Lo inesperado

BY MARTHA ZEIN

Abajo queda el agua y sus islas, el GoOn y yo misma. Vuelo. Bajo mis pies transcurren seis meses, ciento ochenta días, mil ochenta horas, dos mil setecientas millas, decenas de instantes, un puñado hermoso de personas. Cierro los ojos, siento vértigo. Imagino que me he encaramado a una tabla pendiente de dos cuerdas y me empujan por la espalda; quiero exclamar “!Más alto, más alto! !Tocaré el sol con los pies!” pero no puedo. Se me ha quedado enganchado el aliento en una isla.

Pongo la mano en mi pecho. Carraspeo. Toso “Leros”, susurro “el mar”, mi garganta no logra ir más lejos. Me asomo a la ventanilla y le pido al viento, bajito, que diga lo que mi voz no alcanza. Las nubes responden “Aquí arriba podrás llover sobre tu destino”. Una gota se abre camino en el cristal.

1 silla

(una silla especial en la sala del aeropuerto de Leros)

En la única casa de Isla Levitha, Dimitri, el capitán de uno de los tres veleros fondeados en el refugio de la bahía, intentaba explicarnos en un idioma que no es el suyo el significado olvidado de la palabra “psyché”. No sé si has probado a explicar algo importante en una lengua que no manejas: Has de elegir los términos, crear metáforas, buscar otro camino, cada frase es una joya… Pues bien, así hablaba él, expresándose con todo el cuerpo, contándonos la historia oculta de las letras como si fuera imprescindible para su supervivencia. Bajaba la voz, la subía, exalaba, su gesticulación era fascinante, sus ojos chispeantes rompian el tiempo. Allí regreso:

– “Psy es una letra, Ψ”.

La dibuja.

“Fíjate bien. Observa el trazo”.

Lo contemplo como si fuera un cuadro. Sé que primero fue el signo y luego la palabra.

– “¿No la ves? Es una mariposa con las alas desplegadas”.

Imagino que tomo una con dos dedos. Recuerdo que en la cabecera de este blog el velero pintado por Dalí despliega once mariposas y tomo la mayor del GoOn con dos dedos. Dimitri insiste:

– “¿A qué te remite?” – No espera mi respuesta – “Es el soplo de una brisa, el aliento, el aire frío”.

Cada palabra suya es un esfuerzo rodeado de silencio, una isla de sonido en medio del mar azul de su garganta. Sé navegar, bordeo, pues, sus huecos y cartografío aquello que no logra decir:

Cuando los pulmones se llenan de aire, aletean.

Los sonidos que emitimos nos hacen avanzar.

Las palabras dichas nos empujan…

Mientras Dimitri decía “psyché” como si quisiera inflar un globo, yo volaba.

1 avion

Vuelo. El avión salta una nube y me hace escupir una imagen: La mariposa que abandonó mi pecho revoloteando en el puerto de Lekki. Siento un nuevo crujido, ya no sé en qué viscera. “!Más alto, más alto!”, pedía de niña. Pocas veces empujaron mi columpio, ahora sucede y soy la nena y soy la adulta. Balanceo mis pies, quiero trazar tirabuzones en el aire, ellos escribirán lo que yo no sé. Caminan sin llevarme.

Lekki era el puerto principal de la isla. En sus calles cientos de hombres y mujeres jóvenes y sus hij@s vagaban esperando su destino. Probablemente en su país de origen muchos de ellos no se hubieran dirigido la palabra, pertenecen a clases sociales diversas. Caminaban, siguen haciéndolo, andan para matar el tiempo y el frío y mientras lo hacen conversan. Paseábamos entre ellos. Habíamos llegado al mismo lugar. Compartimos destino.

Pego la nariz al cristal de la ventanilla mientras mis piernas (la punta de mi bolígrafo en este cielo por el que ahora vuelo) escriben: “Estoy aquí”. Aquí, sobrevolando nuestro destino.

Rebusco en el cuaderno de bitácora aquella primera caminata común, cuatro seres humanos más en medio de aquel barullo, pero el texto se me ofrece como si fuera un cuadro, como si todo lo allí escrito fuera un único símbolo. Quizás no he retirado bien las pestañas. Las restriego. De nada vale, las frases del folio siguen trazando olas. Dejo que la mirada navegue en ellas, no leo. Cada letra es una onda bella en sí misma, una minúscula geografía… De golpe llega un recuerdo: estoy dibujando la z en una pizarra; debo tener diez años y me presento ante la nueva clase. Me inventé una zeta extranjera, tanto como lo era yo.

1 mapa

(la linea roja es la ruta grabada por nuestro gps durante estos últimos seis meses)

Aquello que escribí, hoy, desde entonces, es hilo de espuma. La no pertenencia tiene su aquel, permite mirar con extrañamiento la vida: en vez de entenderla, la contemplas. Con ese hilo, el de siempre, he ido enhebrando a l@s tripulantes del GoOn con el recorrido, no importa si subieron a bordo o no. Cada vez que escribo su nombre aparecen: Justo, Pilar, Lluis, Inma, José Ramón, Nerea, Jorge… Trazo letras extranjeras, la p, la i, la l, la a… Son espirales en las que quedan envuelt@s. No necesitaron estar para ver, como yo, que la noche era cerrada y fuera bramaba el viento y Dimitri soplaba las letras de “psyché”.

Estábamos a salvo en aquel rincón, una minúscula isla en medio del Mediterráneo, un pedacito de tierra en medio de un mar bravo. Bebíamos vino local. Aquella era una conversación de gentes de mar. No nos conocíamos y Dimitri chapurreaba “psyché”, mientras yo me preguntaba cómo el signo Ψ, equivalente al aliento, mariposa de alas desplegadas, terminó sepultado por las palabras. Como si estuviera dispuesto a empezar de cero, aquel griego nacido en la isla de Spetzes  dibujó otro signo en el papel: φ. Dijo su nombre, “Phi” y añadió “Mirad”. Me quedé a solas con los dos signos. Allí estaban, φ y ψ, uno tras otro. Resultaba muy fácil deducir que el primero, esa circunferencia partida por la recta, Phi, esa semilla primordial, se abrió para transformarse en una mariposa, Psy. Era divertido. Se lo hice entender repitiendo el dibujo con mi propia mano, como quien encuentra una solución feliz, pero Dimitri espera más de mí e insiste:

“Nuestra forma de entender la geometría es manca”.

Vuelvo a prestar atención al círculo. Cuando dibujamos una rueda y la echamos a rodar, cuando en matemáticas o en física entendemos la longitud de una circunferencia y su diámetro, solemos pensar en el número pi (3,1416..) porque nos encandila que sus decimales sean inconmensurables. Pienso “Ese redondel partido es una rueda, una circunferencia en movimiento”, al mismo tiempo Dimitri exclama:

– “!Phi!, el número áureo, nuestros ingenieros olvidan las proporciones geométricas presentes en la naturaleza, piensan sólo en edificios, en física, en matemáticas, pero el alma, phi, el aliento, viene de ahí, ¿lo entiendes?” 

Claro que lo entiendo, soy extranjera, puedo comprender en miles de idiomas, aunque no sepa hablar en ellos. Soy especialista en encontrar sentido.

El viento empuja el avión. Poco a poco Grecia va quedando atrás. El “aquí” se va deshaciendo. Me muevo en mi asiento y musito !Ahora! como si dijera !Abracadabra!

1 barco en tierra

(El GoOn en tierra, de fondo el mar)

El GoOn se quedó en Leros, allí, hecho un nido en tierra. Ahora su quilla sabe del mar sólo por la sal que le trae el aire, su único aliado. Me pongo en el lugar del GoOn, siento su desasosiego: es incapaz de tocar a su amante, al que huele, siente y ve. Durante los próximos seis meses no podrá mecerse en él ni bailar sus olas,  el viento será la encarnación del aliento del mar.

Vuelvo a aquel vaso de vino en la casa de los únicos habitantes de Levitha.

La noche había comenzado hacía muchas horas. El tiempo parecía detenido. Estábamos en mitad de la nada, lejos de cualquier parte. “Psyché” (que podría traducirse como alma en griego, aunque por su uso identificamos el término con mente) seguía siendo el centro de nuestra atención. Dimitri dibujaba una tercera letra en mi cuaderno: χ, con la que hoy representamos las incógnitas… La serie quedaba así: φ, ψ, χ, Al verlas juntas exclamé:

– “!La mariposa echó a volar!”. 

Al desplegar sus alas, la ψ se había convertido en χ.

Al día siguiente quisimos partir pero el viento nos devolvió a la costa. Esperamos 24 horas más. Me divirtió pensar que si regresábamos era porque nos habíamos olvidado algo.  Decidimos bajar a tierra y patear la pequeña y acogedora Levitha. Caminar es una forma de pensar y a mí me dio por darle vueltas a χ, la equis. La noche anterior, antes de irme a la cama, había indagado en la representación de ese signo. Me había enterado que nueve siglos antes de nuestra era el griego eligió el alfabeto consonántico fenicio para poder expresarse por escrito. A él añadieron las vocales y tres letras más: φ, ψ, χ, (phi, psi y xi), con las que querían representar el aliento. La equis sería la vigesimocuarta letra del alfabeto griego. Se vincula su origen con un grafema egipcio, dyed, un antiguo fetiche de la época prehistórica relacionado con los ritos agrícolas que perduró en la iconografía egipcia para simbolizar la “estabilidad”, el tronco de un árbol, la columna vertebral del dios Osiris, el dios egipcio de la resurrección, símbolo de la fertilidad y la regeneración del Nilo, la expresión de la inmortalidad.

En uno de los descansos del camino dibujé en el suelo una de sus representaciones, similar a una “e” mayúscula. Cuando contemplé el dibujo junto a mis pies recordé algo que había olvidado: Dos días antes de partir con el GoOn, en mayo, soñé con esta letra. La llevaba dibujada en la palma de mi mano; las ponía bajo un manantial y bebía en ellas.

Me estremecí. El final del viaje comenzaba a abrazar a su principio en un vertiginoso bucle.

xi en griego

(Letra x en griego, como verás, es una suma de rizos)

Aquella iba a ser una navegación exigente. Estábamos preparad@s. Con las velas desplegadas y la atención puesta en cada ola, partimos. Unos dedos invisibles empujaban nuestro velero hacia el último puerto: Leros. La tripulación se sumió en el silencio. De niño, John atravesó una tormenta que pocos adultos lograron superar al frente de su barquito velero. En aquella discusión airada, mar y viento devoraban las naves que encontraba a su paso. Aquella competición se convirtió en un infierno y él en un niño vencedor. Superviviente. Heroico. Ninguno de aquellos honores que le otorgaban habían sido elegidos. De la noche a la mañana se convirtió en el adalid del viento. Cincuenta años después John volvía a subirse a un velero. A su lado, a treinta millas de Leros, María estaba entregada a los elementos. Aquella era su primera navegación, María lleva el mar en su nombre.

John y María eran nuestros últimos compañeros de viaje. Con ellos clausurábamos este ciclo y con ellos regresaríamos a tierra. Acompañantes de fronteras, expertos en límites, magníficos cómplices. Les observaba, como también me detenía en los cambios del viento. El mar entraba en cubierta de vez en cuando, escupía espuma sobre nuestros cuerpos, nos empapaba el rostro. Y al timón la constante: Toni, el capitán. Durante seis meses se ha dedicado a llevar a decenas de personas a su destino. Ante él, el mar se transforma en la laguna Estigia. ¿Qué barca llevará al barquero el día que tenga que alcanzar la otra orilla?

John, María, Toni… Podía contemplarlo todo, menos a mí.

“Abre tus pulmones, aspira más y encontrarás la incógnita”, me dije.

De niña estaba convencida de que era muy fácil adivinar el futuro: No hacía falta más que asomarme a la azotea de la casa de mi abuela. Fui tan sólo una vez pero fue suficiente para recordarlo toda la vida. Desde allí arriba pude ver cómo mi vecina, al doblar la esquina, se encontraría con mi madre. Me sorprendió adivinar que se iban a encontrar antes de que ellas mismas lo supieran. !Eureka! ¿Cómo no se habían dado cuenta antes los adultos? Adivinar el futuro era “superfácil”, no hacía falta más que subir unos cuantos pisos por la escalera.

Abrí los pulmones y días después tomé este avión. El paisaje pasa ahora por mis pies deshaciendo en un par de horas lo que construimos en seis meses. ¿Cuál de todas ellas es mi orilla? Pego la nariz a la ventanilla, sé que allí abajo estoy yo doblando una esquina para encontrarme con lo inesperado.

1 1 viento

(el viento, haciendo que las olas huyan de la costa)

Este es el tiempo del viento, el mismo que nos retuvo en Cerdeña durante una semana al comienzo de nuestro viaje, el que ha estado alargando el encuentro con Leros durante los últimos días, el que ahora me empuja y el que sigue despeinando el agua. Le he visto, le veo. Sé lo que es capaz de arrancarle al mar: se eriza, se endulza, se mece, pierde la voluntad. En Amorgós, la isla de la que partieron Bego y Marta, la misma en la que se embarcaron María y John, vimos cómo conseguía que las olas huyeran de la costa, locas, idas de pasión. Chocaban donde no debían. El viento, qué malvado, las convertía en espuma.

La voz de una mujer rompió nuestro silencio. Daban un aviso por radio.

“Pan-Pan, Pan-Pan, llamada general, llamada general…”

A quince millas de nosotros, entre Farmakonisi y Leros, caían 12 personas al agua. El mar se convertía una vez más en la mortaja de los refugiados sirios.

El silencio que nos acompañaba se hizo abismal. María tomó su péndulo y lo hizo girar, sostenido como una ala de mariposa entre dos dedos, mientras musitaba cánticos de amor en hebreo. John respiraba con todo el cuerpo, en un acto de impresionante presencia y entrega. El capitán sorteaba una ola tras otra, puro acto. La muerte estaba devorando en la mesa de al lado. ¿Qué podía hacer yo?

Al día siguiente les vimos en el puerto, formaban una fila con un folio en la mano, delante de la oficina portuaria. El suelo del muelle estaba cubierto de chalecos salvavidas. Los supervivientes eran jóvenes, en su mayoría hombres. Me sorprendió ver que ellas llevaran la cabeza cubierta con un velo. Las imaginé en medio del vendaval, con una mano agarrada al pañuelo que las cubría y la otra a la balsa ¿o al menor de sus hijos? ¿o al más fuerte de la tripulación? ¿O a cualquier cosa que flotara?. Sólo tienen dos manos. Ir veladas era tan importante para su supervivencia como no ahogarse. Una madre corría detrás de su hijo, los ojos de l@s niñ@s brillaban, baulitos de risas contenidas.

Recuerdo a cuatro pequeños haciendo hogar en torno al cuerpo de su madre. Frente a ellos, en la misma calle habían levantado un par de tiendas de campaña, una de ellas de ACNUR. ¿Cuántos días llevarían allí? ¿semanas?, ¿meses?. Recordé lo largas que eran las esperas de mi infancia y afiné mi pregunta: ¿Cuántas miles de horas llevarían esperando? Los cuatro niños miraban todo lo que sucedía en aquella calle, yo era, pues, parte de su espectáculo. Cuando posaron sus ojos sobre mí empecé a saludarles con la mano de la forma más cómica posible, con todo el cuerpo, como Dimitri explica filosofía, dando esquinazo al verbo.

1 lakki

Volví a hacerlo varias veces (saludar con la mano, tropezar, hacer el ganso) sólo para provocar su sonrisa y el aleteo de sus manos. Cuando llegó la noche, mientras tomamos el último uzzo en consciente muestra de agradecimiento a la existencia, lo hice por última vez. En la mesa nos habían puesto un enorme plato con pasteles de verdura y carne que no habíamos pedido, un regalo de la casa. Le indiqué que se acercara y a la niña se le iluminó el rostro. Su padre le dio permiso. Le entregué una porción del pastel mientras María envolvía el resto en una servilleta. El padre decía con el gesto que era demasiado. Insistimos. La niña esperó a que acabara el regateo de los adultos para probar bocado con el rostro pálido, de tan grave. Comprendí que aquel pequeño ser humano había aprendido a interrumpir la alegría y su aliento, cuando su padre aceptó el regalo volvieron a brillar sus ojos. Minutos después, la camarera volvía a la mesa con otro plato hasta arriba de pasteles de carne y una sonrisa cómplice. Nuestro gesto también las había aliviado. Ejercer abiertamente la compasión podía ser un acto devorador para el negocio, el hambre de l@s refugiad@s podía convertir su cocina en un agujero negro.

Brindamos por el final de nuestro trayecto en medio del sufrimiento, con el corazón en un puño, en medio de aquel mar de gentes. Miraba a mis comadres. Habían sobrevivido a la guerra y al mar y sin embargo no caminaban solas. Sus parejas hacían de su sombra. Dar esquinazo a la muerte no las hacía más autónomas. Probablemente el día en el que las rescataron otro hombre tomó en brazos su cuerpo, rompiendo todos los tabúes, exponiéndolas a una nueva situación de riesgo frente a sus varones. Aquella noche, la última del viaje, a solas ya en el camarote, no pude conciliar el sueño. Los seres humanos que se han enfrentado a la violencia de la guerra buscan el refugio en las entrañas de otro cuerpo. Regresar a las entrañas. Saciar el dolor. Compensar la desesperación de la muerte con la borrachera de la vida, no, no es el amor sólo, es Eros en toda la dimensión de la palabra. Es tal el desgarro, tal el vacío, tan poco vale un cuerpo con vida, que ese refugio necesario se puede llegar a tomar por la fuerza, no importa la voluntad de su dueñ@. En los países en guerra, en los campos de refugiados a los que terminan llegando los supervivientes, los cuerpos de l@s niñ@s y las mujeres siguen siendo un destino. Entrañas humilladas y rotas.

De golpe recordé la primera escena de la película de Emir Kusturica, “Underground”. En pleno bombardeo de su ciudad durante la guerra de Yugoslavia, uno de los personajes protagonistas, Marko, tiene relaciones sexuales con una mujer. No piensa permitir que aquello interrumpa la explosión de vida, el placer, la ebriedad del gozo… en señal de rebeldía coloca una flor en el trasero de la dama, recordando que Eros, Eros, puede vencer la muerte.

1 flor en culo

Estoy aquí, ahora, arriba, en la azotea más alta. Imagino lluvias de peces devolviendo la vida que arrancamos al Mediterráneo, tormentas de caracoles, algas y posidonia. !Que lluevan las lágrimas de las viudas y germinen en ese rincón de la tierra donde no llegaron sus hij@s!. Pregunto a las nubes por los habitantes de Leros. Cada día ven llegar al pie de sus casas a tantos supervivientes. ¿Cómo celebrar la vida? ¿Cómo amar en una trinchera? ¿Cómo amarán los amantes?

Mi imaginación baila. Recuerdo la mirada bondadosa de Joannis, el técnico que se va a encargar de hacer un par de arreglos en la cubierta del GoOn este invierno. Hablaba bajito. El responsable de la atarazana nos hacía de traductor. Calculé que debió de haber nacido en los cincuenta, cuando los supervivientes de la guerra volvían a reconstruir sus casas. Joannes creció al mismo tiempo que se levantaban las paredes de los hogares, escuelas, iglesias…

La historia de Leros resume la crueldad de los vencedores, el barro en el que se sostienen las victorias. Fue la segunda isla griega más bombardeada durante la II Guerra Mundial (después de Creta) debido a la estratégica profundidad natural de la bahía de Lakki. Aquel rincón, cercano a Turquía, era capaz de albergar buques de guerra, submarinos, tropas… En 1943 la bombardearon los británicos para arrebatársela a los italianos (que la habían ocupado en 1912), meses después los alemanes hicieron lo propio hasta que la tomaron. El cielo volvería a romperse sobre Leros un par de años después cuando los aliados quisieron recuperar aquel rincón del mapa. Así, destrozada, la comunidad internacional entregó la isla de Leros a Grecia en 1948. Aquello no significaba el final del sufrimiento, los nuevos propietarios políticos de Leros estaban sumidos en su propio conflicto bélico; la guerra civil en Grecia no terminaría hasta 1950.

Esa fue la tierra en la que nació Joannis. Cuando le llegó la edad de enamorarse, los coroneles tomaron el poder a cientos de kilómetros de allí, a pesar de la distancia aquel golpe de estado repercutiría de forma impactante en su vida y la del resto de los habitantes de la isla: los edificios militares que habían resistido a la guerra se convertían en campos de concentración para presos políticos. Cerca de trescientas organizaciones políticas, sindicales y culturales fueron cerradas de la noche a la mañana con el apoyo del departamento de Estado de EE.UU. y la CIA. A los 6.700 detenidos en las primeras horas se sumarían otros 60.000 presuntos opositores. Una parte de ellos, varones y adolescentes, fueron recluidos en Leros.

Encontramos uno de esos edificios en nuestro paseo por la isla, en uno de sus muros aún podía leerse un rótulo escrito en italiano sobre el orgullo de aquel ejército por participar en la guerra. Hoy en sus ruinas levanta su refugio un cabrero.

1 italianos

Leros apenas supera los 75 kilómetros cuadrados. Hoy la población censada apenas supera los 7.000 habitantes. Imagino el impacto de aquella presencia en la vida cotidiana. La miseria generada por aquellos campos de concentración, donde se aplicaba la tortura, no podía pasar desapercibida. Cualquier ventana daba al terror ajeno. La dictadura militar acabó en 1974 y en Grecia volvió a nacer la primavera… salvo  para Joannis y el resto de l@s isleñ@s. Aquellos edificios especializados en el horror volvieron a llenarse, esta vez sería el destino miles de personas pobres con enfermedades mentales, procedentes de todas partes de Grecia. Llegaron a ser 2.750 enfermos. Al frente de ellos había dos psicólogos y 400 enfermeros internos, trabajadores procedentes del campo y del mar que buscaban un empleo con el que ganarse la vida. En pocos años la miseria venció a la moral: aquellas personas olvidadas vivían en habitaciones de 20 camas sin sábanas ni cojines, con colchones sucios y viejas mantas, si  duchas, un sólo plato a compartir entre 4 o 5 personas, 1 o 2 vasos por mesa… El cuidado de los trabajadores se convirtió en explotación y sadismo, compasión y protección eran las excepciones. Fueron decenas de años de dolor escondido a los ojos de la vida continental y sin embargo presente y palpable para quienes habitaban en Leros.

El asunto salió a la luz pública en los ochenta gracias a un reportaje fotográfico en el que se mostraba las condiciones en las que vivían aquellas pobres personas. El reportaje “The Naked and the Damned”, del periodista de investigación John Merrit se publicó en el “The Observer” británico justo un mes antes del VIII Congreso Mundial de Psiquiatría que iba a celebrarse en Atenas. Las fotografías de John Wildgoose prendieron la mecha del escándalo internacional. Aún así, aquel centro no se llegó a cerrar hasta mayo de 1994. El escándalo internacional fue tal que el gobierno griego se vio obligado a hacer una reforma psiquiátrica.

1 leros psiqui

Ahora, cuando Joannis se acerca a su jubilación, son cerca de 3000 personas las que deambulan por la isla huyendo de la guerra.

Toni le preguntó cómo sostenía todo esto. Joannis respondió con un susurro, bajando los ojos:

– “Damos las gracias por no estar en su piel” 

Veo desde mi asiento las innumerables islas, excepciones de tierra en el azul. El Mediterráneo es un foso de un castillo llamado Europa. Aquellos que alcanzan Europa por España temen por sus vidas, el país al que yo regreso no tiene buena fama entre las personas que emigran. Su sueño está en Alemania. Todos quieren ir allí, precisamente el país que encabeza el estrangulamiento de Grecia, allí donde se les está ofreciendo empleos por un euro la hora y centros de refugiados como lugar de residencia. Tengo amig@s en España que se han movilizado en estos meses en los que hemos navegado, forman parte de esos cientos de personas, voluntarias, repartidas por todo el Estado, que han creado rutas seguras para garantizar el paso de los refugiados hacia el corazón del mercado liberal. Saben que allí vivirán aislados, probablemente explotados, pero es su deseo, su necesidad y su derecho.

Les vi pasear por las humildes calles de Lakki, de forma interminable, no volverán a hacerlo así cuando dejen Leros.

Si el continente es el castillo. ¿Qué son las islas? ¿Y sus habitantes? Regreso a Levitha, a la mesa en la que Dimitris nos hablaba de “Psyché” mientras el viento rugía a nuestro alrededor. Manolis, el jefe de la única familia que vive en la isla, nos dijo que a pesar de que sus antepasados se instalaron allí hace 300 años y que desde entonces pagan sus tributos a los diferentes gobiernos a los que perteneció la isla, no aparecen en las estadísticas. Desde 2009 Levitha es oficialmente es una isla deshabitada, es decir, espacio que puede alquilarse, venderse, utilizarse, sin que tengan que dar explicaciones a nadie.

Por lo visto hay una multinacional que está haciendo una investigación sobre la rentabilidad de instalar energía eólica en las 22 islas de la zona para transportarla luego a Atenas por cable. Es evidente que es un proyecto insostenible, es decir, el negocio es precisamente hacer la absurda investigación.

1 hombre de arán

(un fotograma de Los Hombres de Arán)

Apenas quedan unos minutos para regresar definitivamente a tierra. Llevo puesto el vestido de nubes que me regaló Inma. Un poquito más. Quiero que este relato dure un poquito más. Regreso a Levitha. Caminábamos enfrentándonos al viento. La pequeña isla, hermosa y dura, era una suma piedras y viento. Subíamos a las ruinas de un kastro milenario.

En 1933 Flaherty retrató la vida de una familia en una de las islas la bahía de Galway, Irlanda. Aquel primer documentalista de la historia (al menos de Occidente) contaba que la película nació cuando regresaba a Europa en un barco de emigrantes arruinados por la crisis de los años treinta. Escuchaba las lamentaciones de los pasajeros.

-“Pobres de nosotros; tras el crack, la miseria”, decía uno.

-“La miseria y el hambre”, contestaba el segundo.

Entre los lamentos se impuso una voz serena:

-“Me hacéis reír con vuestra pobreza. ¿Qué diríais ahora de un país donde sus habitantes son tan pobres que ni siquiera tienen un puñado de tierra (…) y cuando lo encuentran lo recogen con todo cuidado y le ponen una semilla?. 

Un país llamado isla…

Arranqué este viaje con una pregunta, ¿para qué sirve una isla? Intento formular una respuesta: Una isla es una estación en el túnel, una ventana abierta en el muro, la excepción del agua. ¡Quedan tantos asuntos pendientes aún!

La gota que se abrió camino en el cristal ya me encharca el pecho. La dejo partir.

Ahora, aquí, arriba, desde lo alto, más alto, rodeada de nubes, vestida de ellas, te doy las gracias, a tí. A tí.

Gracias por escuchar,

por dejarte enlazar por mis monólogos,

por dar sutil sentido a mis pequeños hallazgos,

por recibirme en el salón de tus ojos,

por dedicarme un tiempo y respirar conmigo,

porque sin tí no hubiera bailado durante todos estos meses, compartiendo aliento.

Has estado aquí, presente en mi silencio. No estás aquí, nunca estuviste y sin embargo sabes que no es cierto.

Gracias por ser

lo inesperado.

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