¡No habrá mar bastante!

BY MARTHA ZEIN

El Egeo tiene tres bocas. Por una silba al oido del mar de Mármara aquello que querría decirle al otro (el mar Negro); la conocen como estrecho de Dardanelos. La segunda (el Canal de Corinto) le saca la lengua al Jónico, con quien juega hasta la perdición. El GoOn atravesó la tercera, la del cabo Malea. Con ella canta lo que susurra por otras bocas, y lo hace a pleno pulmón. Fuimos sonidos de una canción que aún intento descifrar.

Recuerdo bien que ante las bocanadas risueñas del Egeo el Jónico comenzó a excitarse. El GoOn atravesó sus juegos sin perder el ritmo hasta alcanzar un refugio junto a las rocas tostadas por el sol del mediodía, más allá del faro. La tripulación era nueva, el viento no dejaba de silbar, las olas no parecían querer calmarse, nada era peligroso y sin embargo todo era excitante. El capitán empezó a hacer cálculo de probabilidades. Las previsiones avisaban que el Egeo podía dejar en cualquier momento de ser galante. Imagino que tuvimos suerte. Amainó. Lo que prometía ser trepidante taconeo se tornó balada. Los dos mares se ciñeron por la cintura y sus aguas se enlazaron conteniendo los gemidos. No creo que el Egeo se guardara la pasión. En la orilla opuesta una herida sangraba.

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Hasta hace unas semanas el Egeo apenas conocía Siria“, pienso, antes de lanzar cifras por popa: “En lo que va de año las tierras que baña han acogido a 309.356 inmigrantes y refugiados, de los que al menos 175.000 son sirios; 130 perdieron la vida. ¿Por qué ahora si la guerra que les empuja comenzó hace cuatro años y medio?” Me obsesiona la idea, hablo sola. Magdalena se asoma a la proa en busca de delfines. Juan atiende a las órdenes del capitán. Yo insisto: “Entre 2011 y agosto de 2014 Turquía acogió a 1,5 millones de refugiados, otros 40.000 entraron en sólo un mes, en octubre del año pasado. ¿Por qué, de repente, ahora salen los refugiados sirios de Turquía a pesar del cerco militar?“.

Mamen echa miel en el yogur e insiste que Grecia es un país marino, que la soledad del Peloponeso lo hace evidente. A nuestro paso la península va endulzando sus laderas y aún así se mantiene altiva. Aquellas costas que fueron deseadas durante siglos, antes de que el canal de Corinto se convirtiera en el trazado más habitual para el transporte en barco, mantienen intacto su orgullo ancestral; son ellas las que se dejan descubrir, ellas conceden a nuestro velero una navegación amable por sus bahías olvidadas.

– “Es cierto”, contesto, sin apenas girar la cabeza.

Estoy enganchada a mis monólogos: “Otra barca estrellada contra las rocas de Kos; allá, al otro lado del Egeo, el agua debe estar llorando. El Meltemi devora. Turquia y Arabia Saudí están forzando para que Europa intervenga abiertamente en la guerra de un país que este mar no baña, Siria. No entiendo, esto ya sucede desde hace tiempo: según la analista política especializada en Oriente Medio, Nazanin Armaniam, EEUU, Gran Bretaña, Francia, Turquía e Israel llevan bombardeando este país desde 2012, además de suministrar armas y dinero a los contras sirios. ¿Por qué necesitan ahora este apoyo de la opinión pública? Alemania abre puertas a un puñado exiguo de sirios, es decir, a las víctimas de sus clientes, los jeques a quienes vende armas. ¿Qué ganan haciendo esto?“.

El Egeo calla (amaneció envuelto en bruma); Magdalena grita “!Allí, allí, por babor!” (lleva días deseando que aparezcan los cetáceos); el capitán da un giro al timón. Se escapan, los delfines se escapan.

Hace varias jornadas que mis compañer@s de viaje se bañaron en la isla donde nació Afrodita, desde entonces intento descifrar la canción que murmura el Egeo. Quizás Magdalena debió de afinar su sueño, decir quiero ver cómo los delfines saltan junto al mascarón de proa o quiero escuchar sus silbidos mientras les retrato. Vio y no vio delfines. ¿Se cumplió su sueño?

Aletas de delfines en el horizonte = deseos desafinados“, concluyo sin necesidad de abrir la boca y vuelvo a pensar en Kos, Lesbos, Leros, Kalymnos, Samos y el resto de las islas de la otra orilla de este mar: se están abriendo a l@s refugiad@s siri@s como si pudieran volver a parirles.

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El cabo Malea es el más austral de las costas mediterráneas de Europa; nos estamos acercando lentamente al Extremo oriental. Si hoy la ciencia puede admitir que existen edificios capaces de enfermar a quienes residen en él, ¿es posible que un mar violentado, escenario secular de cientos de guerras, cementerio involuntario de millones de seres humanos, pueda mordernos el corazón, nublarnos la vista, torcernos la mente?

Hace más de seis días que nos asomamos al lugar en el que nació Afrodita. Mamen tuvo que insistir varias veces para que navegáramos hacia aquel rincón, así de embelesad@s estábamos con el pequeño puerto de Ariemonas, en cuyo centro reinaba el GoOn. Zarpamos en busca de ese lugar.

El día se estaba rindiendo. Sin mirar el mapa dedujimos que habíamos llegado. A los pies del velero las rocas mostraban sus caprichosas formas sumergidas; las aguas nunca habían sido tan transparentes, la enorme vieira en la que sitúa Boticcelli a la voluptuosa Afrodita bien pudiera ser aquella que hoy se muestra cubierta de algas y caracoles.

Estábamos en un rincón de Kythera, isla situada al sur del cabo Malea, justo donde los dos mares se besan. Allí enfrente, en tierra, se levantó el templo dedicado a la diosa, reina del amor, la belleza, el deseo y la fertilidad. Intenté localizar el rincón en el gps (si buscas Paleopoli te encontrarás cerca)…

Juan, Mamen, Magdalena y el capitán se zambulleron. Retrasé mi encuentro con el agua, quería leer la letra pequeña del pilot. Me enteré que durante cientos de años Kythera fue alegoría del viaje a la sensualidad y el éxtasis, que en el siglo XVIII los artistas la convirtieron en destino de los amantes y fiestas pánicas y que, a fuerza de reescribir la historia, el imaginario popular dice de ella que es la isla donde se cumplen todos los sueños. Di un respingo. ¡Aquellas aguas eran algo así como un enorme pozo de los deseos! Ignorantes de aquella cualidad, mis compañer@s de viaje chapoteaban en ellas como brillantes monedas.

¿Querrías que todos tus sueños se hicieran realidad? ¿Todos? ¿Qué sucedería si se pusieran en marcha si tu consentimiento?

La tripulación subió antes de que yo me lanzara, rendid@s ante tanta belleza. La luz empezaba a retirarse.

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Los etesios son los vientos secos del norte que azuzan el Egeo de mayo a mediados de septiembre. Popularmente se les conoce por su acepción turca, meltemi, que a su vez podría derivar del italiano (mal tempo). Son más fuertes por la tarde y a menudo decaen por la noche, aunque a veces duran días sin interrupción. En cualquiera de los casos, arrancan inesperadamente en medio de un cielo despejado y pueden llegar a alcanzar hasta los 70 kilómetros por hora con facilidad. Los cinco que viajamos en el GoOn conocemos su existencia, el capitán y yo sabemos qué significa morder el agua a sus pies. Hemos entrado en el Egeo, es decir, en su reino.

Juan, que ha llevado mercantes de gran cabotaje, les esperaba. Probablemente los etesios aparecieran en sus sueños, al fin y al cabo una de las peores pesadillas de un hombre de mar es perder el control de la nave y terminar rompiendo contra las rocas. El GoOn es una pluma comparada a aquellos barcos que capitaneó, si bien es más ligera también es más frágil. Como si la vida hubiera leido sus pensamientos, Kythera le guardaba una sorpresa: el cadáver de un rompehielos.

La quilla estaba clavada en un islote desnudo y asustado (Prasonisi), el oxido había comido la pintura del casco y deshacía torretas, las grúas se vencían sobre sí mismas. Aún así el tiempo dejaba ver en uno de sus costados el nombre de aquel carguero: Nordland. Me he enterado después que el accidente sucedió hace 15 años, a finales de un mes de agosto, en medio de un fuerte meltemi.

Pasamos en silencio a su lado, como si fueramos capaces de percibir el espanto de su tripulación. Juan no era el capitán de ese barco y ahora lejos de hundirse estaba navegando en un velero. ¿Encarnaba aquel mercante varado su pesadilla o estaba cumpliendo alguno de sus sueños? Quizás, al lanzarse al agua de Afrodita él había deseado ese estremecimiento que reconforta cuando se mira el peligro desde un lugar seguro.

Desde aquel día la agitación que une las dos caras de los sueños tiene para mí un nombre propio: Nordland. He visto cómo su sombra enredaba algún fondeo, cómo hizo más umbría aquella navegación nocturna y apretó calendarios. Es un temblor suave, como el aleteo de los párpados de los soñantes.

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El Nordland no fue el único barco hundido con el que nos habíamos topado hasta entonces, pero sí el más espantosamente bello en su decadencia. Era la imagen especular de un drama. En la otra orilla del Egeo siguen estrellándose contra las rocas barquichuelas con seres que huyen de la guerra. ¿Será el GoOn el temblor que une las dos caras de un mismo sueño?

Doblamos el cabo de Melea, por el que Europa se acerca más a Africa; nos dirigimos hacia el Este, avanzamos a Oriente Pròximo… Deberíamos notar el calor de la herida abierta, estremecernos mientras miramos el espanto desde un lugar seguro, pero no es así. ¿No es así? Quizás nuestras uñas, nuestros poros, nuestras pestañas, ya estén enfermando en este mar de vientos intensos, quizás esos delfines que nos mostraban sus aletas estuvieran escuchando los gritos de quienes se ahogan, quizás nuestras células sean más sensibles que nuestra razón.

L@s refugiad@s llegan a islas pequeñas, de vegetación escasa y pocos medios, en las que no caen bombas. Abandonan el continente. Hace meses pregunté a mi amigo Lluis Ferrés para qué quieren las islas los gobiernos continentales; durante millas obtuve una sola respuesta: “son prisiones, lugares de aislamiento, destierro, castigo…”. En los silencios de este viaje descubrí un lado oculto: quienes crean utopías suelen levantarlas en allí, lejos de las grandes tierras. Ahora vislumbro otra de sus facetas: son refugio, flotadores gigantes para naufragios multitudinarios. El problema es que son 19 millones las personas que se están hundiendo en Siria y las islas a las que saltan no sólo son minúsculas sino que pertenecen a un país en quiebra. ¿Cuántos seres humanos pueden aferrarse a una roca?

Le he dado vueltas a la reflexión de Mamen: si Grecia es un mar sembrado de islas, ¿cómo van a formar parte l@s grieg@s de una Europa que impone planteamientos continentales? “No es Europa, es el Euro”, han insistido en diferentes puertos de este viaje. El 20 de septiembre, justo cuando el meltemi deje de soplar en el Egeo, la ciudadanía de esta suma de islas, Grecia, país parcialmente continental, vuelve a acudir a las urnas. ¿Cuánta ilusión puede sostener un pueblo?

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“Pizca de sueños”, “sueños-chispa”, “sueños mariposa”… Estoy buscando un nombre para lo que veo. Son retazos de deseos haciéndose realidad al margen de sus deseantes, principios de promesas cumplidas que no crecen por falta de riego y mueren nada más empezar. Revolotean alrededor de quienes los anhelaron, les empujan a hacer algo que les hace vibrar pero a destiempo o fuera de lugar o con la persona inadecuada… En estas situaciones l@s soñador@s pierden su autoría porque no suelen recordar que en algún momento uno de sus yoes quiso que “eso” sucediera. Cuando el sueño ignorado se hace realidad, ell@s, sus ejecutantes, se contrarían o se vuelven torpes o actúan de manera incontinente o se creen pres@s de un rapto ilegítimo o, simplemente, alucinan con lo que les está sucediendo.

Nuestro yo más golfo puede soñar con bañarse en rios de leche y miel al tiempo que el más espiritual anhela conocer a los dioses de las pequeñas cosas y el revolucionario apuesta por sembrar de flores las rajas del asfalto, por ejemplo. Si el dueño o la dueña de esas voces no sabe que todos ellos se han puesto en marcha puede encontrarse cocinando una fabada en un velero fondeado en una bahía del Egeo (Ermioni) bajo un calor de justicia y ante un incipiente meltemi preguntándose qué hago yo aquí mientras el resto de la tripulación organiza en tierra un “vermú” para celebrarlo.

Así le ocurrió a Mamen. Desde que se bañó en las aguas de Afrodita se había batido con zumbidos de moscas, ataques de mosquitos, amenazas de avispas… y el revoloteo de sueños dispuestos a autocumplirse. De los cuatro, éste último era el menos evidente, al menos ante sus propios ojos, por supuesto. La he visto formar parte de una bacanal de huevos fritos con bacon regados de buen vino con la sonrisa rendida ante la belleza de la bahía de Yerakas y más tarde, en una playa limpia y pedregosa de Fokianos, dejar que el lodo rojo de isla Sabiduría se fuera secando sobre su piel hasta convertirla en diosa de barro. Las chispas soñadas por su yo hedonista la hacían carnal y bella al margen de su voluntad, doy fe de ello, así de dulce.

A estas alturas pienso en las pizcas de sueños que no somos capaces sostener, o en auellas tan tenues que las abandonamos antes de conocer su final, o tan libres que terminamos rechazándolas porque no se adaptan a nuestros cálculos, o tan inesperadas que ante ellas sólo podemos decir “no importa, me da igual, lo que tú quieras”… ¿Cuántas de esas mariposas, las mismas que aletean los mástiles del GoOn, son sueños que mueren por el camino?

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No sé cuál de mis compañeros de viaje fue el que soñó con tortugas, pero aparecieron bajo las mirallas de Molemvasia, dos de ellas cuando entrábamos en el puerto. Quizás el o la soñante hubiera deseado focas, que por lo visto aún logran sobrevivir en esta zona del Mediterráneo, o nadar con ellas, pero desde luego, como sueño autocumplido me pareció redondo.

Quizás fuera la misma persona que deseó islas sin coches antes de que nos topáramos con Spetses. No, no creo que lo fuera porque lo que pudo ser un paraiso resultó un pequeño infierno simplemente porque no afinó bien el sueño: El lado acuático del paseo marítimo estaba atiborrado de grandes embarcaciones, muchas de ellas a motor; en el lado terrestre decenas de restaurantes sin comensales arrinconaban las pequeñas atarazanas en las que aún se reparan naves; bordeando ambas caras, los peatones éramos sorteados por todo lo que no eran coches, es decir, motos y coches de caballos.

– “¡No habrá mar bastante!”

Grité la frase que Juan me había enseñado. Vendría a significar “Mira que el mundo es grande y vas y pasas justo por donde yo voy” y puede aplicarse a múltiples circunstancias, incluso cuando no hay mar. Por un instante el espíritu de Bubulina pareció adueñarse de nuestros pasos, o al menos de los míos, porque hubiera blandido mi trabuco o espada para impedir tanto atropello.

Laskarina Bubulina, heroina de la Guerra de la Independencia griega, era hija de aquella isla. Nada más poner el pie en ella nos encontramos con una estatua a cuyos pies se explicaba que al frente de su propio buque de guerra, el Agamenon, venció a los turcos. No fue una acción individual, por aquel entonces Bubulina era el único miembro femenino de la organización Filiki Etaireia, una sociedad secreta creada en 1814 en Odesa por griegos masones cuyo objetivo era la independencia de Grecia. Tras quedar huérfana y viuda varias veces consiguió amasar una pequeña fortuna y dedicó una parte a comprar armas y municiones, reclutar un pequeño ejército y construir el Agamemnon, en el que izó su propia bandera.

Durante el proceso revolucionario Bubulina aportó además otras siete naves, tomó cuarteles y fuertes otomanos, rescató a muchas mujeres griegas que habían sido obligadas a formar parte del harén del sultán y terminó sumándose a las iniciativas de otro líder rebelde, Theodoros Kolokotronis. Con el tiempo los hijos de ambos , Eleni Bubuli y Panos Kolokotronis, se casaron, pero no fue el único destino que Bubulina compartió con Kolokotronis: al terminar la guerra ambos fueron acusados traición por apoyar una alianza con Rusia. Si bien ella se libró de la cárcel (fue desterrada a Spetses) terminó viviendo en la miseria, sin ayuda de quienes fueron sus aliados durante la guerra. Una vida como la suya queda reducida en los folletos turísticos como la heroína local que seducía a los hombres pistola en mano, necio e injusto resumen.

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A esas alturas del viaje se hacía algo evidente: Los sueños autocumplidos no tienen por qué rendir cuentas sobre sus irregularidades, ni siquiera gustar a nadie.

Que yo no me hubiera zambullido en las aguas de Afrodita no significaba que no fuera soñante. Mientras a mi alrededor el Egeo aventaba pizcas de sueños yo me preguntaba por aquellos que, siendo míos, también lo eran de algún otro miembro de la tripulación. Por ejemplo: encontrarnos con Varoufakis en esa isla próxima a Atenas en la que el ex ministro de economía griego tiene una casa de verano “alto standing”. Para contrarrestar el descontrol deseante que se había declarado en el GoOn formulé un sueño sin agujeros: “quiero encontrarme con Varoufakis en una terraza y charlar con el…”, no, no, mejor “mi sueño es encontrarme a Varoufakis en una terraza tranquila con alguien de confianza que traduzca bien el griego y charlemos…”, no, espera: “sueño que nos encontramos con Varoufakis y un amigo suyo que habla correctamente el castellano en una terraza tranquila una tarde en la que ellos tienen tiempo y ganas de charlar y nosotros también e iniciamos una conversación inteligente y apasionante sobre las entretelas económicas de Grecia”.

¡Eso era ser precisa!, a este sueño no le iba a pasar como al de los delfines de Magdalena, que sólo le enseñaron las aletas.

Me vine arriba y añadí la emoción adecuada, sin temblores comunicantes que pudieran convertir el encuentro en pesadilla: Visualicé que entre Varoufaquis y nosotros habría una corriente de simpatía que le haría contarnos con desinhibición detalles de la fontanería de la Troika europea, las estrategias verdaderas de Tsypras, las negociaciones entre los partidos ante elecciones del día 20, el programa del partido europeo que tiene entre manos…

Por supuesto, para evitar que mi yo voluptuoso se independizara y empezara a desear por su cuenta asuntos que dejo a la libre imaginación de cada cual, me desentendí de Afrodita e invoqué a una diosa local, Afaya, con templo propio en una isla llamada Aegina. Se la conoce como la diosa de la luz invisible y hay datos que la vinculan con la etapa prehelénica (concretamente el siglo XIV a. C.), es decir, con las diosas primigenias asociadas con la fertilidad y los ciclos agrícolas. En principio su faceta de heroína luminosa y al mismo tiempo invisible me pareció una buena influencia.

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Bordeamos Hydra, alcanzamos Poros, tomamos un baño sulfuroso en Methana, volvimos a toparnos con buques oxidados en medio del mar… Avanzábamos hacia el deseo compartido mientras me entretenía dándole vueltas a la invisibilidad de Afaia. Llegamos a un puerto pequeño y sereno cuyo nombre no pregunté.

Resulta que la diosa era tan bella que para librarse del acoso de los hombres primero se suicidó (se lanzó al mar pero fue salvada por un pescador, de ahí que se la vincule con las redes) y luego pidió a las diosas hacerse invisible. El método más común para borrar a una mujer del mapa sin matarla es cubrirla con una tela. Recordé la armadura que la artista afgana, Kubra Jademi, de 27 años, utilizó para denunciar el acoso sexual al que se ven sometidas las mujeres en Kabul a pesar de la invisibilidad impuesta con el velo. Se puso una armadura de hierro que marcaba la forma de sus pechos y de sus nalgas sobre el velo negro obligado en su país y no tardó en ser insultada y apedreada. ¿En qué estrofa de la canción que bufaba el Egeo aparecía Afaya, la de la luz invisible?

Paseamos por ese puerto sin nombre. Por lo visto hubo un crujir de miradas a mi alrededor. La noche fue dulce, también el amanecer. Levamos el ancla. En el barco vecino empezó a sonar una trompeta. Un hombre de figura bien proporcionada empezó a entonaba una canción de despedida”. Jaume, que apenas llevaba unas horas en el GoOn, empezó a cantar. El capitán se sumó al grupo. Cuando terminó el instrumentista Toni y Jaume repitieron una estrofa a capella. Cada barco emprendió un rumbo distinto.

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Horas después, ya con las costas de Salamina cerca, se me ocurrió preguntarle a Magdalena cuándo llegaríamos a la isla de Varoufakis.

– “Estuvimos ayer en ella, es el puerto en el que hemos dormido, Perdika. Venimos de allí, de la isla de Aegina, donde ese guapo ha tocado la trompeta esta mañana.”
– “No”
– “Si”
– “¡Pero haber avisado y me hubiera preparado!”
– “Mujer, pero si vas muy bien como vas”
– “No, no, me refiero a lanzar el deseo”

Me había enredado tanto por el camino, me habían fascinado tantas pequeñas cosas, hurgué tanto en la melodía dispar de los etesios, le di tantas vueltas a los detalles del deseo en torno a Varoufakis… que olvidé lo principal: soñar mi deseo.
– “¿Y cómo sabes si era guapo? ¡Ay, que ya sin gafas no soy nadie!”
– “Nos cruzamos ayer en el puerto, ¿no oíste un crujido?”

Si nada se formula nada puede hacerse realidad, ni siquiera los sueños que se autocumplen; al menos a Magda se le crujió un guapo. Aunque, ahora que lo pienso, ¡qué sabré yo si soy de esas personas a las que la vida les sucede!

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