Regresar es imposible

BY MARTHA ZEIN

“Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso”, así anunció Shackleton su expedición a la Antártida. Para quien vive en el mar la estancia en tierra puede resultar una expedición peligrosa. Por eso es fácil que volver a navegar implique haber sobrevivido a algún tipo de naufragio.  Los kilómetros vuelan bajo mis pies. 2.800, 2.700, 2.500… (Otra vez este columpio entre las nubes) … 2.300, 2.200 kms hasta Leros, una de las pequeñas islas Griegas que miran a Turquía. Escribo, no duermo. Este texto es el remolcador con el que organizo mi propio rescate. Algo de Martha se quedó aquí hace siete meses, esperando a que regresara, voy a su encuentro.

La noche engulle la vida tras la ventanilla. No quiero dormir. Regreso al lugar en el que no me ahogué, al mismo donde otros sí lo hicieron. Cada vez estoy más cerca del punto final con el que cerré este blog hoy hace exactamente siete meses. Entonces contaba que un millar de seres humanos caminaban sin rumbo por la isla, aliviados de no haber sido devorados por el mar, ni asesinados por las bombas o destruidos por el hambre, felices por el simple hecho de estar vivos. Esperaban su destino allí donde yo lo había encontrado, allí donde cerraba nuestro velero esas personas se abrían a una nueva incertidumbre. A lo largo de aquel verano había hablado de los seres humanos desplazados por la guerra, por el hambre, por el cambio climático, por su ideología… que cruzaban el mar en condiciones infrahumanas como un acto final, suicida. Pero en las aguas que rodean a Leros aquellas personas y los cuatro que viajábamos en el GoOn nos habíamos enfrentado al mismo mar implacable, al mismo viento enfurecido. El estupor aún me muerde las entrañas.

miedo-aviones

No logro dormir. Doy la razón a Heráclito: “En los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos”. A medida que me acerco voy comprendiendo la profunda imposibilidad. Me avanza, este avión me avanza hacia lo que se fue. Aquellas gentes habrán desaparecido de las calles, del puerto, de los rincones de la ciudad; les han recluido en un espacio sin testigos. Sé que tampoco hallaré a la Martha que bailaba con lo inesperado. La que fui no está, algo de ella murió en la expedición terrestre, en esa tierra firme donde el resto del mundo parece encontrar certezas. Voy a mi rescate sabiendo que no me encontraré del todo, del mismo modo que Ulises nunca regresó a Itaca; 20 años después ni la boca de Penélope, ni la arena que volvía a acoger sus pasos eran los mismos. Este avión me regresa a donde no es posible, a esa Grecia irredenta de la que ya nadie habla (el Grexit ahora es Brexit, una cuestión británica).

No pienso dormir, el sueño que se me ha escapado ahora dibuja eses sobre las frentes vencidas de los viajeros. Un desconocido cabecea a mi lado, su boca se estruja sobre el hombro. La ventanilla es una pizarra negra (ni rastro de la luna), leo en ella que todas las partidas son, de alguna manera, definitivas. Intento dibujar un corazón con tiza a modo de conjuro (concretamente un latido) pero la mirada se me pierde allá donde debería haber un abajo. Las pantallas de la compañía aérea indican que estamos sobrevolando Crotone (Italia), pero no veo su rastro; la noche se ha tragado también las nubes, las luces y el mar. Quizá estemos atravesando el luto. Imagino este planeta azul en blanco y negro. Desde que, a bordo del WWFsolar, he hundido las manos en las aguas podridas del Mar Menor (Murcia), sé que el Mediterráneo se muere de tanta muerte que sostiene.

Este mar es una herida abierta a la que echamos sal.

tierra en byn

1.000, 800, 700 kilómetros, en unas horas me encaramaré al GoOn y desde ahí volveré a asomarme al mundo. Las ganas me yerguen y, tiesa en mi asiento, me alzo sobre el último punto del relato que conté hace siete meses para asomarme al vacío que dejó a continuación. Es un pozo blanco anegado de preguntas: ¿Dónde quedaron las monedas que empezaron a prodigarse en Grecia como alternativa al euro? ¿Qué pasó con aquellas restricciones que limitaban la retirada de efectivo de 60 euros diarios o 420 euros por semana por persona? ¿Quién cuestiona ahora las instituciones de la Unión Europea en Bruselas, el Banco Central Europeo, el Eurogrupo, la Troika? ¿Qué fue de los movimientos que ofrecieron resistencia al modelo económico impuesto por las grandes entidades financieras? Grecia fue desapareciendo paulatinamente de nuestras conversaciones hasta quedar reducida a la condición de contenedor de personas refugiadas.

Llevo días rumiando: “menos asistencia, más resistencia”. Intentando corregirme matizo “menos resistir, más… ¿cultivar?”. Sigo en busca de una palabra que no logro pronunciar. Atenas parpadea por primera vez en las pantallas del avión. Voy a Leros plantando cara al imaginario: asistiré si se tercia, resistiré con todas las fuerzas, pero no es eso, no es eso, el compromiso con la vida buena ha de partir de otro lugar. Después de siete meses en tierra digo que nuestros actos han sido inscritos en una coreografía bélica. Miles de personas se han desplazado hasta Grecia y van contando el espanto. Insisten. Toman la palabra. Se hacen portavoces ante la ausencia de un cuarto poder (medios de comunicación) con capacidad de presión para contrarrestar a los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. ¿A quién se dirigen? No por narrar más la barbarie desaparece. Nuestra capacidad para procesar información está saturada. Nuestro cerebro necesita cada vez mayor número de planos por minuto, más variedad de emociones, más intensidad, más cifras. Tanta información genera adicción. No nos hacemos seres más sabios sino más adictos. “Contar menos, profundizar más, convertir las palabras en actos, no sólo describir: enlazar, aportar, conectar, evocar…”, me voy dando instrucciones. Lo último que he hecho antes de partir fue trazar un bello plan con Cova, en pos de las aguas del Mediterráneo, no puedo evitar ver el amanecer con ojos acuáticos.

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Anuncian el aterrizaje. Atenas abre sus pistas. Quizás en este avión viaje alguien por razones altruistas. Dos asientos delante una chica cuida sus instrumentos musicales; me giro, tras de mí una pareja de jóvenes con mochila parecen enardecerse con la llegada. Podría ser este matrimonio de jubilados, incluso podria ser el capitán, incluso yo misma. Por lo visto entre el voluntariado desplazado a Grecia el idioma que más se oye es el castellano. ¿Por qué somos incapaces de forzar al gobierno a acoger a refugiados? ¿Por qué no logramos cambiar las leyes? ¿Por qué nos lanzamos a la asistencia pasando de puntillas por la resistencia? ¿Por qué están tantas pequeñas organizaciones e iniciativas en los campamentos? Decían quienes se plantaron en los campamentos de forma individual que a veces eran más las manos que ayudaban que las que recibían la ayuda. Estamos tan colonizados por el modelo neoliberal que la única ayuda que se nos ocurre es repartir bienes materiales (pañales, ropa de abrigo, material escolar…). Generar soluciones de autogestión en los campos de refugiados parece un imposible.

Al salvar y atender a las personas desplazadas se palia el dolor pero no se frena la mano que hiere. Dentro del sistema, la función de la asistencia es drenar la guerra y así, incluso quienes pelean con uñas y dientes por salvar a las personas más agredidas, convierten Grecia en una trinchera. Sin apenas protestas, sin ejercer la persuasión, con una exigua cooperación social, económica y política (apenas centrada en los campos de refugiados más populares) y una escasa capacidad de intervención no violenta (rescate de náufragos, puntuales corredores humanitarios, acogida en casa a los refugiados…), nuestras iniciativas pacíficas no paran la guerra. Clamar a las puertas del cielo, de los parlamentos o de las redes sociales, tampoco; por lo contrario, implica que se espera que sean los dioses o las instituciones quienes resuelvan lo que no está en nuestras manos. “Ser la venda de esta herida, ser la venda de esta herida, ser la venda de…”, me repito, tengo una idea en la punta de la lengua.

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(pincha el fotograma y verás un vídeo) 

Desembarcamos. A 300 kms de distancia, mis dedos ya parecen tocar lo imposible. Regresar al mar implica desterrar los ojos, exiliarlos de los discursos construidos en tierra, bajo techo y cada vez con más frecuencia ante una pantalla de ordenador. Apenas hemos elaborado un puñado de argumentaciones políticas, morales y de justicia que hayan superado la indignación y el espanto. El Mediterráneo es el muro de Berlín, los ciclos turísticos de sus islas cumplen la misma lógica de explotación que las maquiladoras de Tijuana o Ciudad Juárez, los centros de detención improvisados en Turquía son franquicias de las prisiones operadas por la CIA fuera del territorio continental estadounidense y de su jurisdicción, es decir, con poca o ninguna vigilancia política o pública, lejos de los ojos de quienes podrían exigir cuentas.

La herida de este mar es más profunda de lo que queremos admitir: las prospecciones amplían su radio de acción, las costas están domadas por un modelo económico explotador, su vida se atrofia, los muertos se multiplican ante Lampedusa, Libia, las islas griegas…

En cinco minutos tocaremos tierra de nuevo. Mis ojos están ya cambiando su naturaleza, empiezan a recordar lo último que vieron. Sé que Leros me tirará de la lengua. Abro la boca.

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(aquel iris atravesado por la luz de Hilda af Klint que descubrí en Noviembre)

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