Cosemos islas, el telar no es nuestro

BY MARTHA ZEIN

Por fin izábamos velas. El primer recorrido sería corto, apenas cinco millas. Simplemente zarpábamos para arrancarnos de la tierra y quedarnos en silencio. El motor sonaba como un rumor, las baterías cargaban sin duda alguna, el viento nos daba la cara, mi cuerpo ordenaba a todas sus partes líquidas que se armonizaran con el movimiento del mar. A partir de ese momento los equilibrios de la tierra firme perdían su trono. Esa noche sería la de San Juan y queríamos pasarla lejos. Lejos. ¿Es posible alejarse en la era de las telecomunicaciones? Tu y yo estamos a tan sólo a una tecla de distancia ¿Qué sentido tiene situarse “lejos” para quienes nos decimos que nada nos es ajeno? ¿Lejos de qué, de quién?

Lejos de mis estructuras mentales, emocionales y físicas, esa es la respuesta; lejos de las certezas, de todo lo que doy por válido y me constituye; lejos de la Grecia mil veces narrada y silenciada; lejos de ese rumor constante que alimentamos y que no logra ser verbo en acción; lejos de los referentes comunes y de los códigos clonados; lejos de una parte de mí misma. Deseo una lejanía de la que no saben los cuerpos, no es física. El mar puede ser un claustro, el marinero un eremita, el viento un oráculo. Me he lanzado al mar/claustro en la noche, las noctilucas hacían guiños a las estrellas, una se quedó en mi muñeca, parpadeando. Pregunté al viento. “Como es arriba es abajo”, dijo, replicando a Hermes Trimegisto. Hace años Pura Roy me presentó a un astrofísico que saltó a la microbiología cuando se asomó a un microscopio y vio el movimiento de nuestros glóbulos rojos, desde entonces sé que la noche recorre mis venas. Zarpar incluso del GoOn y dejar que suceda el esperado viaje dentro de este viaje.

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La última semana en tierra ha sido la de la luna llena, la del cenit del ramadán, del día internacional del refugiado y el baile circular con los hermanos sirios en la fiesta de Pentecostés. Aunque me nutra, sí, quiero también partir de todo ello, irme de mi propia decisión de celebrar los vínculos y agradecer las lecciones de humanidad.

Poníamos mar y viento por medio, nos instalábamos al fin en el vértice de las cosas, nos desatábamos, nos dejábamos ir, nos desasíamos. Llevamos a bordo el libro de Josep Conrad, “El espejo del mar” . He recuperado el ritual de leer en alto por las noches, acariciar los textos con la voz. En el primer capítulo habla de La Partida, que no empieza cuando se abandona el muelle sino en un momento más íntimo: cuando quien navega deja de medir su camino con referentes terrestres. En ese momento es cuando todo se vuelve lejos. Nos íbamos, poniéndonos a merced de la naturaleza. En un barco la voluntad no es más que un espejismo, el presente es tan exigente que no se puede declinar. Sólo queda la certeza de lo que se ha hecho.

Zarpar. Irse. Dejar que la vida se vaya sin por eso abandonar mi sitio. Dejarte ir, permaneciendo. La mayoría de los votantes del Reino Unido ha decidido irse de la Unión Europea, huyen de las corrientes migratorias generadas por la política colonial de países como el suyo y de los dictados neoliberales que ayudó a instaurar en Europa tras la IIGM. Quizá no huyan más que de sí mismos. Un año antes, también en verano, el pueblo griego votó en contra de la tiranía económica impuesta por la UE y el FMI, pero no consiguió escapar. El gobierno de Tsipras no sólo se vio forzado a aceptar las imposiciones de la Troika sino que hoy es el gendarme de las fronteras de Europa. En ambos momentos navegábamos por las orillas de una Europa raptada por instituciones voraces. Llevamos meses clamando la vergüenza de pertenecer a esta Europa que levanta campos de detención en Grecia. Si le preguntaran a mi corazón también diría que quiero irme de esta UE carca que no es con la que soñaban los presos de Ventotene hace setenta años. Irse, ¿a dónde?. Es evidente que partir es un acto imposible para quienes viven en régimen de esclavitud. No quiero irme, quiero, simplemente, permanecer, dentro, lejos, medir la vida con otros parámetros.

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Porque estoy lejos puedo enlazar estas orillas del Mediterráneo con la alambrada de Ceuta en la que hace un par de días se encaramó un joven durante 30 horas por temor a ser expulsado en caliente (tal y como luego sucedió); con el retrato de las fábricas de los años treinta en España que hizo Simone Weil después de trabajar en ellas no como observadora sino como una obrera más (es decir, tras vivir totalmente alienada, no sólo del producto del trabajo ni del propio acto de trabajar, sino de su propia humanidad); con la descripción que hace Primo Levi sobre la vida en los campos de exterminio (todo rígido, implacable, sin futuro, sin imaginación, sin libertad)… Y de ahí volver a los campos de detención abiertos en Grecia, a sus habitantes y sus visitantes. El último comentario que he recibido es el de que en el hotspot hay quien vende su cuerpo por diez euros.

Por no querer enseñar la auténtica dimensión del fraude bancario, las entidades financieras helenas blindaron sus cajeros hace un año con el apoyo del gobierno; la decisión se mantiene hasta la fecha. La ciudadania griega sigue sin poder sacar de sus cuentas más que 420 euros por semana. No hay restaurante ni tienda pequeña que acepte tarjetas de crédito, la vida cotidiana se negocia en cash, se factura sin IVA y se promueve el intercambio de mercancías. Suena muy insumiso pero no son más que estrategias de supervivencia. En unos días Grecia debe pagar vencimientos de deuda de 2.300 millones de euros. Hacía tiempo que no veía a alguien sacar dinero de un cajero automático. Un par de días antes de abandonar Leros ví un remolino de jóvenes en torno a uno. Era evidente que sólo una persona estaba utilizando la tarjeta, el círculo más próximo le daba indicaciones al unísono, el resto contemplaba alborozado el espectáculo. Horas después me enteré que Mercy Corps estaba repartiendo tarjetas a cada unidad familiar de refugiados con unos 300 euros. Los cajeros no incluyen el árabe en sus opciones lingüísticas, de ahí el remolino de opinadores y público.

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Los dueños de los barcos amarrados en Leros piden a sus skippers que les envíen fotografías del puerto, quieren ver si la triste muchedumbre ha desaparecido. Les demuestran que no hay nadie. Aportan pruebas visuales como quien muestra el WC impoluto de bacterias: sillas vacías en los restaurantes, mesas vacías en las terrazas, vehículos vacíos en los rentacar. Han pasado un detergente por la isla capaz de llevarse por delante no sólo a las personas desplazadas por las guerras sino a sus sombras: la economía sumisa local, la entregada al placer de los turistas.

Giannis, el hombre que ha puesto a punto nuestras velas, nos regaló un puñado de calabacines de su huerto mientras nos hacía el presupuesto de un nuevo toldo. Puso encima de la mesa, orgulloso, el fruto estrella de su huerto: un tipo de berenjena que no había visto en la vida, redonda y de un morado claro. “Bella rosa”, pronunció en italiano. Por un momento me alegré por haber encontrado a un amante de la tierra y de sus frutos, algún tipo de neorural que lograba dar vida a la tierra seca; horas después, en el homenaje a los refugiados descubrí que Giannis no era un agricultor insumiso sino el presidente de la cámara de comercio de Leros.

Islas pobres, islas desiertas. Las piscifactorias se multiplican en las costas de Leros, sólo encontré una pescadería en su puerto principal, Lakki, con una oferta exigua. Incluso los peces de granja se van fuera. Su tierra seca es fruto de la desigualdad económica y no sólo climatológica, devolverla a la vida seria posible con un cambio en la organización de los recursos y un compromiso a medio plazo. La sombra de un árbol es un privilegio en Leros, un bien de lujo. He visto oasis verdes en haciendas privadas, vergeles mantenidos por el compromiso económico de su dueño y para su solaz privado, es evidente que podría hacerse en beneficio de la comunidad. Las palabras autonomía y autogestión también recorren Pikpa, donde ya empieza a plantearse que sean las mujeres refugiadas quienes se hagan cargo de las cenas, algo que hasta ahora está en manos de Mercy Corps (que provee alimentos y organiza su distribución) y l@s voluntari@s de Leros Solidarity Network. Por supuesto, que la autogestión se haga con lógica patriarcal me quiebra, que llegar a un consenso entre las partes resulte algo tan difícil termina de plancharme.

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Los turistas no se van lejos por mucho que tomen distancia de su espacio de confianza, sólo buscan ausentarse de las obligaciones de lo cotidiano para volver al sistema con más brío. Es fácil recordar aquí que nuestro actual concepto de vacaciones fue creado por el nazismo como premio a sus trabajadores, Lakki fue el sueño arquitectónico de Mussolini; su puerto ahora les espera con los dedos cruzados, quizá “la crisis de los refugiados” se utilice como una nueva excusa para el abandono institucional y el sometimiento de esta tierra y sus habitantes.

Hasta el instante de su partida el GoOn ha habitado entre dos estados de excepción: el coercitivo, impuesto en el hotspot sobre las personas desplazadas por las guerras, y el estado de excepción banal, elegido por un tipo de veraneantes que sólo buscan ponerse al refugio de la violencia neoliberal. De forma impuesta o voluntaria, turistas y refugiad@s se convierten en seres superfluos, descarnados, una transformación que siempre es violenta porque a los habitantes de los campos de detención se les hace desaparecer del mundo de los vivos y también dentro de sí mismos mientras que los turistas se recluyen en los oasis de pago y abandonan toda posibilidad de comunidad y, por tanto, de resistencia. L@s turistas suelen tener derecho a voto y tienen capacidad adquisitiva, sólo pensarlo me imagino este planeta convertido en un enorme resort “todo incluido”. ¿Qué parte de l@s navegantes con quienes he compartido norays lo han hecho para mirar desde lejos y comprender el trazado de los caminos? He conocido navegantes comprometid@s con las personas desplazadas por las guerras que no han renunciado a su pasión por el mar. Observo los veleros con los que nos cruzamos. ¿Cuántos son amuralladas islas flotantes y cuántos cuevas de eremitas?

Intenté hablar con l@s viajer@s que me encontré en el humilde bar de la bahía de Archangelos. La pequeña isla desplegaba sus aguas tranquilas allí donde el Meltemi siempre pierde. La luna naranja aún no rodaba en el manto negro de la noche, el vino circulaba en pequeños vasos al margen de los ritos del solsticio, era una tertulia entre desconocidos, una de esas que se improvisan en los puertos. En uno de los tragos mi lengua se arrancó por peteneras y empezó a darle vueltas al frustrado grexit, las migraciones humanas utilizadas como arma de guerra, el hotspot situado en el antiguo psiquiátrico y mi percepción de que l@s jóvenes que encontré en Leros no son grieg@s sino parte del grupo de voluntari@s, trabajador@s de las ONGs y refugiad@s. Mi interlocutor, con una sonrisa educada, lanzó un comentario elegante (“Esta isla es un geriátrico”) y cambió de tercio.

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De golpe apareció ante mí el fotograma de una película que aún no he visto, “Paradies: Liebe”, de Ulrich Seidl, que me descubrió en la distancia Héctor Márquez. La mezclé con “Youth” de Sorrentino, que sí que he visto. La vieja y rica Europa con la que sueñan en Senegal, Pakistán, Eritrea, Siria, Nigeria, Afganistán… busca lo que perdió en los ojos de quienes la desean. La solidaridad con los campos de refugiados en Grecia hoy, las oleadas de compromiso con el pueblo palestino y saharaui que ahora parecen no estar de moda, Lampedusa y la valla electrificada de ocho kilómetros en Ceuta que no logra arrancar internacionalismos, la buena voluntad que arrastró a generaciones hacia la India tal y como comprobé este invierno.

Desde lejos contemplo cómo, queriendo tejer redes, corremos con el hilo de la buena voluntad en las manos, de un lado a otro, pero el telar sigue sin ser nuestro. Esto no es ni transformador ni revolucionario, es achicar el agua de un barco que se hunde. Sin embargo, aprecio la generosidad, la humanidad y el amor de quienes logran paliar el sufrimiento de los supervivientes. Isa, la joven médico de Navarra, pasó su tarde libre en la playa con un grupo de adolescentes de Pikpa. Intentando mantener las distancias necesarias para no perder el respeto de sus pacientes, se bañó en una especie de burkini (mallas y camisa amplia) para enseñarles no sólo a nadar sino a perder el miedo al mar. Compartió su fruta, sus botellas de agua, su vida. Alguien tumbó su bici y todos saltaron a defenderla, muertos de amor. Isa va subiendo sus experiencias en este blog: https://isabelerquiagamartinez.wordpress.com, del que rescato esta fotografía, pertenece a esa jornada compartida.

isabel

En Leros el agua es un bien escaso, el gobierno local ha distribuido unas máquinas por sus municipios para que las personas puedan beber un agua ligeramente mejor que la que llega a sus grifos. Además han colocado un bidón especial a las puertas de Pikpa. No tengo ni idea de por qué han decidido que el envase, de plástico, sea negro, pero es evidente que el agua hierve al salir del grifo.

El día internacional en favor de los refugiados estábamos en el centro de acogida de Pikpa, donde los homenajeados sobrevivían al ecuador del ramadán con 33 grados a la sombra y sin nevera. La festividad fue propuesta por la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados “para mostrar a los líderes mundiales que el público global está al lado de los refugiados”. ¿Perdón? ¿Desde cuándo ACNUR me representa? Aún así, acudí a la fiesta que organizaban las ONG’s con la ingenua ilusión de que, por suceder en el lugar de los hechos, asistiría a un hermanamiento especial, pues en un espacio tan pequeño como Leros conviven representantes de varias organizaciones internacionales con renombre, la ciudadania griega con su demostrada solidaridad, las personas voluntarias que eligieron esta isla remota para ejecutar su compromiso y, por supuesto, las personas refugiadas.

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El festejo empezó una hora y media antes de que terminara el ramadán. ¿Cómo elegían ese momento si sabían que era incompatible con la vida de la práctica totalidad de l@s refugiad@s? Evidentemente porque quienes organizaban la convocatoria contaban con que est@s no saldrian del hotspot, que se levanta unos tres kilómetros del local donde organizaban el acto. ¿Por qué no plantaron esas mesas con sus cajas de pizza delante del hotspot? Porque el acto no iba dirigido a ellos. En las paredes del local estaban colgados los dibujos que habían hecho los menores refugiados como respuesta a las preguntas ¿con qué sueñas? y ¿qué te hace feliz?, en el fondo de la sala un audiovisual explicaba la realidad de lo que sucedía a cinco minutos en coche.

Matina pasó por allí como una exhalación y no se quedó a escuchar las palabras del representante de ACNUR, Giannis también estuvo de paso aunque si no se quedó hasta el discurso fue por falta de interés, las pizzas fueron desapareciendo poco a poco en las bocas de la solidaridad rubia y de la única familia de sin techo griegos que he visto en la isla: una deliciosa joven con cuatro niños pequeños que vive en un edificio derruido del puerto. ¿Cómo pueden ir tan impecables sus hijitos? Juego con el bebé que lleva en brazos. Me explica con los gestos que la crisis les hizo perder su hogar. Los niños reciben un pedacito de pizza.

Cuatro horas después la luna taladraba el cielo. Una orquesta interpretaba música tradicional en un rincón del puerto. Era la noche de Pentecostés, barra libre de vino y potaje de garbanzos. El público tardó en arrancar el baile. La melodía era árabe, Turquía estaba apenas a 20 millas pero era evidente que la música no entiende de distancias. Apenas nadie bailaba hasta que los niños, adolescentes y mujeres de Pikpa se lanzaron a la pista, enlazando sus brazos a los de un puñado de grieg@s en una danza circular, torpes los pies y el rostro tímidamente alegre. Había cuatro chavales especialmente contentos. El día anterior les habían comunicado que podrían acudir a Rodas para agilizar la agrupación familiar. Sus padres les esperan en Alemania. Hace dos años que no les ven. Bailaban bailaban, bailaban, como si la noche no se fuera a acabar nunca.

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De la fiesta de Pentecostés a la bahía de Archangelos; entre espíritus santos, ángeles y arcángeles el Meltemi parece no querer meter baza. Abandonamos Leros en dirección al archipiélago Leipsoi. La isla más grande, Lipsi, viven 700 habitantes. A pesar de poseer numerosas fuentes de agua, lo que le permite cierta vida agraria, no es hídricamente autosuficiente. Las pocas personas que logran llegar hasta allí en embarcaciones ilegales son trasladadas en apenas 24 horas a Leros. De lejos puedo ver el moteado verde de sus árboles en una tierra casi yerma.

Zarpamos, empezamos a coser islas en barco, por el camino convierto el GoOn es una matrioska con más mares y más veleros y más partidas en su interior y me dejo ir lejos, muy lejos.

P.D. Los dibujos pertenecen a los menores retenidos en el,hotspot de Leros y en el centro de acogida de Pikpa. Responden a la pregunta ¿Con qué sueñas?

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