Leros o cómo huir de las prisiones

BY MARTHA ZEIN

Del cielo al mar hay un camino tan largo que han debido de pasar siete días para que el GoOn por fin atraviese el agua con su quilla. Volver a navegar exige un protocolo que pasa por revisar el estado de la embarcación, ese cuerpo común que nos acoge y en el que viviremos durante meses. Las cabras balan por última vez a nuestros pies.

El capitán lleva la contabilidad de los actos necesarios en la cabeza; yo no, yo soy una marinera que hace y piensa al ritmo de las manos. Friego y reflexiono, ordeno los camarotes y divago. Tomo conciencia. Estamos poniendo a punto el GoOn en Leros, saco lustre a sus defensas en una de las islas griegas próxima al Mediterráneo en guerra, lijo las cornamusas del velero en el borde más frágil de Europa. Capitaneo mi propia nave dentro de este barco: escribo y pongo el cuerpo en juego. Voy de las manos a la cabeza. En este orden los pensamientos cambian. Me gusta contemplar el cambio.

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(pincha la foto y verás cómo tomamos tierra)

La belleza y el espanto se dan la mano aquí, en esta isla acostumbrada a ser prisión. Los edificios que construyó el fascismo (Mussolini) durante la IIGM con el deseo de mostrar la gloria de una élite se convirtieron en hangares de uso militar. En los esqueletos arquitectónicos que sobrevivieron a 35 días seguidos de bombardeos, la dictadura de los coroneles levantó cárceles para los prisioneros políticos. La democracia cambió estos presos por los más humildes de los enfermos mentales y de la noche a la mañana la prisión se convirtió en un infierno psiquiátrico que escandalizaría a Europa en los años noventa por el hacinamiento y las condiciones en las que mantuvieron a esas personas durante años. Hace dos meses el alcalde de Leros habilitó las inmediaciones de ese mismo edificio, en el que aún vive un puñado de enfermos mentales que no pudieron reubicarse en el continente, para montar un flamante hotspot (el nombre con el que se han bautizado a los campos de refugiados administrados por la policía y el gobierno).

Oficialmente el lugar tiene capacidad para 1000 personas, en este momento ascienden a más de 620. Me dicen que las autoridades de esta isla vuelven a ver la represión como un modelo de negocio más y que empiezan a recibir refugiados procedentes de otros campos. El mar cumple su función de doble muro de bajo coste para las instituciones punitivas. Froto, pulo, raspo, escucho, pregunto, abrazo a quien se deja mientras deseo que cada palabra me ponga en un compromiso, que hasta los puntos y las comas de este texto se impliquen en una realidad que necesita ser abordada desde otro lugar. Sin saber cómo hacerlo, me susurro que será casi inevitable porque en el mar no hay inmunidad que valga y continúo escribiendo.

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(las casetas del campo de refugiados que montó Acnur hace un año, ahora vacías, no se han desmontado, esperando nuevas “remesas”)

Inmunidad. Esta palabra se asoma a cada una de las conversaciones que mantengo, funciona como una especie de disolvente, relativiza heroismos y bondades. Por ejemplo, las personas que trabajan para ONGs tienden a ser inmunes, quienes ejercen voluntariamente su solidaridad tienen un billete de vuelta en su equipaje, si hubiera periodistas (no les he encontrado) también alegarían que ellos o ellas no forman parte del juego y que simplemente están informando sobre él para poder seguir con su labor a salvo… Yo misma huelo a inmunidad porque las reglas no afectan a mi vida cotidians aunque sé que mi punto de partida es diferente: vivo en ese muro acuático y horizontal al que han reducido el mar Mediterráneo, no estoy “dentro” pero tampoco habito en ese “afuera” en los que se debaten los seres solidarios.

Los habitantes del “afuera”… Más allá de la empatía y la conmoción, para quienes visitan el otro lado de las verjas el sufrimiento siempre termina siendo algo ajeno, los fogonazos de espanto compartidos no son más que heridas en la retina. He oído en una joven profesional de la solidaridad el concepto de “gestionar la ayuda”. ¡Gestionar! Soy sensible a las palabras y ésta habla de especialización, de institucionalización de la generosidad. Ser buena persona no es suficiente. Hace falta una enorme valentía para ejercer la solidaridad desde otro lugar, dejarse afectar, dejar que tu vida se transforme hasta la médula.

He conocido a una persona de este tipo. Se llama Matina Katsiveli. Unas horas antes había leído sobre “Mamá Matina”, pero no había manera de encontrar una foto suya. No le gusta ser el centro de atención. Eran las ocho de la tarde y ví a una mujer desbordada porque esa tarde habían llegado al centro 15 personas más, pakistaníes, y no disponían de camas suficientes. Consumía un cigarrillo para calmar la ansiedad mientras acunaba a un bebé de tres meses en el otro brazo. No pude evitarlo, la abracé y se dejó abrazar. “Estoy perdiendo a mis amigos, mi salud”, me contó mientras la mecía. Le dije que también había que ayudar a quienes ayudaban, que a ella también le hacía falta recibir cuidados. Matina es la responsable del centro de acogida conocido como Pikpa, una alternativa al hotspot al que son enviados los seres más vulnerables: madres sin marido, matrimonios con niños pequeños, quienes sufren enfermedades mentales o una deficiencia física y, hasta hace diez días, los menores de edad que viajan solos.

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(El hotspot de Leros ubicado en las instalaciones del antiguo psiquiátrico)

Hace un año los miembros de Leros Solidarity Network litigaron por el uso de un edificio abandonado, donde el alcalde quería abrir otro tipo de servicios. Ante la objeción de que la administración no gozaba de dinero para sacar adelante la rehabilitación de las instalaciones, esta asociación local, con Matina Katsiveli a la cabeza, logró recabar los medios necesarios entre la población más humilde de la isla. Ahora el centro, Pikpa, acoge a unas 120 personas. Hace diez dias que la policía trasladó a los menores no acompañados al hotspot situado en el otro lado de la bahía, en las instalaciones del antiguo psiquiátrico, con la excusa de que planeaban fugarse de la isla. Estos ochenta menores ahora viven sometidos al mismo régimen de aislamiento que las 620 personas retenidas allí.

Martina es la única persona con la que, por fin, logro hablar de las guerras y sus causas. Esta ex magistrada que se presentó a las elecciones por Syriza en 2014 y abandonó el partido cuando éste aceptó las condiciones de la deuda marcadas por Bruselas. Lleva atendiendo a desplazados por la muerte o/y el hambre desde poco después de la caída de las torres gemelas. La sombra de ese eje del mal que inventó Bush para sostener sus negocios armamentísticos, de esa lucha contra el terrorismo que buscaba cambiar el orden del mundo poniendo a EEUU al frente, se manifiesta ahora con toda su rotundidad en esta pequeña isla. Tantas personas empezaron a ahogarse ante las orillas de Leros, procedentes entonces de las guerras en Irak y Afganistán, que en el año 2002 ella co-creó con un puñado de habitantes de Leros, la asociación Leros Solidarity Network (LSN). Si al año siguiente de los atentados en EEUU llegaban a la isla 1.000 personas al año huyendo de la guerra, en el 2007 esta cifra alcanzó los 5.000 anuales. Leros llegó a atender el año pasado a 38.000 personas. “Es un problema bélico, estamos en el tablero de unos intereses que no pertenecen sólo al ámbito humanitario”, explica, “los flujos de personas son usados como elemento disuasor en un contexto en el que la toma de decisiones está en Washington, Moscú o Pekin”.

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(Foto cazada al vuelo de Matina junto con la mamá de Ariadna, que cumplía su primer año de vida)

Las personas voluntarias y las profesionales de la generosidad forman parte de este escenario bélico, aunque actúen en nombre de la paz y sus actos sean brillantes. Apenas son hoy un 1% de la población censada en Leros (8.000 habitantes censados) pero es fácil reconocerlas: llevan un distintivo de la organización a la que pertenecen (un chaleco, una camiseta, una acreditación plastificada colgada al cuello…), hablan inglés como idioma vehicular y la mayoría son rubias. Bueno, salvo las dos españolas con las que me cité nada más llegar a la isla: Silvia, especialista en acciones humanitarias dentro de Save the Children e Isa, médico especializada en oncología que en estos momentos trabaja con WAHA. A la primera nos la cruzamos mientras peleábamos con nuestros respectivos roamings en un servicio de telefonía. Con la segunda me tropecé virtualmente buscando información en internet sobre Pikpa, el centro donde atiende a personas refugiadas al margen del hotspot. La primera trabaja en la organización desde hace años, la segunda ha logrado arrancar un año en su trayectoria laboral para poder implicarse con las personas que se han desplazado a Grecia huyendo de la guerra.  Ambas me hablan de “ese otro” a quién atienden, de los terrores nocturnos, de los traumas, de la escasez de psicólogos especializados en niñ@s (el 50% de la población refugiada), su difícil digestión de la violencia derramada… Desarrollan su trabajo hasta el agotamiento.

Ok, ninguna de las dos es rubia, pero sí lo era esa joven que ayer cortaba una manta para convertirla en saco de dormir, y esa otra que sacaba de un coche decenas de botellas de agua y la tripulación del barco del proyecto Meeting the Odissey que hace una semana jugaba en el puerto con l@s niñ@s, ante la atenta mirada de sus madres. Eso fue lo primero que vimos al llegar al puerto de Lakki, donde el año pasado contemplábamos cómo vagaban cientos de personas en espera de destino. En su velero se dan cita miembros de 12 compañías de teatro que surcan el Mediterráneo desde el 2012 para crear lazos interculturales. Este año centran su tour marítimo en las zonas más afectadas por la avalancha de refugiados. Les encontramos nada más llegar a la isla, cerrando su estancia con los habitantes de Pikpa. Realizaban la danza de Lerikos trazando un círculo con los pies, una diana invisible para la esperanza. El 15 de junio abrieron el telón en el campo Kara Tepe abierto en Mytiline (Lesbos) con idéntica entrega.

No logro apagar mi inquietud ante la rubia inmunidad. Es verdad que Joan, el traductor kurdo, es calvo y que ese joven que no me han presentado pero que en su chaleco pone “traductor”, tampoco lo es, pero hay una actitud blanca de ojos azules en esa benevolencia. Ese 1% de los que hoy residen en Leros se mueven de otra manera en el entorno, incluidos los turistas que empiezan a llegar a la isla (en su mayoría canosos, otra útil simplificación). Para empezar, no pasean con la languidez de los canosos, ni con la vacuidad de las personas refugiadas, ni con el tempo isleño. Si son mujeres, además, no llevan velo.

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(Hoppet, el barco de Meeting the Odissey, en plena acción antes de partir de Lakki)

La inmunidad también coloca en su sitio a l@s insólit@s voluntari@s que se han alejado de las grandes cifras de los campos de refugiados situados en el continente o en la vecina Lesbos (actualmente están retenidas allí 3429 personas desplazadas por las guerras) y han decidido prestar ayuda en la pequeña Leros. La palabra palpita en la bella ingenuidad de Nina y Amado, dos jóvenes herman@s de Mallorca con quienes nos topamos de casualidad el primer día. Siempre que nos hemos cruzado llevaban en brazos a algún niño o niña, jugaban y reían con ellos. La palabra se apaga en los brazos de Keith y Louise, un matrimonio de navegantes australianos que hicieron un alto en su recorrido para colaborar con quienes se refugian en Pikpa. Saben que están de paso, eso es, que en algún lugar del mapa les espera un techo, un hogar. De alguna manera el suya es un compromiso en apnea. Digo en alto “Inmunidad” e intento recordarme que las personas que nos definimos como nómadas podemos estar presentes en cada lugar por el que pasamos y que nuestro corazón sabe quedarse quieto en el constante movimiento.

Les observo. Les pregunto. Nadie habla de la guerra, del origen de este éxodo. Les pregunto por qué no promueven la autogestión dentro de los campos. Entre tod@s dan una respuesta: apenas hace dos meses que empiezan a entender que su estancia no es de paso. Llevo meses preguntándome por qué no se autoorganizan, por qué no surge el milagro que nuestros abuelos hicieron posible en los campos de concentración del franquismo, del nazismo: grupos de trabajo entre los presos, sabotaje de las instalaciones, huidas organizadas… Una forma de impedir cualquier intento de auto-organización es cambiar de destino constantemente y sin previo aviso a las personas refugiadas (cualquier persona que haya estado en una cárcel lo sabe), otra forma de bloquear cualquier iniciativa es cambiar las reglas del juego.

Desde hace un par de meses (tras el acuerdo con Turquía firmado el 20 de marzo) la norma es impedir que las personas recién llegadas salgan del hotspot durante 25 días. En ocasiones el plazo se ha extendido durante mes y medio. Según las cuentas burocráticas es el tiempo necesario para que la solicitud del asilo se complete. Una vez cumplido el plazo se les impide abandonar la zona geográfica en la que se les ha inscrito, en este caso Leros. Además, se les requisan sus dispositivos móviles, durante esas cuatro semanas de aislamiento sólo podrán comunicarse a través de las cabinas que el centro les ofrece. La comida es escasa, duermen en el suelo… Hace diez días añadieron otro impedimento más: les citan en un plazo de diez días en Atenas para una primera entrevista sobre su situación. Si acuden, cometerán una ilegalidad, si no acuden su trayectoria administrativa se perderá en un callejón sin salida.

Existe otra razón de fondo: no existe un “nosotros” entre los refugiados. Lo único que les une son el sufrimiento de la guerra, haber sobrevivido a una dolorosa huída y su actual condición de habitantes de campos de refugiados en espera de una solución administrativa. No parece que compartan la conciencia de un mundo común. El sufrimiento no une, es sólo el punto de partida, el ¡basta! Que puede clamar un colectivo que crea alianzas a favor de un bien común.

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(Mi fascinación por los exvotos de las pequeñas capillas griegas permanece en pie)

Intento no darlo todo por supuesto, la información que compartimos en redes es confusa. No hace falta que nos manipule nadie, simplemente hablamos de oídas. Tomo cada uno de los datos como una niña que guardara preciosas conchas nacaradas en su bolsillo y no como la periodista que fui. Quedo liberada de los grandes titulares, puedo darle vueltas a pequeños detalles. Por ejemplo, entre los requisitos para quien quiera prestar ayuda me llama la atención el del tiempo: han de quedarse en el centro como mínimo quince días. ¿De verdad que alguien cree que estando menos de dos semanas en un lugar puede aportar algo más que ruido? ¿A cuántas personas habrán visto pasar esta cincuentena de niños y niñas procedentes de Siria, Pakistán, Afganistán? ¿Cuántos abrazos y cuántas despedidas habrán sostenido? ¿Cuántas selfies con rubias se habrán hecho? ¿Nos estamos inventando una ayuda express?

Una niña de unos seis años me enseñó sus uñas pintadas de rosa. Sonreía con coqueteria. Me tomó de la cintura. Su madre, una belleza de ojos tristes, me saludó con la cabeza. A medida que van pasando los días voy enterándome de sus historias. Hace años aprendí que una de las primeras cosas que pierde un preso, además de su libertad de movimientos, es su intimidad. Sus vidas se vuelven transparentes para quienes les vigilan, como el cuerpo de una persona enferma se vuelve transparente cuando ingresa en un hospital.

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(Como bien dice el capitán, Leros es, además, la isla de las mariposas)

Me alegra no haber llegado aquí movida por las cifras sino por el azar, esto me permite no caer en la contabilidad morbosa. Si siguiera esa lógica debería de estar en estos momentos en Líbano, por ejemplo. Aproximadamente Grecia acoge hoy a unas 56.000 personas mientras que en los campos de refugiados libaneses se hacinan 200.000. No son los campos los que nos duelen (si fuera así hace años que estaríamos buscando forma de llevar contenedores a Líbano, por ejemplo), lo que nos afecta es que suceda en nuestro sagrado territorio europeo, es decir, en casa, en nuestro espacio de confianza.

Ser pocos tiene una ventaja, nadie pierde el nombre. En un sitio cerrado los secretos duran poco. Ese niño con el que bromea una de las voluntarias fue abusado en uno de los centros, aquella mujer con el gesto apagado vendió a su hija de trece años para pagar el tratamiento de su marido esquizofrénico. La primera tarde que pasé en Pikpa una joven se derrumbó en medio de temblores, presa de un shock postraumático. En el fondo del patio celebraban el primer aniversario de Ariadna con una tarta. La celebración de un cumpleaños es una actividad lo suficientemente excitante como para que el frágil equilibrio se rompa. Mientras esperan a que la burocracia europea les de la sentencia el amor y la violencia se dan la mano. No saben que las reglas del juego han vuelto a cambiar. Mientras cierro esta crónica me entero que el Parlamento griego ha cedido a las presiones de la UE y ha cambiado la composición de los comités de solicitudes de asilo que estaban obstaculizando expulsiones a Turquía por considerar que no es un país seguro. Ahora les será aún más difícil continuar su camino.

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2 comentarios en “Leros o cómo huir de las prisiones

  1. Buá Martha, tremendo… Gracias por acercarnos con esta primera mirada a la realidad de Leros. Me he sentido también retratada con esa inmunidad…
    Os abrazo

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