¿Quién inventó la distancia, Agapi Mou?

BY MARTHA ZEIN

A Jan Arnold

Nunca sé exactamente dónde estoy, tampoco me importa mucho. Aún así, de vez en cuándo me empeño en ubicarme e incluso levanto acta… porque he comprendido que los encuentros suelen producirse en un lugar, que la justa medida (de la distancia) determina la existencia de un ser en mi vida, que hay situaciones que sólo son posibles si decimos aquí y ahora. Cuando levanto acta suelo decir en alto, por ejemplo: “Voy camino de Hydra, cinco minutos después de haber abandonado el puerto de Pireo, con el viento del norte empujando por popa”. La afirmación me conecta con Pepa y Carme, que se estrenan en el GoOn, e incluso con Jaume, que partió unas horas antes de que ellas llegaran. Aún así, irredenta, mientras tomo la palabra mi pensamiento va de Atenas a París pasando por Valencia. La coexistencia de ambos recorridos (a veces múltiples), el caos que provoca, la relatividad en la que crecen determinan la forma de vivir el territorio y los afectos, explican por qué los seres que aparecieron una y otra vez en nuestras vidas y llamaron a la puerta luego vuelven a partir e incluso por qué aquellos con quienes nunca mantuvimos ni un espacio ni un tiempo en común son o fueron una constante en la vida.

Distancia. ¿Quien pronunció por primera vez esa palabra, a qué se refería? Me pongo en su lugar. “Yo soy yo y estoy aquí, quiero/necesito/deseo ir allá…” Para medir el espacio o el tiempo hace falta una unidad y un punto fijo. Algo falla. No puedo ponerme en su lugar, yo navego, estoy en constante tránsito. La distancia viaja con nosotros. Podría parecer que ese punto estable se encuentra en tierra, pero no es cierto.

Lo asumo: soy mi constante, mientras navegamos la tierra cambia. Cualquiera que se asome a la costa diría que es el mar el que está en movimiento pero vivo en un barco y sé que no es cierto, que es la tierra firme la que cambia. Cada vez que vuelvo a ella para quedarme un tiempo aparece durante unos días la misma inquietante certeza: todo resulta excesivamente igual a antes y no es posible, alguien está escondiendo las pruebas de un delito, ¿dónde está el cadáver? Otoño tras otoño, al llegar a “nuestro” puerto, paso un tiempo escudriñando huellas (¿qué ha sido y ya no es?, ¿quién o qué quedó enterrado?), vuelvo cuando el sol ya no entibia, no he visto sus cuerpos desnudos… Necesito un tiempo para olvidar qué era aquello que me olía a podrido, y cambiar la dimensión de las distancias.

De tierra llegan ráfagas de aire, me secan los ojos, como si quisieran adelantarse al llanto. Es oficialmente otoño y de repente tengo un día terrestre en medio del mar y de golpe siento que estoy lejos de los nacimientos y los entierros.

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Navegar rompe los parámetros terrestres, forma parte de su esencia. Hasta el siglo XIX los barcos, de vela o remo, eran frágiles, inseguros, prontos a volcarse, sucios e inconfortables. Incluso en una talasocracia como la Griega el Mediterráneo era un mar al que se lanzaban por necesidad o ambición. Incluso quienes amaban la itinerancia preferían trasladarse en tierra. Una alta montaña y una costa eran las fronteras naturales que separaban de “lo otro”, fuera enemigo o no. Quienes se subían a un barco daban de alguna manera la espalda a los cultivos, caminos y propiedades e incluso, las familias. Quienes se lanzaban al mar se alejaban de allí donde nacen y mueren la mayoría de los humanos, dejaban atrás los lugares donde se acumulan las riquezas y los amores (que normalmente no eran suyos). Ahora el mar es un espacio estacional para millones de personas, los barcos son tan funcionales que incluso hay edificios flotantes con capitanes por alcaldes. Aún así, aquella ruptura sigue latente en significativos detalles, por ejemplo, en el mar el espacio se mide en millas náuticas y no en kilómetros.

1 milla náutica equivale a 1..853,2 metros. Es interesante observar bien la equivalencia. Normalmente en vida cotidiana la redondez de los números enteros prevalece sobre los decimales. El entero tiene el poder. Si observamos la equivalencia (1nm = 1.853,2 m), quien tiene la voz cantante es la milla náutica, es a ella a la que intenta adaptarse la medida de longitud de la tierra. Puedo añadir algo más: Nunca escuché hablar de algo parecido a la centimilla, no hay una unidad menor que permita medir las distancias cortas en el mar, nada que equivalga a los metros ni los centímetros. El espacio más breve que llega a tener nombre propio es media milla (926,6 metros). Sé que si en un lenguaje no existe una palabra para nombrar una parte de la realidad se debe a que o no es percibida por sus hablantes, o se trata de una información inútil o no interesa. Estoy en un barco, me lanzo al agua. ¿Cómo expresar la distancia que separa mi boca sumergida del aire que ella busca? Si mis ojos lloran no sé dónde ha caído esa lágrima, ni de qué ojo salió, ni si fue secada antes de que pudiera deslizarse. Si mi boca se lanza a encontrarse con mis ojos, no sé exactamente donde quedan situadas las sonrisas. En un barco no tienen medida las distancias íntimas ni las cortas, que es donde mejor me muevo.

Como me interesa el tema, le doy vueltas. Observo el mundo en el que habito. En cuanto recurrimos al tiempo para medir los recorridos, las millas desaparecen de nuestro vocabulario para convertirse en nudos. 1 nudo = 1 milla/hora. De nuevo otra palabra que se solapa con la anterior, debe ser que en el mar calcular la distancia nada tiene que ver con recorrerla. Aquel kilómetro que los seres humanos tomamos como referencia queda enterrado bajo dos capas. En el mundo de los nudos el centímetro es impensable. Ahora imagina. Estas en el barco, fijas un destino (o un deseo si quieres), entierras todos los centímetros y metros y todos los números enteros, y ahora te acercas a él a la velocidad de un nudo, de dos, tres… Has ahogado todos los parámetros con los que antes medías las distancias… Ahora, si alguien procedente del mar te dice “me anudo a tí” probablemente no quiera tratar de aferrarte sino de acercarse. No te extrañe que al oirte decir “te desnudo” diga adiós, creyendo que quieres poner distancia por medio.

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En el GoOn nos gusta ir a siete nudos. Es una velocidad dulce para un velero, sin embargo me ha parecido vertiginosa durante unos días. La razón es que hemos participado en la nueva campaña de WWF (#Niungradomás) a bordo del catamarán solar y en él el tiempo y la distancia se mide a otro ritmo. 24 horas antes de abandonar el Pireo rumbo a Hydra el mundo transcurría ante nosotr@s a cuatro nudos (8 km/h aprox) porque el cielo que nos acompañó durante el trayecto que unía Valencia con Alicante se vistió de nubes y el mar de olas grises y el viento quiso mirarnos de frente. Tardamos cuatro días en desnudar aquellas distancias (apenas 100 millas). Piensa en la cadencia, imagina: Íbamos a cuatro nudos, uno, dos, tres, cuatro. Uno. Dos. Tres… Cuatro negras, dos blancas… Imagina que todo lo que eres, todas tus pertenencias, tus circunstancias, se acercan a tu destino a ese ritmo. Y ahora imagina que estamos lo suficientemente cerca como para abrazarnos o chocar nuestras manos, recuerda que en tales distancias no hay medida que valga a bordo.

Avanzamos en dirección a Hydra, el sol tibio de octubre te da en el rostro, el barco desnuda el mar a 5 nudos. Damos un paso atrás en nuestro recorrido para tomar impulso (Hydra será el trampolín para nuestro salto a las islas Cycladas), para conocer de cerca a qué suena el Rebético (organizan el 15º encuentro anual de esta música en la chora de la isla) y para aprovechar el hueco que están dejando las tormentas en el Egeo. El viento se cuela por estribor, es una suave ráfaga, una ventolina. No sé si sabes que acabas de entrar en una nueva dimensión. La velocidad en la que te mueves en tu pequeño espacio (medida en centímetros/minuto) y aquella en la que se mueve el barco (esos siete nudos) en dirección suroeste, no tienen que ver entre ellas y tampoco con la que recorre el viento. No te confundirás si dices que la pequeña brisa es capaz de tocar los 25.000 cm de tu piel en 18 segundos y que eso te reconforta, pero has de saber que a esa velocidad lo llaman fuerza y se la identifica con un número propio: el 1. Para que te hagas una idea, si la escala llegara a 7 preferirías sentirle soplar desde el puerto y si alcanzara la fuerza 12, por televisión.

Y ahora dime, de verdad, mirándome a los ojos, si a estas alturas entiendes qué es distancia. ¿Qué distancia es la que convierte a un enemigo en un humano cualquiera? ¿Cuál es la que convierte al amigo en amante? ¿Qué distancia han de poner por medio dos seres para que su amor no les duela? ¿Cuál fue la que no recorrimos que nos permitió seguir encontrándonos, Jan? ¿Cómo puede herirnos la perdida de quien apenas abrazamos diez veces en la vida? ¿Cómo es que acuno el bostezo de León si acaba de nacer a miles de kilómetros?

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(Timelapse de la superluna y su eclipse sobre Ibiza, autor: José Antonio Hervás)

Desde la última crónica, el tiempo, un concepto que en Grecia está filosófica y etimológicamente lleno de matices, ha expresado su voluntad de dibujar fronteras de múltiples maneras, como si a los instantes, los minutos, los días y las eras les hubiera dado un arrebato espacial. Mucho antes de que supiéramos que el barco solar sería el embajador de la campaña de WWF #niungradomas ya podíamos marcar varios límites temporales en el calendario, de esos que parece que a un lado dejan el antes y en el otro el después: el 20 de septiembre, elecciones en Grecia; el 28 en Cataluña; entre medias el (21) el arranque del otoño, y para cerrar la serie la superluna llena que se volvió roja durante un largo eclipse la noche del 27 al 28. Si tras cada fecha hubiera habido un después verdadero, ahora estaría escribiendo esta crónica desde un “tiempo” remoto. Pero no es así, llegamos a Atenas y estamos de camino a Hydra, la isla que dejamos a un lado con Magda, Mamen y Juan.

Después de cinco meses de hilar islas del Mediterráneo a bordo del GoOn hemos permanecido unos días en Atenas, Valencia y Alicante, tres ciudades continentales. Tierra continental, tierra… Todo parece igual pero algo ha cambiado, tengo la sensación que en algún lugar aparecerá la huella del crimen. Me explico: dejamos Atenas poco tiempo antes de las elecciones, cuando regresamos la ciudadanía griega había ratificado a Syriza en el poder, con Tsipras al frente. En mayo, cuando iniciamos este viaje, no sabíamos si desembocaríamos en una Grecia que habría salido fuera de las fronteras europeas. La deuda y la confrontación de la ciudadanía griega a las tiránicas medidas marcadas por el FMI, el Banco Central Europeo y el Eurogrupo nos resonaban. Aunque la libraban los griegos, aquella batalla afectaba y afecta a la soberanía económica de los habitantes de Europa. Sentíamos que era un conflicto universal, específicamente europeo, ante el que cada ciudadan@ debía y debe responder no sólo con su voto sino con su desobediencia. Por eso dijimos: “Llamada general, toca ir a Grecia”, y fuimos, a bordo del GoOn… y aquí estamos.

A medida que nos acercábamos a Grecia y anudábamos y desnudábamos el Mediterráneo, aquel conflicto universal y europeo se convertía en el problema de un gobierno, luego de un partido para terminar siendo la batalla de un hombre, Tsipras. La ciudadanía griega volvió a votar y me pregunto si lo que hizo fue ratificar aquello que decidió hace meses (recuperar la soberanía económica parando los pies al ejecutivo comunitario) o defender al hombre y sus propuestas. Parece lo mismo, pero no lo es. ¿Dónde queda aquella “llamada General”?, ¿cómo ir a Grecia si en su lugar hay un hombre al frente de un gobierno?. Pensábamos que Grecia terminaría saliendo del mapa de Europa y no sé ahora en qué órbita encontrarla.

Este maldito extrañamiento espacio temporal me va a terminar rompiendo.

otro cielo

Dije “Estoy en Atenas” y mi mente terminó la frase: “una ciudad-estado”. Tiene una explicación: acabamos de volver de la #nueValencia, una ciudad gobernada por una suma de siglas progresistas. cuyo resultado es semejante al gobierno de Madrid o de Barcelona. Se trata de tres grandes referentes del cambio político municipal y autonómico sucedido en el tiempo en el que vivimos a bordo del GoOn, un cambio al que asistimos en la distancia, con todas las trabas del voto por correo. Estuvimos amarrados al puerto valenciano, compartiendo el catamarán solar, embajador de la campaña que WWF está organizando de cara a la Cumbre sobre el Cambio Climático que la Naciones Unidas celebrará en diciembre en París. En esos días la ciudad organizó un día sin coches, montamos una feria de energía renovable a bordo con entidades como Greenpeace o la Plataforma por un Nuevo Modelo Energético, conocí a navegantes como Diego (Sailing Living Lab) o Claude, que ya están tomando decisiones innovadoras en temas energéticos, leí, escuché y pregunté. Valencia me parecía otra. Me enteré que el nuevo equipo de gobierno tiene previsto mejorar la eficiencia energética de los edificios municipales, eliminar el impuesto a las placas solares, tomar medidas que reduzcan la pobreza energética de ciertos sectores sociales… Todo el mundo hablaba en nuestro entorno de un bien común universal, el respeto a la vida en este planeta, mientras iban sumando firmas para impedir que la temperatura del planeta aumente (puedes firmar si pinchas aquí:  #niungradomas).

Fui la última de la fila de aquel barco. Tras el verano más seco de los registrados hasta ahora en España, tras tormentas que anegaron calles en pocos minutos, arrastrando vidas a su paso, estaba viendo cómo el cielo se atormentaba de golpe sobre nuestras cabezas, impidiéndonos avanzar con soltura por la costa. Hace muchos años que los habitantes de islas como Tuvalu, Vanuatu, Kiribati… claman a los países ricos que tomen medidas porque el mar se está comiendo sus tierras. El nivel del mar en el Pacífico occidental está aumentando unas cuatro veces más rápido que el promedio mundial, contaminando las aguas subterráneas, envenenando las tierras cultivables y tragándose islotes que habían sido habitables. Kiribati, situado en el océano Pacífico, es uno de los primeros países que pueden desaparecer debido a la subida de las aguas. La mayor parte del archipiélago se eleva tan solo dos o tres metros sobre el nivel del mar, y el agua alrededor de los 32 atolones de Kiribati está subiendo 1,2 centímetros por año debido al flujo de las corrientes oceánicas. Ya han calculado que para el 2030 empezarán a desaparecer. A la vecina Tuvalu le espera el mismo destino, sus habitantes lo esperan. Se calcula que en el 2050 unos 1,7 millones de personas de esta región del Pacífico podrían convertirse en refugiados por el cambio climático. Las instituciones del mundo siguen dando plazos: 2020, 2030, 2050… pero este planeta ya no es capaz de sostenerlos.

¿A qué vienen las buenas formas? Es el tiempo de actuar y de forma radical ¡Insumisión energética ya! En esos días, precisamente, estallaba el fraude de Volkswagen: miles de sus motores diesel habían sido trucados para superar los límites de contaminación marcados por Bruselas. Se trataba de un programa informático, es decir, había una inversión de dinero, tiempo, personal y conocimiento fraudulento, con toda la maquinaria financiera y empresarial que esto implica. He visto el nombre de esta empresa encabezando movimientos como el “blue motion” que apostaba por promover grandes avances tecnológicos para crear coches que contaminaran menos y medidas para compensar sus emisiones como plantar miles de árboles. Una miseria al lado del daño que hacían en paralelo sus directivos. Aquel “auto del pueblo” que lanzó el gobierno de Hitler, ejemplo de la obra social del Tercer Reich, volvía a colocarse en su sitio.

París está aún delante. Huimos de un cielo exaltado, vamos a Hydra, atrás hemos dejado Atenas, volvemos al mundo insular.

(Mia Martini, cantante de la versión original de Agapi Mou, 1974)

Regresamos, pues, a Grecia. Como te cuento, dije Atenas, pensé en las ciudades-estado… y abracé a Jaume (que durante nuestra ausencia fue el guardián del GoOn) y me dejé llevar por él a Axarquía, el barrio que acoge a numerosas iniciativas libertarias de la capital. Mientras la ciudad se colaba por las ventanillas del metro, Jaume me decía las palabras que había aprendido en nuestra ausencia. La mayoría terminaban en mou (mío). Reconocí una: Agapi Mou, “amor mío”, el estribillo de una canción. La tarareé, forzando a mis neuronas a recuperar alguna estrofa.“Entras en mi cuerpo como la lluvia entra en mi huerto… Agapi Mou…”  A Jaume le sonaba pero no sabía muy bien de qué. Intenté hacer memoria y me salió muy antigua: la cantaba Ana Belén en 1979, es decir, en plena Transición. Hablaba de una mujer gozando del sexo cuando aún tocar el tema nos hacía progres,  y si eras adolescente, más. “Eres como el río, ni más ni menos amor mío… Agapimú, oooh, oh, agapimú” Nunca me había parado pensar en qué significaba aquella palabra, con aquellas estrofas ya tenía bastante. Agapimú, Agapi Mou, Amor Mío. “Eres como el río que va regando el amor mío, agapimú…” Agapi, amor; Agapi, ágape. La caligrafía griega posee la soledad antigua de las minas, si se arrancan las letras, una a una, puede aparecer un vocablo capaz de atravesar la historia. Ágape, comida opípara, de buenos alimentos. ¿Qué tiene que ver el amor con una buena cena?

Reviso, quito el polvo al vocablo y me encuentro con los cenáculos de los primeros cristianos, fraternales, en los que se buscaba agasajar al otro miembro de la comunidad con lo mejor que se tenía en la despensa, de forma desinteresada, simplemente porque se quería el bien del otro. Digo, “!Aaaah, camaradería!”, pero me entero que para la amistad la Grecia Antigua, donde se conocieron estos términos, ya tenía la palabra philia. Sé que he de descartar Eros (amor que desea ser correspondido, sostenido por el deseo de lo que no se tiene) porque aún hoy el amante dice “Agapi Mou”, en referencia a un tipo de amor que desborda ese término. Intuyo la esencia de la frase, quizás porque comulgo con ella: “te amo, quiero tu bien, no necesito ganarte a cambio, me brota amarte, me alegra saber que existes, no se trata de ser o no correspondida, amor, estás en la distancia adecuada Agapi Mou…” Sigo la pista siguiendo mi intuición, descarto las variantes que vinculan este amor incondicional con el sacrificio porque sé que no es es eso. Busco el nacimiento de Agapi, Ágape, mientras recorro la Atenas de ahora y bordeo las ruinas de siglos pretéritos, el ágora, aquella ciudad-estado… Encuentro palabras como aphrodisia (conjunto de actos, de posibles experiencias sexuales), chresis, que se refiere al uso adecuado de esos placeres, enkrateria (dominio de las pasiones), sophrosyne, templanza. No hay malo o bueno, sólo hay medida… La medida, la distancia…

ojo grafitti grecia

(Uno de los grafittis que abundan en las fachadas de Atenas)

El gusto por el recorrido de las palabras hace que entienda el peso del lenguaje, su capacidad unificadora, reflejo del mundo común, razón que une a pueblos, entiendo que en nombre de esos lazos se plantee el nacimiento de las naciones-estado. Caminamos por Axarquía, el barrio anarquista de Atenas, aquella que fue ciudad-estado, referente político para Occidente. Hace unos días fueron las elecciones en Cataluña, intentamos saber quién ha sido el ganador. Dicen “el independentismo ha ganado” y yo no le veo el titular porque lleva ganando ya hace varios referéndums, además ¿Qué es ganar? ¿Acaso el proceso constituyente es una suma de encuentros hasta ganar la Eurocopa? Me llueven los interrogantes: ¿Qué independentismo ha ganado? ¿Pero no eran unas elecciones autonómicas? ¿Pero Mas se va, no? ¿Si permanece es que han ganado los conservadores, no? ¿Cómo que es lo de menos, mientras se resuelve el asunto independentista habrá que gobernar, no? ¿Cómo va a repartir Cataluña sus presupuestos este año? ¿Seguirán los mossos siendo el cuerpo de seguridad con más denuncias de Europa? Ya sé que las fichas están por mover pero sólo quiero saber quién gobernará Cataluña en los próximos cuatro años y cuál será su criterio. Por lo visto estoy mirando el asunto desde la distancia inadecuada y, Agapi Mou, creo que podrás entender que llegado a este punto de repente me siento lejos de no sé qué, creo que de la tierra o de los continentes o de las agendas políticas…

Estoy en ese milhojas de tiempo que es la ciudad de Atenas y vuelvo al concepto de ciudad-estado: un estado con extensión territorial reducida, autárquica (independiente económicamente), autónoma (independiente políticamente), con una vida regulada por el respeto a la ley y la participación de los ciudadanos en los asuntos de la comunidad, una lengua y una religión común, una tradición legendaria y grandes creaciones culturales capaces de crear alianzas con otras ciudades-estado y una estructura social formada por ciudadanos (portadores de derechos)… y esclavos sin derechos… El principio que regía la organización social era la supremacía y no la unión, como declaró explícitamente Aristóteles, así como los esclavos naturalmente debían ser gobernados por hombres libres, las mujeres deben ser gobernadas por los hombres… las mujeres son la mejor expresión de que el referente occidental siempre tuvo los pies de barro.

Rescatar nombres de mujeres de aquella época me alegra y al mismo tiempo me tensa, en medio de esa situación de inferioridad, sin derecho a voto, las mujeres que sobresalían lo hacían normalmente acomodándose a las limitaciones. ¿Sobrevivir a ellas por asimilación? ¿Es que no es posible romper? Aspasia, compañera de Pericles, estudiosa y estadista, fue responsable de la educación de las esposas atenienses y ayudó a crear la notable cultura cívica que la historia ha denominado “edad de oro de Pericles”. La filósofa Arignote fue miembro de la escuela pitagórica, organizó la edición de un libro llamado Discurso Sagrado y fue la autora de Ritos de Dionísio y otras obras. Telesila de Argos era conocida por las canciones e himnos políticos. Corina de la Beócia, profesora de Píndaro, “ganó cinco veces en competiciones poéticas”. Erina era llamada por los antiguos como la rival de Homero. Hipatia, alumna de la escuela neoplatónica, destacó por su conocimiento de las matemáticas y astronomía, amén de por su vida ascética. La poeta Safo dirigía una escuela para mujeres en Lesbos. Dos de las alumnas más conocidas de Platón eran Laxênia de Mântua y Axiotéia, ambas hetairas, una profesión que ofrecía una alternativa más independiente y relativamente respetada al papel sumiso de esposa y que en ocasiones permitía tener una importante ascendencia en el terreno político. Aspásia, que tanto contribuyó para la cultura ateniense, es considerada una hetaira…

Quizás por eso ponga en duda el juego de las distancias, porque las unidades métricas suelen generarme insumisión.

Prometo que en cuanto regresemos al GoOn buscaré en la barriga de mi ordenador una novela que leí hace tiempo: “La soledad de los números primos”, de Paolo Giordano, no soporto las novelas sentimentales pero hay un párrafo, un párrafo…

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(Llegábamos a Hydra)

«En una clase de primer curso Mattia había estudiado que entre los números primos hay algunos aún más especiales. Los matemáticos los llaman números primos gemelos: son parejas de números primos que están juntos, o mejor dicho, casi juntos, pues entre ellos media siempre un número par que los impide tocarse de verdad. Números como el 11 y el 13, el 17 y el 19, o el 41 y el 43. Mattia pensaba que Alice y él eran así, dos primos gemelos, solos y perdidos, juntos pero no lo bastante para tocarse de verdad».

Encontrado el párrafo, cierro el ordenador. Avanzamos hacia Hydra. Qué ganas de volver a preguntarme por Homero y Hesíodo. A quienes les gusta medir el mundo suelen decir que sus obras marcan una frontera narrativa y filosófica: el paso del mito al logos. La Iliada y la Odisea recopilan los relatos orales de los rapsodas de diferentes culturas. Aquellas historias memorizadas, hechas para ser dichas, pasaron a ser escritas de la mano de Homero y así la poesía de los rapsodas adquirió un ritmo, una estructura y una densidad épica desconocida hasta entonces. Odiseo y los aristócratas ambiciosos que se lanzan al mar, navegan y luchan para conquistar territorios ajenos, se convierten en mitos estables, sus códigos de honor, de guerra y de supervivencia extrema se transmiten como cualidades heroicas, en sus viajes arriesgados se establecen los inicios históricos de un pueblo o nación. La forma de ver el mundo de Homero llegó  a nuestros relatos de manera esencialmente intacta (Hollywood la perpetúa), en cambio las de Hesiodo, otro narrador de entre los siglos VIII a C y el VII a C, es casi como un secreto para erudit@s. En su Teogonía Herodoto propone que Zeus, el padre de los dioses, llega al poder de forma violenta y no por primogenitura. El orden instaurado por Zeus, la justicia que concede como instrumento a los humanos para que se regulen, no nace de un orden “natural” sino de un acto violento. Zeus mata a su padre. El complejo de Edipo que sostiene nuestros relatos míticos queda desenmascarado.

En Los trabajos y los días Hesíodo apuesta por describir la vida campesina, sus técnicas y fases. Para sus protagonistas la supervivencia no es una aventura, la muerte forma parte de la vida cotidiana. La vida depende del sustento y éste no está del todo en sus manos, pues cuando no interviene la naturaleza está mediado por el comercio o el abastecimiento de esa clase aristocrática que les retribuye con la seguridad. Sus héroes no son los míos, pero casi. Mi mente no es agraria, aunque si depende del cielo y mira al mar y se integra en el vaivén de cualquier brisa y por integrar la muerte y los nacimientos en cada instante, no entiende bien las distancias.

Allí llega Hydra, que no se ha movido del mapa. El sol empieza a caer por el horizonte. Hay ojos que aún no saben a qué me refiero y otros que guardaron el mar bajo las pestañas antes de cerrarlas para siempre. Hoy toca comenzar una nueva etapa insular, aquí, aunque siga sin saber muy bien dónde estoy y me sienta extrañamente lejos.

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