Vivo aquí, donde ya no estás

BY MARTHA ZEIN

Arrancó Septiembre, en tierra todo es día. El sol y las siestas, el mar y las conversaciones a la luz de la luna se van esfumando de los ojos de la tripulación. La luna mancha de sangre este Mediterráneo que poco a poco deja de ser mirado por quienes hasta ayer anhelaban puertos. Las obligaciones, los honores, las deudas simbólicas y las promesas vuelven a tomar las riendas en Europa. Septiembre era el destino, con él llega la luz eterna; los taquígrafos ya dicen que el mar fue sueño de verano. No es noticia, sucede desde hace un puñado de siglos (quizás no más de tres centurias), sin embargo…

Soy la que permanece en esta nave que hoy también volverá a fundirse con un horizonte que para otros ya es souvenir, formo parte de ese instante congelado en el selfie ajeno que no tardará en cubrirse de polvo. Septiembre, navegar deja de ser objeto de un deseo posible para convertirse en acto obsceno. En tierra es día, sus habitantes, ayer aves del paraiso, hoy buscan su sitio en una nave industrial, haciendo que todo lo que sucede aquí se vuelva estrambótica noche. Junto a los recuerdos, también una parte de ellos mismos dormirá hasta el año que viene.

De alguna manera Montse y Sergi lo saben. Durante unas horas habitamos la orilla que une ambos mundos. Fluyen ríos de emoción por las venas haciendo brillar los ojos; entre los cuatro desbrozamos la dulce escisión. Es una más de las despedidas que suceden en el GoOn, pero esta vez coincide con un cambio de ciclo y en Europa todo lo que toca Septiembre es productivo o ha de serlo y el equipaje que preparan está hecho para ser guardado amablemente en el armario: el pantalón corto, los pareos, las gafas de sol volverán a su sitio, las chanclas quizás se pierdan por el camino… Cuando cierren la maleta todo lo sucedido quedará en los brindis.

Les observo. Yo también me deshago. Me deshacen. Soy yo la que me quedo, aquí y en la carpeta de las fotos del último verano, siempre desnuda, siempre con el pelo revuelto. No importa que el mar permanezca bajo mis pies, todo carne, voluptuoso como ayer, hace una semana, hace un mes, como mañana y en otoño, de alguna manera mi presente se va convirtiendo en tiempo huido. Quedo en sal aunque la vida sigue sucediendo y ante mí avance el atardecer. Llueve aquí donde la mayoría ve sólo noche.

Ayer soñé con que la función había terminado pero, fascinada por las candilejas, permanecí en la sala un poco más del tiempo necesario (Oh, sí, ha llegado septiembre y con él las agendas y los propósitos, la búsqueda de empleo, de destino, de pan, de calor, de dinero, queda inaugurada oficialmente la escasez y con ella llegan las necesidades y los logros). En el sueño unos volvían a casa, otros continuaban la fiesta en el siguiente local, y yo veía apagarse la luz sobre los sillones, encandilada por las motas de polvo hasta que apareció el vigilante del teatro. Dijo: “no es el tiempo de hablar con el agua”.

De nada vale insistir que hago hoy lo que hacíamos ayer, que en sus tripas como, respiro, amo, escribo. Es sencillo: permanezco en lo que no corresponde, estoy viendo caer el sol y pronto todo será de noche.

Aqui pasaron su primera noche de pasión Paris y Helena

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(Faro y luna llena compiten en Kranai)

Montse y Sergi.

Escribo sus nombres frente a esta pequeña isla, Kranai, unida a Gytion por un puente, en el que pudieron pasar su primera noche de pasión Paris y Helena. En el mar es imposible la línea recta que tanto abunda en tierra, aquí todo son remolinos, sobre el agua, en el aire, en los abismos en los que la noche es perpetua. Las espirales, círculos en movimiento, están presentes en las olas y en las corrientes, en lo visible y en lo invisible. Las hago girar, sabiendo que, cuando se hace tirabuzón, el tiempo olvida ciertos asuntos. Septiembre y las líneas rectas comienzan en este punto, círculo minúsculo, expresión estática de una espiral, en el que ahora escribo y juego con la memoria. “Rescata algo”, la ordeno, “tráeme los restos de algún naufragio”.

– “A Elena (de cuatro años) le encanta ir a la feria y por primera vez se montó en El Tren de la Bruja. – relataba Montse – Contándome su experiencia me dijo que tuvo miedo. Le contesté, para aliviarla: ‘Tranquila, que las brujas no son de vedad, sólo existen en el mundo de la fantasía’ Y ella respondió: ‘ Pero tieta, ¡Éste es el mundo de la fantasía!’”.

Elena fue el primer nombre propio que salió de sus bocas al llegar al GoOn. La niña nunca subió a bordo pero su frase acompañó pensamientos, reflexiones y sonrisas durante el viaje, recordándonos que la realidad y la verdad no son sinónimos.

Ante los ojos de una niña de cuatro años los adultos podemos parecer ciegos a la verdad. Ahora escribo lo que en estos días apenas pensé: fui niña, saber que tu mundo depende de seres que olvidaron el orden de la fantasía no tranquiliza. ¿Quién dice que la infancia es un paraíso? La feliz niñez es sospechosa, más bien es la elaboración nostálgica de una experiencia autobiográfica reorganizada, de ahí ese empeño melancólico de madres y padres por evitar lo inevitable. La feliz niñez, utopía del pasado en cuyo nombre levantamos tantas farsas. Pienso en ese niño sirio que da la vuelta al mundo ya cadáver, el único de los muertos en las guerras del presente que tiene nombre, ¿qué sublevación sostiene?

Este es el último texto que tienen en común Agosto y Septiembre. Estas líneas son el puente entre tu mundo y el mío, las comisuras de una boca común. Separémonos lentamente, quizás brote una sonrisa. Lo hago con Sergi y Montse. Tomo un extremo de nuestra boca con dos dedos temiendo afear la mueca y parece ante mí algo que ya conozco: el extrañamiento. La extranjería mana en mis manos como una fuente que durante el verano fuera agua subterránea. Ahora fluye como una herida abierta, sólo porque arrancó Septiembre. Me digo que llegará el momento en que yo también atraviese el calendario, pero no amaina mi exilio porque sé que me enterraré como el resto en ese dia eterno pero será a destiempo, al margen de esta coreografía. Esta mueca, la mueca… Tira tú de la ptra comisura mientras yo vuelvo a la niña Elena.

Durante semanas su afirmación nos apuntaló en Grecia, precisamente aquí donde Occidente trufa su ficción y su realidad, para recordarnos que los dos mundos son vasos comunicantes.

anochecer en el Peloponeso

Anochecer en el Peloponeso

Elena y las brujas: Elegirás lo inevitable.

Querida Elena. Hace años, lejos de esta bahía a la que se asoma Gytion y la pequeña Kranai, una niña ya olvidada llamada Paula dijo a su madre que quería ser bruja y no princesa porque las brujas reían a carcajadas y las hijas del rey y de la reina siempre sufrían algún mal. No sé si ahora, adulta, ella se parte de risa o se lamenta, sólo quiero contarte que la cultura que te acoge es tan perversa que también a tí te ofrecerá una falsa opción: te animará a reírte como lo hacen las princesas y no a sufrir el escarnio de las brujas. Y lo hará de forma tan convincente que más que olvidar no te harás caso y estarás tentada a obviar que ser princesa implica sacrificio y que los príncipes (si es que los eliges como pareja de baile) también habrán creído optar libremente y supondrán que quieren casarse con una princesa doliente mientras batallan cuerpo a cuerpo con perversas brujas seductoras porque sólo así serán príncipes como toca: castrados pero con trono.

Vivir en sociedad (lo que incluye aceptar los calendarios y asumir el orden diurno) implica entrar en un juego perverso en el que todos los participantes reciben la orden de abrazar libremente lo que ya les ha venido impuesto sin tener en cuenta su voluntad. La paradoja se titularía: elige lo inevitable. Decide en qué curso quieres matricularte, cuál será tu itinerario laboral, cuántos éxitos quieres cosechar… mientras que rechazas lo que te ofrecen como imposible: vencer al tirano.

Elena (“Tieta, este es el mundo de la fantasía) insiste: atraviesa ese juego. Atraviesa Septiembre, mientras te entretienes en vencer al enemigo interior (al que engorda, no maneja los idiomas pertinentes, no tiene el dinero necesario, no goza del orgasmo exigible….) y crees que así no eliges someter al diferente, al mísero, al peligroso, al contagioso, al perdedor que tanto temes, olvidas que todo este juwgo es una fantasía productiva y probablemente ajena a tu verdad.

El cielo, malva, es cada vez más denso. Pongo en cubierta del GoOn un referente histórico que últimamente parece haberse puesto de moda: Cuando la Revolución Francesa proclamó la universalidad de los derechos humanos había una intención de fondo, ocultar los privilegios de los propietarios blancos. Para ello se redactó un documento con tautologías como “todos los seres humanos tienen derecho en la medida en que sean verdaderamente racionales y libres”. Esta apostilla, subrayada por mí, excluye implícitamente a delincuentes, enfermos mentales, niños y niñas, mujeres… Aquella ley que hoy a tantos inspira se cimentaba en una fantasía no escrita: que en la granja hay unos animales más iguales que otros, que la ley miente.

Elena dijo “esta es la fantasía”,  !atravesémosla!.

mani faro

Faro del cabo Matapán (península de Mani)

¿Qué pasó con Paula? ¿Tuvo la posibilidad de llevar a cabo una verdadera elección? ¿Apostó por ser la hembra repugnante que ríe, la malvada de la que todos abjuran? ¿Probó la felicidad de las bestias emplumadas o la prisión edulcorada de las princesas inmóviles? Levanto la nariz del texto, el mar sigue ahí, el mundo no parece haberse quebrado. Estoy en Kranai, a pocos kilómetros de la renombrada Esparta, a un suspiro de las hermosas ruinas de Mytras, a tres horas de Atenas, a un trayecto en coche y un par de aviones de Palma, el lugar en el que hoy duermen todos mis libros. Estoy en Kranai, en medio del Peloponeso, esa parte del mundo en el que hace miles de años, 1.500 antes de nuestra era, un nutrido grupo de reinos participó en una guerra secularmente relatada: la de Troya.

Dice la fantasía oficial, los relatos míticos, que una mujer, Helena, fue la causa. En nombre de Elena y Paula desenfoco un milímetro mi mirada para preguntarme por el relato que sostiene la hija de Tíndaro (rey de Esparta) y de Leda; supuestamente hija de Zeus, y por tanto figura vinculado con las diosas primigenias, esas que ordenaban el mundo visible e invisible 2000, 5000, 8000 años a.C.: Helena de Esparta, Helena de Troya.

Algun@s historiador@s han planteado que en los relatos de la Grecia clásica los raptos representan la imposición de una cultura sobre otra, como la invasión de Creta por parte de los pueblos aqueos que destruyeron una civilización pacífica regida por diosas de la fertilidad y de la tierra. Pues bien, Helena fue víctima de dos raptos: el primero durante su infancia por Teseo (rey de Atenas) y liberada por sus hermanos, el mortal Cástor y el inmortal Pólux); años después, ya casada con el manso Melenao, de nuevo fue secuestrada, esta vez por Paris, rey de Troya. Miro en el mapa, salto en el tiempo. Pongo un dedo en la Esparta de hoy, otro en Atenas y el tercero en la boca del estrecho de Dardanelos, donde hoy se levanta una ciudad llamada Canakkais (Turquía) y en donde se encuentran las ruinas de las diferentes Troyas.

En unos años en los que el mar era la mejor vía para transportar mercancías, el comercio con Oriente pasaba por aquellos cuellos de agua en los que se controlaba el acceso al mar de Marmara y al mar Negro, nada nuevo bajo el sol. No extraña que la última Troya se levante sobre las ruinas de decenas de Troyas anteriores.

mapa-troya

Troya y su lugar en el mundo (de ayer)

¿En cuál de las Troyas quedó enterrada Helena? ¿Cuántas veces intentó sobrevivir? ¿De qué manera lo hizo? Helena, la perra, la zorra, la que el tiempo ha convertido en fantasma o puta, mujer ambiciosa o veleta irracional, siempre bella y tentadora, en cualquiera de sus facetas siempre ha sido la encarnación de las mujeres y sus deseos como causa de la guerra de los hombres.

Desbrozo, atravieso la fantasía, siguiendo la estela de la niña Elena. No todos los 40 pretendientes que fueron llamados a la batalla por Melenao querían ir a la guerra: Ulises se hizo el loco, Aquiles se disfrazó de mujer a instancias de la nereida Tetis, su madre, para salvarle de la guerra… pero habían firmado un pacto con el padre de Helena, Tíndaro: cualquiera que llegara a ser rey de Esparta contaría con la lealtad del resto, de modo que si alguien osaba atacar los intereses espartanos los demás acudirían en su defensa. 40 pueblos, decenas de naves, una verdadera guerra mundial en términos geográficos de aquel entonces.

Aquel lugar debió de ser fuente de litigios seculares antes de que la Ilíada y la Odisea se convirtieran en relatos fundacionales. Sé que en la fantasía, en el relato sobre la belleza de Helena y su goce como causa de guerra, se esconde una verdad más profunda. En nuestra forma de contarnos lo que hoy sucede, sobre las mujeres y la guerra (no he escrito “las mujeres y la ira”), las víctimas oficiales, los niños y las niñas como objetos bélicos, se levanta una perversión: el humanitarismo emocional que impide que nos preguntemos ppr la verdad. Ahora que en tierra la luz y los taquígrafos hablan de Siria (por ejemplo), es pertinente preguntarse por las excusas que sostiene el mito de Helena.

Después de una semana de transcurrir por la península de Mani, en cuyo extremo más al sur (el cabo de Matapan) la leyenda sitúa una de las puertas del Hades, después de contemplar durante días las pequeñas fortalezas, edificios amurallados en medio de laderas secas y escarpadas de una península donde la historia reseña el enconado enfrentamiento de familias, atravieso cuantas Helenas encuentro por el camino. Cuentan que los hombres maniotas se encastillaban en sus hogares/fortaleza durante años, armados hasta los dientes, disparando desde sus pequeños ventanucos, causando muertes en la familia vecina, mientras las mujeres salían del refugio a por agua, a lavar la ropa en la poza o incluso llegaban a intercambiar alimentos. La guerra siempre una “fantasía”, !atravesémosla!.

2400m del Taigeto, l'espinada de la peninsula de Mani.

Los 2400m del Taigeto, la espina dorsal de la peninsula de Mani.

Es casi burdo exclamar que los seres humanos no son las causas de las guerras sino las ambiciones de unos pocos, cuyos cuerpos no suelen formar parte de la batalla; a pesar de todo esta obviedad parece desaparecer desapercibida para la luz y los taquígrafos de Septiembre.

“¿Es el contagio, ¿recordáis? / Es esta arma la que haré servir”

Mi memoria, que no deja de obedecer a aquella primera orden (“tráeme restos de naufragios) ahora pone encima de la mesa la última estrofa de “Dolça Sodoma meva”, una obra de teatro en verso escrita por Laurent Gaudé y traducida al catalán por Joan Casas, que Sergi y Montse dirigen. La estrenarán el 14 y 15 de noviembre en el Teatre Principal de Maó, representada por La Trup. Me permitieron leer el impresionante texto. En él la última mujer de Sodoma despierta de la sal y dice:

“Jo sóc el món com podría haver estat si Sodoma y Gomorra haguessin aguantat

Sòc la cara que us han silenciat

Us ensenyaré allò que sé.

I sentireu ara esglai y ara voluptat.

El contagi, us recordeu?

És aquesta arma la que haré servir”

(Yo soy el mundo como podría haber existido si Sodoma y Gomorra hubieran aguantado / soy la cara que os han silenciado / Os enseñaré aquello que sé / Y sentiréis ahora estremecimiento y ahora voluptuosidad. / El contagio, ¿recordáis? / Ese será el arma que haré servir”.

Quiero el contagio.

El contagio.

¿Qué hago yo aquí? ¿Qué haces tu allí? la vida en el puerto ha cambiado, las terrazas tienen sillas solteras, mesas vacías, manteles vírgenes, vasos sin bocas que les apuren. Te esperan, te rebañan, te añoran. El mar por el que sigo mecida ha dejado de ser el abrazo de la muerte chiquita de la que siempre se vuelve; el éxtasis gime huérfano entre las olas. ¿Le oyes?

Formo parte de esta extemporánea pulsión náutica, es un bello exilio pero no quiero convertirne en la testigo de veranos comprensibles porque no estoy de acuerdo: no, la coreografía a la que nos lanzamos en tierra no es natural, ni es circadiena ni corresponde al otoño ni a los deseos, es tan artificial como las lámparas de los gallineros industriales.  Me niego a habitar una fantasía atractiva para quienes ya no mojan sus pies en el borde del mar sólo porque ha llegado Septiembre. No, no voy a ser la prisionera de una pulsión circular, no voy a repetir infinitamente el mismo gesto (poner el pie en tierra para zarpar de nuevo, una y otra vez) porque el mar no es la excepción terrestre ni la noche no es devoradora.

La muerte no habita en el corazón de los placeres.

No te zambulles en el mismo mar cada verano, no te esperan las mismas geografías… porque quienes habitamos el paraiso fuera del calendario modificamos los paisajes, los hoyamos, los cabalgamos y transformamos… A tus espaldas.

Aquí, ahora, por ejemplo, en este tiempo en el que permanezco junto al mar, enlazo el relato de Sodoma y Gomorra con Grecia, Troya, las diosas primordiales, en busca de otros argumentos. Revolver esos viejos relatos puede hacerte cambiar el pie y tu Septiembre.

No hace falta más que hundirse, bucear aen ese tiempo  en el que las diosas neolíticas (es decir, la representación de una forma de entender la vida) no estaban ligadas al cielo sino a la tierra y al mar. Antes de que llegaran los dioses de los carros y la espada indoeuropeos, los que separaron el bien del mal e hicieron de la vida una constante batalla heroica, hubo una diosa madre neolítica que en sus múltiples representaciones era señora de todo lo que sucedía, tanto en la faz del planeta (animales, ciudades, hogares, cosechas…) como en lo subterráneo; muerte, guerra, fertilidad y caza, destrucción y creación eran la expresión de la misma fuerza. De todas sus características lo que más me llama la atención es que era una hembra insensible a las emociones y de alegre voluptuosidad.

Es esto lo que rescato, aquí, junto al mar, a tus espaldas:

El amor tal y como ahora lo entendemos, el placer, la pasión, los deseos, el goce, las fantasías, las perversiones… eran inconcebibles en aquel momento. El éxtasis discurría por otros caminos, sin agujeros ni faltas ni disociaciones. No creo en la arcadia feliz, simplemente recuerdo que esto, tieta, lo que nos contamos sobre Eros y Thanatos es una fantasía y que, por tanto, podemos atravesarla.

pylos Nestor

En un rincón de Pylos (allá donde reinó Néstor)

En estos quince días nos hemos acercado poco a poco al lugar en el Jónico se besa con el Egeo. Durante el recorrido Sergi a veces recordaba detalles desconocidos de la historia clásica, preñados de secretos, otras leía el párrafo exacto del “Diccionari de la mitología clássica” de L’Enciclopedia catalana (autores: Michael Grant y John Hazel) en el que se desvelaba algún dato insospechado sobre aquello que pasaba ante nuestros ojos. Intento recordar los detalles, el libro ahora está en su maleta, quizá envuelto entre toallas y sal. Por ejemplo, que esta enorme península debe su nombre a Pelops, hijo de Tántalo, rey de Anatolia, y Dione (hija de Atlas)…. Mientras él nos relataba la razón por la que un fragmento de su espalda era de porcelana o el hecho de que fuera amante de Poseidón (de quien aprendió el uso del carro) o cómo se las organizó para lograr casarse con Hipodamia, yo no dejaba de preguntarme por Dione.

Dione es el genérico con el que se bautiza a las diosas del Olimpo, en unos relatos aparece como hija de Urano y Gea, hermana de Tetis, Rea, Temis y otros titanes, en otras ocasiones será la descendiente de Atlante o de alguna de las Oceánidas, o Diosa de la tierra o incluso una pléyade, hija de Atlas y madre de Pélope, Niobe y Broteas… Dione llegó a tener propio oráculo en Dódona y dicen que palpita en el dedicado a Apolo (el oráculo de Delfos). Ella es una figura heredada de otras culturas, más antiguas que las que inventaron a Zeus, con quienes se trufaron.

La nombro. Como un caballo en medio del polvo, la tierra se sacude los pueblos que desde su nacimiento han residido en ella. Homero la llama diosa madre, madre de todo, Gea. En la Iliada también se denomina Dionea e incluso Dione. En el oráculo se la consideraba Hera, esposa de Zeus. En Dione hay rasgos de Ishtar (Babilonia), Inanna (Sumeria), Anahit (antigua Armenia), Astarté (Canaán)…

Sonrío. Las diosas griegas hablan de aquel pasado común en el que hoy se empeñan en establecer diferencias irreconciliables, punto de partida de guerras que sólo unos pocos quieren. Esta Grecia en la que todos contemplan el origen de Occidente está estrechamente vinculada con Oriente Próximo. Fue en el Levante Mediterráneo, poblado en su momento por sunnitas occidentales, en esa geografía que algunos escritores clásicos llamarn Phoenicia (región sirio-palestina y Cilicia) donde las grandes culturas afro-asiáticas convergieron. Esa cultura que llamamos europea surgió de su yuxtaposición con Oriente.

Dione, madre de Afrodita, que a su vez fue defensora de Paris de quien se enamoró Hera… Es decir, atiendo al relato que los taquígrafos diurnos de la historia fueron convirtiendo en noche. Al fin y al cabo he quedado atrapada aquí, en este atardecer en Kranai que ya no verán Sergi y Montse. Y por estar aquí y tú allí, me zambullo en lo oscuro.

rayo verde

Al fundirse el sol nos regaló un rayo verde

Allá voy.

Me entra la risa. Es burla.

Me da por reírme de tanta modernez. Ay. Espera, Dione, quiero entenderlo.

“Cuando los intelectuales contemporáneos quisieron derrumbar la figura de Apolo para proponer otro modelo de conducta, más telúrico, más volcánico, orgiástico, lejos de recordar mi nombre rescataron a Dionisos. Dione no es Dionios, su raíz habla de canibalismo”. 

Vuelvo a hundirme en estas aguas en las que ya no hay tripulantes pensando que la revolución común, el cambio compartido y hedonista, el desorden colectivo que proponen los defensores de lo dionisíaco no es más que un remiendo, por eso tantos actos se han convertido en una pura simulación. Doy una brazada. Otra. Me envuelve una voluptuosidad líquida, ligada a la vida y no a los afectos. Cada ola es capaz de sumar muertes, heridas, decrepitud, partos, ebriedades que sólo para los seres diurnos son obscenas. Contemplo mis manos. Ese vacío común, esa marginalidad integrada, ese agujero negro que tod@s llevamos dentro, esa noche a la que lanzamos nuestros agostos, hacen que el desorden que buscamos o del que huimos forme parte de nuestro comportamiento y de todo lo vivo. No somos tan sólid@s como creemos. Mis dedos se hacen espuma. Escribo con una extraña prisa. Apenas me quedan unas semanas, aquí, donde ya no estás.

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