad resolvió: “No importa, soñaré que dormimos juntos y tú también, ¿vale?”. Me abrazó con toda su fuerza y, mirándome a los ojos con mucho amor repitió tres veces un gesto que le había enseñado esa misma tarde: dos golpecitos en el pecho a la altura corazón con el puño y luego una uve hecha con el índice y el dedo corazón señalando al otro. Fue dándose esos golpes mientras le llevaban a su propio camarote, el último con un “!Ey!”.

Soñaré que estoy contigoCuando cierre los ojos mi último pensamiento consciente serás túLlevaré tu nombre a ese otro lado del mundo en el que el desorden manda y no hay tiempo, ni espacio ni límite material… ¿Cuántas veces habré dicho estas frases sin abrir la boca? ¿Dónde las aprendí? Utopías privadas, utopías íntimas. Ítaca estaba más cerca…

De golpe… !Claro! por supuesto que recuerdo el poema de Kavafis. Su viaje llegó a mí siendo muy joven, de la mano de un amor maduro, un poeta que me enseñó a soñar poemas. Entonces no entendía bien por qué él se estremecía cuando me recitaba: “Itaca te dio el bello viaje / Sin ella no habrías emprendido el camino / Pero no tiene más que darte”…  Yo, simplemente amaba. Vivía. Verbos cortos pero intensos. Ahora siento aquel estremecimiento que fue el suyo: Cuando Itaca aparece aquí y ahora, nos convertimos en islas, origen y destino.

Grecia tiene unas 6000 islas. Sólo una de ellas es Itaca y no existe. Este es el turno en el que pondremos pie en la isla que resuena por Homero y la Odisea, que inspiró a Kavafis, que luego cantó Lluis Llach… y que no existe, como los griegos no son los griegos ni los galos son los franceses. Nuestro camino es preciso. Itaca aparece en los mapas y hacia allá vamos: sorteamos una tormenta en Lefkada, bordeamos Skorpios (la que fue isla privada de Onassis, otra leyenda) bajo las nubes, fondeamos en Meganisi, Kalamos, Atokos… en cada una de estas islas encontré paisajes salpicados de seres alucinados, perdidos en sus propios monólogos, felices por por haber alcanzado tierra en sus veleros este verano; al llegar a Frikes (nuestro primer paso en Itaca) encontré narcisos alegres al saberse en el lugar en el que nació Ulises. Ni rastro de los aguerridos griegos plantando cara a los dioses de Bruselas o siendo humillados por ellos. Arranqué detalles a la nada: el cartel que nombraba las palabras del verano (“Grecia, Europa, Euro, Democracia. etc”), el saludo desde la cocina de un empleado que al escuchar que hablábamos castellano gritó “!Podemos!” y nosotros respondimos “Varoufakis” (hace un par de años hubiéramos intercambiado el nombre de dos futbolistas), o el rechazo a las tarjetas de crédito, cuanto más humilde sea el negocio, con más razón.

europa grecia

Tenemos tanta sed de relatos épicos que olvidamos que aquel referéndum celebrado el pasado 5 de julio nunca fue vinculante. Tanta necesidad tenemos de héroes que creímos ver un acto valiente en ese “No” avalado por el 61% de los griegos con derecho a voto que se asomaron a las urnas (no el 61% de los seres humanos que habitan en Grecia) y dimos por supuesto que en eso consistía la Odisea. ¿Es que nadie se despertó? ¿Desde cuándo la heroicidad se delega? ¿Quién dijo que votar es un acto heroico?

Seguimos sin apearnos del relato. En aquel momento, en vez de apropiarnos de nuestras palabras y llenarlas de actos, celebramos como un hallazgo poético que los narradores de las epopeyas actuales nombren la verdad con todas las letras (el semanario alemán Der Siegel calificó la lista de imposiciones de Bruselas al gobierno griego como “catálogo de los horrores”). Tenemos tan incorporado que el héroe actúa con sacrificio, esfuerzo y riesgo que olvidamos los valores que sostiene, por eso, en vez de tomar las riendas de nuestra indignación y dolor, contemplamos cómo Tsipras sigue firmando ante la presión del FMI, BCE, Comisión Europea y ahora el MEDE (Mecanismo de Estabilidad) sentencias de muerte, esperando un punto de giro en este circo romano.

Nuestros relatos se multiplican. Afortunadamente hay otras voces que se preguntan qué valores estamos defendiendo. En este mundo de revueltas relatadas antes de que sucedan, lleno de signos vacíos, lejos de preguntarnos cómo actúan los que no queremos delegar nuestra vida, cómo organizar una solidaridad transnacional, cómo hacer la desobediencia civil que llevamos en la punta de la lengua, la mayoría nos limitamos a corear los interrogantes que redactan en el Olimpo (¿Para qué sirve elegir una alternativa si no la hay?). Mientras lo hacemos aleccionamos a las generaciones futuras a no sacar los pies del tiesto neoliberal. Afortunadamente ya hay actos distintos, ejemplos de nuevos relatos que apuestan por soluciones distintas. Los miembros de la PAH lo hicieron, lo siguen haciendo: me pongo físicamente en el lugar del otro y defiendo con mi cuerpo lo que el suyo no puede, porque Itaca no está donde nos han contado.

Al mismo tiempo que me planteaba esas preguntas Biel hacía su vida en el barco, recordándome que en ese retorno al lugar del origen que es Itaca, en el viaje del conocimiento, se encuentran los caminos de ida y vuelta, por eso éramos capaces de reconocer el corazón del otro, con idéntica alegría. Soy la niña de cinco años que fui y la que durante los siguientes 45 años he seguido siendo, incluso cuando olvidé esta certeza. Navego hacia Itaca y lo hago en diálogo constante con un niño, es decir, lleno de actos la metáfora. Tomo conciencia de que es él quien se ha subido al GoOn y no otro tripulante, y como mi interlocutor en este trayecto es mi aula, mi maestro, ante él formulo mis preguntas y con él las comparto.

Le observo, Biel es viajero, también está en el GoOn, y si viaja es que partió y si partió es que Itaca, también en él, ya es destino y al mismo tiempo una constante. No seré yo quienle cuente que no ha de sacar los pies del tiesto.

Durante esta semana en compañía hemos sido un equipo, no sólo a la hora de cantar canciones piratas sino sujetando cabos o divisando delfines que nunca aparecieron. En uno de los recesos de nuestra común vida pirata me soltó: “Soy tu caballero andante”. Y me mató, se me estrujaron todas las vísceras. “¿Caballero andante?”, dije en alto, impactada. La madre me explicó que tenían el Quijote en casa y yo, sabiendo el tipo de héroe del que se burlaba Cervantes, intenté imaginarle dispuesto a luchar contra molinos de viento y lanzarse a la aventura movido por el amor a Dulcinea. Claro, a esas alturas ya es capaz de crear un relato épico en el que él es el protagonista, así de fuerte es el impacto de los cuentos, pero ¿cómo es ese héroe que él imagina? ¿Cómo soy yo, su Dulcinea?

Decidimos celebrar nuestra llegada a Frikes, nuestro primer puerto en Itaca, con algo fresco. Después de dos días nublados el calor había vuelto a abrasar todo cuanto teníamos a nuestro alcance, nuestra piel, nuestra ropa, el suelo que pisábamos… caía la tarde, al fin el sol se calmaba. Biel empezó a llenar su rincón del mantel con corazones junto a su nombre y el mío y después realizó un retrato en el que mi cuerpo era un corazón. Teníamos un sólo bolígrafo así que hacíamos turnos. Contraataqué con un corazón con su rostro, mientras él observaba la evolución de mis trazos. Él dibujó una flor hecha de corazones y yo a continuación un corazón-mariposa bajo el que escribí: “Biel y Martha, amigos para siempre”. Entonces, sin llegar a tomar su turno con el bolígrafo, levantó los ojos muy serio, y dijo: “Muchas gracias, Martha” y abrazándome se me declaró formalmente: “Eres mi amor”.

Inevitablemente Toni quiso inmortalizar ese momento. En el último momento del posado Biel me agarró del cuello y me dio un beso laaaaaaargo y apretado en los labios. Cuando me soltó dijo “¿Te ha gustado?” Le dije que si y añadió, feliz: “Con sabor a melocotón”, como si hubiera estado seguro de antemano.

Aquella noche paseamos del brazo por el puerto a requerimiento suyo, yo de cuclillas y él empinado, con la cabeza alta e hinchando el pecho. El idilio pareció llegar a un punto de inflexión cuando se me ocurrió besar a Toni, entonces, muy digno, dijo: “¿Cómo has podido hacerme esto?”. Le respondí, sorprendida: “Es que Toni estaba antes”. Y él, tras unos segundos de silencio, resolvió: “Somos piratas, somos un equipo, soy tu caballero andante y me casaré contigo a los 47” y acto seguido volvió a cogerme del brazo, aún más digno.

No sentí en él valentía, ni osadía, sino verdad poética. Biel expresaba la razón por la que navego: lo hago para alejarme de lo que veo, para dudar más libremente y marcar con una x el lugar en el que los sueños y la realidad coinciden. Mas que Dulcinea y caballero andante somos equipo, nuestro orden es el de los piratas insumisos, nos mueve el corazón y no la guerra… así me lo va contando él. Nuestro viaje a Itaca (el que él emprende y hacia el que yo voy concluyendo) advierte la existencia de ese otro mundo que suelen denominar poesía. A partir de ahí actuamos en consecuencia. Escupimos sobre nuestras manos y sellamos el pacto chocando las palmas porque nuestro método es el de la filosofía que se siente en el cuerpo y que, por ser método en sí mismo, amplia los rigores de la ciencia. Nuestros rituales nocturnos dejan abiertas las puertas no sólo de la imaginación, sino del corazón, la espiritualidad, la magia, el placer y cualquier otra que pueda agujerear la razón. Al mirarnos a los ojos reconocemos que el lugar  en el que aparecen las revelaciones, esas que hacen destino compartido.

amor martabiel

Mientras los fabricantes de relatos hacen de los griegos una cabeza de turco, los griegos improvisan caminos: placas solares por doquier, dinero en cash (es decir, prescindiendo de las entidades financieras), intercambio de bienes… ¿Cuándo la supervivencia (sobrevivir al terrorismo financiero) se convierte en camino? El próximo 20 de agosto, es decir, dentro de unos días, esa Grecia que no existe ha de devolver 3.500 millones de euros al Banco Central Europeo. En el centro de las grandes urbes del imperio continental, lejos de esta periferia envuelta en el sebo del turismo por la que navegamos, los extorsionadores siguen manejando cifras y calendarios que aquí se han vuelto invisibles. Hablan de dinero, hacen planes para quedarse con las empresas del estado (por ejemplo, la Autoridad Portuaria del Pireo), las infraestructuras públicas (puertos, aeropuertos, puertos deportivos), activos inmobiliarios como las propias islas e incluso los recursos naturales (explotaciones mineras e hidrocarburos)… Para ellos el bien común carece de sentido, ese 23% de IVA con el que ahora sostenemos nuestros bienes será en un futuro el beneficio de un puñado de personas.

¿A qué esperamos para abandonar nuestros relatos épicos? No se trata de heroicidad sino de dignidad y respeto, de amor por lo que se hace, de búsqueda del conocimiento, de ser un equipazo, de no delegar la vida…

Aquella noche en Frikes, cuando Biel dormía en brazos de sus padres, Toni y yo fuimos al encuentro con Joan Rigo. Este navegante mallorquín recorre Grecia desde hace 25 años, no sólo la conoce sino que le conocen, por fin logramos coincidir con él en el mar. Su tripulación es también amiga, son poetas, con una mirada lúcida sobre la existencia. Les pregunto por Itaca, les oigo y recuerdo el poema de Borges: “ Si (como dice el griego en el Cratilo)  / El nombre es arquetipo de la cosa,  / en las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo”. Están en cada una de las letras de Itaca, sin embargo, sin embargo… Veo por todas partes el estridente ripio, más difícil de sortear con los actos que con los versos; para mí Grecia no es la rosa, la isla no está fuera, el otro soy yo, Itaca no está donde nos contaron.

Biel se fue hace unas horas. Antes de partir le dije que recordaría el resto de mi vida esta semana a su lado. “Probablemente la olvides, vivirás muchas semanas en tu vida”. Respondió: “Si, me acordaré, se lo diré a mis amigos. ¿Se lo contarás a tus padres?”  Y, claro, contesté que sí, que compartiría nuestro encuentro, que le contaría a todo el mundo que somos amigos para siempre.

-“¿Lo compartirás?”

-“Sí”

-“¿Como anoche, cuando compartimos el pan con los gatos y las hormigas?”

– “Si”.

Escribo esta crónica a orillas de Fiskardho (Cefalonia), frente a Itaca, donde nos separamos. Marco con una cruz su lugar en el mapa.

Después de compartir este alimento contigo (tú, sí, que lees estas líneas) me quedo mirando el nombre de este rincón en el mapa hasta lograr que parezcan nuevas consonantes. Creo leer Fritzcarraldo, Herzog me susurra al oído “La Conquista de lo inútil”, los pájaros dejan de cantar para desgarrar su voz en esta jungla en la que los árboles, hasta ahora simples pinos, se enmarañan… y recuerdo algo que había olvidado: la primera vez que me contaron que un amante de la ópera quiso construir un teatro en la selva y para llevar los materiales decidió remontar ríos y montañas de la Amazonía con un pesado y viejo barco. No sabía cuánto de aquel relato era cierto y cuanto la embriaguez de un hombre enamorado.

De golpe lo recordé.  La vida a veces continúa hacia atrás.

Itaca siempre estuvo aquí.

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