El rebetiko, el sexo… y el espanto

BY MARTHA ZEIN

De Hydra a Syros se fue deshaciendo la luna, en Naxos volvió a arrancar una sonrisa a la noche. Estamos a dos crónicas del final pero Carme y Pepa no lo saben; rebañan los baños, la luz del sol, la tibieza de los días, si llueve se deslizan en el camarote, al viento le plantan cara para que les de en el rostro… Cada tripulante que sube al GoOn trae consigo la primavera, incluso ahora, en la recta final de nuestro periplo. A este viaje sólo le queda un plenilunio por delante pero Pepa y Carme han llegado y aún podemos bañarnos en las calas vacías, !si!. Me alegra sentir que el mar es mar hasta la última gota. Canturreo uno de los temas que más me pueden cautivar en catalán, “Ara l’amor me diu que és primavera”, un poema de Guillem d’Efak musicado por Joan Martorell:

“Ara l’amor em diu que és primavera / just quan la neu me fa vinclar les branques. / ¿Podrà aquest sol tornar les penes aigua? / ¿I què en farem, llavors, de tanta llàgrima?”

(Ahora el amor me dice que es primavera / justo cuando la nieve me hace doblar las ramas. / ¿Podrá simplemente esto convertir las penas en agua? / ¿Y qué haremos, entonces, con tanta lágrima?)

Encontramos un árbol del amor floreciendo en otoño para confirmar toda sospecha. A bordo también ha llegado un libro, “El sexo y el espanto”, de Pascal Quignard. Es un ejemplar pasajero, o lo leo ahora o se queda pendiente.  Me recuerda que mi novela (Un lugar llamado éxtasis) me espera en tierra con sus líneas abiertas. Sueño con que vuelvo a zambullirme en la historia de mi personaje, Al, controlo las ganas y, a cambio, abro por la mitad al recién llegado a ver si me convence. Leo: “No hay más tiempo en una vida larga que en una breve. Lo único que cuenta es el instante máximo en su presencia plena. Esos instantes son inmejorables. No hay que posponer ninguna alegría”. Le doy la bienvenida; a partir de ahora nos acompañan Carme, Pepa y el sexo… o el espanto.

DELFINES

No hay dos días No hay dos flores. No hay dos cuerpos. No hay dos viajes. El mar es lo que sucede en él. El viento del norte está aullando en las Cícladas, si elegimos ir hacia el sur encontraremos la calma, por el camino nos enteramos que comienza una conferencia anual de rebetiko en Hydra… Resultado: ponemos rumbo hacia allá. La música, esa es la razón por la que viramos el timón e izamos las velas y no otra. ¡Ya era hora!.

Alcanzamos el puerto de noche; es pequeño y está hasta arriba. El velero que nos ha adelantado por babor duda y tomamos la iniciativa: nos abarloamos por popa a un inmenso catamarán y por estribor a un velero holandés mucho mayor que el nuestro. Nos lanzamos a tierra, sonrientes, en busca del sonido de los bouzoukis (un instrumento de cuerda de inspiración morisca que es abombado como el laúd) y los lamentos de los hombres. Nunca he escuchado este tipo de música, sólo sé que la comparan con los fados, los blues y los tangos, por eso me imagino voces rotas. En una de las plazas de la chorá (así llaman al casco antiguo de las ciudades, generalmente dentro del recinto amurallado) encontramos el restaurante en el que se llevará a cabo el concierto. No, no hemos reservado mesa. ¿Y si volvemos para el café? Ok, nos harán un hueco al final. Preguntamos a una de las comensales con más suerte si nos recomienda un restaurante cercano. Nos acompaña hasta un rincón privilegiado: bajo un emparrado un puñado de mesas con mantel rojo nos esperan. Comida deliciosa, griega, vino abundante. Magnifica conversación. El jardín es casi nuestro. Todo el mundo está en la plaza.

RECORRIDO PEPA

(trazado de esta última etapa, visto desde el satélite)

Para calentar motores explico algunos detalles de aquel estilo musical al resto del grupo; en los giros de la conversación me lo cuento a mí misma. El tema me fascina. El rebetiko nace en los márgenes de las grandes ciudades, a donde emigraron los perdedores de las sucesivas guerras (la de la independencia, la primera y segunda guerra mundial, la civil…) y de las intermitentes dictaduras (Matraxas y la junta de los coroneles). Sus intérpretes eran un tipo de hombres: inconformistas, marginales, amantes de la buena vida, consumidores de hachís, provocadores… de hecho el rebetiko arrancó en las cárceles, creció en los fumadores de hachís (tekédes), saltó a los café Aman y tras la posguerra terminó diluyéndose en una oferta musical más amplia a medida que el bouzouki se integra en los grupos pop. Ni las letras ni las melodías eran muy elaboradas en una primera etapa, de hecho solían partir del diálogo de dos cantantes, que intercambiaban versos repentizados y para ganar tiempo a la inspiración solían repetir entre las estrofas “amán, amán”. Amen, amén, recuerdo, por supuesto, a los glossadors de Mallorca que conocí al arrancar la primavera y a quienes grabé para el proyecto “WOW. Literatura y Paisaje”. Amán, decían los rembetes al cantar, Amén dicen los cristianos para afirmar las frases de quien realiza el oficio. Tabernas e iglesias se enlazan con versos y humo de hachís y el dolor de los vencidos.

No sabía que el rebetiko está más cerca de mi cultura musical de lo que parece, probablemente pocos lo sepan. Hay un tema titulado Misirlu (“la egipcia”), una especie de tango portuario que habla de desesperación y amores imposibles por tabúes religiosos e interraciales, que cruzó el charco en los años 30 y de allí pasó de mano en mano hasta que al guitarrista de origen libanés, Dick Dale, le dio por acelerar su ritmo y lo convirtió en un himno del surf rock. Luego llegó Tarantino, la incluyó en la banda sonora de “Pulp Fiction” y… este fue el resultado:

Cuando regresamos los músicos buscaban inspiración y el bullicio apagaba aún más sus acordes. El rebetiko no parecía querer mostrarse haciendo evidente que no era el lugar ni el momento. No nos lamentamos, hemos entrado ya en la zona rebetika de Grecia, quizá en Syros sea más fácil o quizá otro año o quizá nunca… Nuestra última tripulación viaja sin expectativas. A bordo nadie espera más que lo que está en nuestras manos (la sonrisa a tiempo) y esa actitud genera abundancia; todo lo que sucede es un obsequio.

Obsequio. El libro de Quignard me recuerda que he de tener cuidado a la hora de elegir las palabras. Obsequio era el respeto que el esclavo le daba a su amo en Roma a principios de nuestra era, remite a una actitud vergonzante para cualquier ciudadano porque era pasiva e indicaba sumisión, obediencia. El obsequio supremo era el propio cuerpo, sexuado y subyugado. La pasividad era un crimen en un hombre libre; para un esclavo se trataba de un deber absoluto. Las dueñas de la casa (dominus), las parodias, las dóminas, tampoco podían ser pasivas además de tener prohibido amar, lo de tener relaciones con otras personas fuera del matrimonio no era problema siempre que “el barco esté lleno” (embarazo)… En un liberto la entrega absoluta constituía un oficio. Oficio, un servicio que el esclavo liberado debe hacerle a su patrón a cambio de dinero o de seguridad. Intentando ser más precisa miro a mi alrededor y afirmo que en estos días Carme y Pepa se conceden un merecido descanso, un asueto, un tiempo de ocio.

Ocio. De nuevo el texto de Quignard precisa: El ocio de los príncipes romanos pretendía imitar la inutilidad divina. Mantenerse inmóvil era excelso porque equivalía a permanecer quieto como los astros, como las fieras antes de saltar a su presa o el follaje antes de la tormenta. Detenerse ante los ojos fascinados y dejarse contemplar es una acción valiosa, divinizante. Ese era el valor del ocio. De ahí venimos. El GoOn avanza lentamente, ahora hacia Kea. Permanecemos inmóviles mientras las olas golpean en el casco.

GOON DESDE EL AIRE

Cortesia de Andreas Balasiu

A medida que avanza el otoño los navegantes se vuelven genuinos. Se lanzan al mar fuera del calendario de vacaciones. Lo notamos en las banderas. Por primera vez encontramos estandartes polacos, en Kithnos Andreas Balasiu, rumano, se brindó a tomarnos una foto con su dron, hay más y más holandeses, estadounidenses, franceses, belgas… y cada vez menos alemanes.

Por cierto, ahora que se aproxima el día en el que tendré que hacer las maletas se me ha ocurrido plantearme si los miedos se facturan como equipaje. Pepa podría ser una buena fuente de información; su primer libro, un conjunto de relatos basados en experiencias autobiográficas, se titula “Lo verdadero es el miedo”. Además, se trata de su primer viaje en velero. En la primera conversación, antes de arrancar motores, pronunció en alto el nombre de todos los miedos que había podido imaginar: a la claustrofobia en el camarote, a la agorafobia en medio del mar, a la profundidad de las aguas, a las corrientes, a las malas compañías, a los vientos huracanados que quitan el sueño…  A medida que los decía en alto sentía que sus pulmones se vaciaban y que Pepa iba enflaqueciendo hasta convertirse en chispa. A su lado comprobé algo: A cada miedo exorcizado le correspondió un brindis al sol, un canto a la vida. “Lo verdadero es el miedo”, “lo verdadero es que tengo miedo”, lo verdadero es que nadó hasta la orilla lejana y subió a pulso las empinadas escaleras que dan al mar por popa.

Lo verdadero es que el amor me dice que es primavera / y yo me lo creo. Me río del calendario… dice Guillem d’Efak y continúo cantando:  “¿De bat a bat vols que obri les finestres? / ¿I què en farem de tants ocells a lloure?) (¿De par en par quieres que abra las ventanas? / ¿Y qué haremos de tantos pájaros sueltos?).

Ahí va el tema completo:

El sol arrancaba el día tiñendo de rojo el mar cuando los delfines saltaron por proa. Nadie les había convocado. Carme los oteó a contraluz de ese enorme agujero celeste. Fui la última en incorporarme a los vítores. Era uno de los amaneceres más bellos del viaje. Avanzábamos hacia las Cícladas en dirección a Kea, llegábamos tras días de tormenta, el mar estaba vivo, las olas no terminaban de romper, la vela mayor mantenía erguido el velero. Octubre nos ofrecía un cielo azul que en seguida se teñiría de gris.

Logramos retrasar el encuentro con la lluvia un día más. En tierra descubrimos un león esculpido 600 años antes de nuestra era por una mano ingenua. La figura se ofrece hoy a la vista en medio de una colina fértil,  que recuerda que el nombre primitivo de Kea fue Hidrusa Υδρούσα, “la isla del agua”. Rodeada de terrazas cultivadas y olivos, entre restos de la antigua ciudad de Lulis, la figura parece aprovechar la forma de la roca. Una de las leyes de aquella ciudad, Lulis, imponía que cada ciudadano mayor de 60 años se había de matar envenenado. El león aún sonríe, su cuerpo me recuerda al de una serpiente. Aquella noche, por primera vez en este viaje, llovió sobre el GoOn.

Los despertares lluviosos son más lentos, los sueños se alargan y los desayunos crecen en el plato. Toni suele aprovechar esos momentos para hacer maravillas en el fuego, unas veces con lo que hay y otras con lo que hemos comprado. A mi me da por leer o escribir, en realidad lo hago constantemente, a veces sustrayéndome de lo que sucede en el entorno; no me importa, asumo que soy una mujer que vive varias veces en una y eso supone perderse algunos detalles del universo narrado y del vivido. Además, el ensayo de Quignard me atrapa. Son sus preguntas, más que sus respuestas: “¿por qué el amor es misterioso (misterioso quiere decir místico, y místico quiere decir silencioso), inefable, indecible, inexpresable, so pena de muerte? ¿Por qué la noche sin sueño es la guarida mística de ese silencio?”  Por respuesta señalo la huella que deja la ola cuando el mar lentamente se retira. El libro responde, en íntimo diálogo: “El nombre de esa ola que surge, dice Lucrecio, es voluptas…” Yo le atajo: Cuando Augusto reorganizó el mundo romano bajo la forma del imperio, el erotismo jubiloso, antropomorfo y preciso de los griegos se transformó en melancolía espantada. De ahí venimos, sin saberlo.

He de dejar el diálogo, me reclaman. “!Martha, aprisa, trae un trapo!”. Ha entrado en cubierta una melva de casi medio kilo. No llovió del cielo sino que vino enganchada en el anzuelo, con la boca desgarrada. Lo siento, no me gusta pescar y cada vez disfruto menos del pescado en la mesa. Año tras año el Mediterráneo se nos muestra más exhausto, los pescadores vuelven con las cajas más vacías y las piezas más pequeñas. Mi paladar pierde ante esa suma. Sin embargo me contagia el alborozo de quienes, como ahora, disfrutan del exquisito plato. Ese es el pacto: disfrutar y agradecer por lo que tenemos. El brindis que más suelo repetir en la mesa es: “¡Otro día que hemos comido, enhorabuena!”. Sí, a la Merkel no le va a gustar…

amanecer toni

Y así, sorteando nubes y rebañando calas, enlazamos Hydra con Kea y ésta con Kithnos, la isla que quedará en nuestra memoria como “la de las aguas termales”. En un rincón del puerto, a los pies de un balneario abandonado, el agua caliente se mezcla con el mar creando una pequeña piscina natural. Nada más arribar a la isla la alcanzamos, una parte de la tripulación a nado, la otra a pie. No éramos las únicas personas queriendo disfrutar del agua caliente al caer el sol. Demasiada gente, algunos con una cerveza en la mano. Tomamos nota y al día siguiente, poco después del amanecer, volvimos a aquel rincón. Esta vez gozamos del espacio y del calor a solas.

Con los ojos cerrados, recordé a todas las personas que han subido a bordo del GoOn, este año, el pasado… Hemos dormido hombro con hombro, hemos compartido silencios, arrullos y secretos, hemos hecho cosas que en tierra sólo hacen los más íntimos, hemos vivido a merced no sólo de la naturaleza sino del resto de la tripulación. De alguna manera Toni y yo formamos parte de ese tiempo que l@s tripulantes se conceden fuera de sus vidas cotidianas, lejos de las obligaciones y de la tierra. Quizás buscaran algo “extraordinario”, lo que encontraron, lo que hicimos, fue excepcionalmente sencillo. Por otro lado, junto al mar, los delfines, el viento y los temores, estamos él y yo, formamos parte del paquete. Doy las gracias desde aquí por su generosidad y confianza y también por sostener nuestra desnudez.

Cuando alcanzamos Hermoupolis, la capital de Syros, principal isla de las Cícladas del norte, el rebetiko volvió a aparecer en el horizonte. Sabíamos que en aquella ciudad, fundada durante la revolución por los exiliados y rebeldes que crearon el nuevo estado/nación griego, había nacido uno de los maestros del rebetiko, Markos Vamvakaris. Buscamos tabernas en donde se ofreciera música en directo. Hermoupolis (Ciudad de Hermes) es hermosa, sus avenidas, hechas de mármol, recuerdan a Venecia, buscar entre los callejones es una verdadera delicia, no importa en pos de qué se vaya.

Descubrimos las iglesias ortodoxas y católicas que saben convivir en armonía desde hace siglos, las terrazas de la plaza mayor, los puestos de frutas y verduras cercanos a ella, las casas nobles asomándose a un estrecho paseo marítimo que hace las veces de trampolín para bañistas…Cuando tuvimos la oportunidad de acercarnos a la taberna adecuada, Pepa y Carme ya habían regresado a sus ciudades de origen, el viento era tan fuerte (rachas de 40 nudos), nuestro refugio tan lejano y la lluvia tan fuerte que no pudimos abandonar el barco.

“El sexo y el espanto”, nuestro tercer pasajero, tuvo mejor suerte. Cuando el cielo despejó y el viento permitió desplegar todas las velas, después de rodear las islas de Paros y Andiparos (Cícladas Medias) y alcanzar Naxos, nos colamos en una velada de rebetiko organizada en el castillo veneciano de la chora… Fue tan inesperado el encuentro que pasé la velada con el libro en el regazo, tal y como lo llevaba al salir del barco con la idea de dar un sencillo paseo. Mientras gozamos con el bouzouki virtuoso, creí escuchar la voz de nuestro tercer pasajero, el libro: “lo que fascina, atrae, embruja, y detiene la mirada”, como respuesta me hice cargo de la inmovilidad de la sonrisa en mi rostro. Añadió: “la fascinación paraliza e inhibe, en cambio el deseo nos arroja a la búsqueda de lo que se esconde a nuestros ojos” y asalté el círculo de bailarines, me  agarré a los hombros de quien danzaba a mi derecha y me puse a brincar al son de la música. Cuando regresé, feliz, a mi sitio, el libro me estaba esperando con una directa. “Está fascinado quien no puede apartar la vista del fascinus (pene erecto)”, espetó.

Se la he ido devolviendo.

Rembetico & bouzuki

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