Ícaro sigue volando

BY MARTHA ZEIN

Duermo en los arrabales de Lejos, un lugar que aún no se me ofrece. Dicen que allí el sol se pone cuando le place y la noche despierta según le pide el cuerpo. Desde que he amarrado en este puerto el viento entra en mi cama, revuelve mis poros y acaba mis sueños. Si, Lejos debe estar rondando, porque allí la luz y las sombras alargan atardeceres y amaneceres sin obligaciones ni turnos y aquí la luz atraviesa la escotilla en un baile sensual. No necesito abrir los ojos, Lejos se deja oler en cada paso, por eso cuido mi camino como si fuera el caballo sobre el que voy montada, del mismo modo que cuido el velero y cuido lo que en él acontece.

Permanezco en el lecho. Lejos está a punto de besarme los ojos, los abro. Me incorporo a la vida sin prisas y miro a mis espaldas: ¡Uno, dos y tres!, ¡hemos dado tres saltos!, ¡tres islas por popa! ¡Lipsi, Fourni, Ikaria! El viaje parece a punto de exclamar ¡haleeeehop!, de hecho llevo días saliendo del camarote como si surgiera de una chistera, unas veces soy conejo y otras paloma.

Quizás sí, quizás en algún lugar haya arrancado la melodía, los instrumentos suenen y una voz haya empezado a cantar lo que no sé, pero yo voy hacia Lejos y tengo entendido que para llegar allí lo importante es trazar el itinerario adecuado, de modo que abandono el espectáculo y mimo la curva que hemos trazado en el mapa.

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Lipsi, Fourni, Ikaria… Desde que partimos de Leros no hemos hecho otra cosa que alejarnos de las costas de Turquía, no tanto en millas (en este orden del mundo lejanía y separación no son equivalentes) como por la separación que marca esa red de islotes, rocas y escollos que se interponen entre las costas en las que navegamos y las turcas. Ahí plantadas, secas, calvas, duras, estas islas son capaces de disuadir silenciosamente a los traficantes de personas, que prefieren aproar sus barquichuelas hacia otras jurídicamente más rentables.

Juristas y delincuentes son quienes más saben de los vericuetos de la jurisprudencia. Conociendo los procesos para admitir o expulsar a una persona desplazada y aprovechándose de la necesidad y los constantes cambios normativos, los mercaderes de cuerpos cobran más por ir a Leros, Samos o Lesbos (destinos con mejores salidas legales para quien busca refugio) que por llegar a Lipsi, por ejemplo, donde siempre serán derivados y además geográficamente el acceso es más difícil. Dinero, prebendas, especialistas en la huída, es más caro un asiento de adulto en la barcaza que formar parte de un grupo, pagan más quienes no son sirios (tendrán que disfrazar su identidad) que quienes sí lo son, los corredores seguros que se pusieron en marcha el año pasado apenas siguen funcionando. De golpe recuerdo la huida de Walter Benjamin por el Pirineo, y también los centenares seres anónimos que cruzaron la frontera huyendo de la guerra en España y los maquis sobreviviendo en tierra de nadie.

Fourni está apenas cinco millas más lejos de Turquía que Leros pero los flujos la pasan por alto. Sus intrincadas bahías no son fáciles de sortear. Vista en el mapa parece un hermoso centollo irregular que nuestro velero rebaña por gusto del capitán y que ya en tierra repasamos en moto. En una mañana de carreteras y caminos sólo nos cruzamos con un coche y otra moto con nuestros dobles.

Escribo esta crónica desde el puerto de Agios Kyricos, en Ikaria, flanqueado por la figura de Ícaro en su caída. Un amigo me envía un video de Klaus Nomi interpretando The Cold Song en directo. El Meltemi arrecia. El sol se apaga llevándose con él todas las sombras. Mañana zarparemos de nuevo, en algún hueco que deje el Mediterráneo en sus voluptuosos diálogos con el viento. La voz de Nomi se confunde con la furia de las olas. Frío y calor. A veces el azar te regala estremecimientos transformadores.

El GoOn se irá acercando a Lejos sin separarse de las personas deslazadas por la muerte y el hambre porque es imposible. No es que atravesar el mar nos una, es que somos el haz y el envés de un mismo mundo, nadie está separado de nadie, por lejos que estemos. Por otro lado es cierto que nuestra realidad es la nómada, la del exilio y el éxodo, la de quienes se exponen al mundo y experimentan la vida desde la vulnerabilidad. Ya sé que no hay nada de especial en ello, que simplemente es necesario salir de casa y empezar a negociar con el cielo, pero ¿cuántas veces hacemos ese gesto de manera consciente? ¿Cuántas veces has salido de casa preguntándote si hoy el cielo no caerá sobre tu cabeza?

Mañana zarpamos, lo que no garantiza que acortemos distancias con Lejos. Lejos no tiene que ver con las millas, los metros o los años luz. No hay distancias en la trama de la vida. Sé que el GoOn se ha ido acercando a Lejos porque mis pies ya apenas se calzan y mi cuerpo está olvidando el roce de las telas. Si pensamos con todo lo que somos, es  decir, con toda nuestra carnalidad, que los modos del cuerpo cambien es señal de que mi pensamiento también está llegando a otros terrenos, más allá de mis confines habituales, por tanto, Lejos. Disfruto de estos indicios con doble alborozo: estoy llegando allí y además el camino me cambia.

Esto no implica saber más. Quizá sólo que sé distinto. De hecho en Lipsi deambulamos noqueados por el Brexit y el calor, como tantos, y en Fourni lo hicimos por el calor y el resultado electoral, y en Ikaria… por inercia. En el primer caso me sentí sudorosa estrambótica, en el segundo extraterrestre en proceso de descomposición, en el tercero conejo o paloma saliendo de una chistera. Así, pues, de más lúcida, nada. Lo único nuevo que fui capaz de pensar es que estas tres islas vivieron antaño su propio Grexit.

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En 1912 las islas del Dodecaneso decidieron seguir su propio rumbo al margen de los invasores otomanos y del desprecio de la Grecia continental, proclamando un estado independiente como federación. Italia les arrebató esa autonomía enseguida, sólo Ikaria logró hacer su propio trayecto durante cinco meses. El 17 de julio de aquel ańo (está visto que en el Mediterráneo el calor enciende los ánimos políticos) se declaró “El estado libre de Ikaria” y arrastró tras de sí al resto del archipiélago de Fourni. Fue un verano tan corto como el de la anarquía de Durruti, pero llegaron a tener presidente (Ioannis Malachías, médico de profesión), himno y bandera.

Tras la IIGM, las islas se convirtieron en un protectorado militar británico. A pesar de las objeciones de Turquía, fueron formalmente unidas a Grecia en 1947, terminando con siete siglos de gobiernos no griegos.

¡Ay estas islas, siempre cinturón entre dos mundos, cuántas veces domeñadas!. No sólo somos la continuación de las personas desplazadas por las guerras (y viceversa) sino que somos la sucesión de las revoluciones no acabadas y las soberanías frustradas. Durante la dictadura de los militares, 13.000 comunistas fueron exiliados a Ikaria. Para hacerme una idea, según el censo del año 2011 en la isla vivían 8.423 personas. Intento imaginarme las conversaciones y los debates arracimados en las laderas de la montaña que conforma Ikaria. ¿Sabrían l@s exiliad@s que les habian condenado a malvivir en el mismo lugar en el que un siglo antes otros imaginaron una utopía?

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En 1840 Etienne Cabet, parlamentario socialista utópico, escribió un best-seller, “Viaje a Icaria”. Era una novela que hablaba de un modo de vida en esta isla griega en la que fue enterrado Icaro, una ficción en la que el pensador francés abogaba por un comunismo cristiano. Fue tan bella su invención que una nutrida corriente de seguidores en Francia se hicieron llamar “los icarianos”. Entre 1848 y 1898 un puñado de estos icarianos utópicos atravesaron el Atlántico para crear una comuna igualitaria en América del Norte, concretamente en el actual estado de Florida. Defendían la socialización de los bienes, justicia social fraternidad, igualdad entre los géneros, la eliminación de policias, tribunales y cárceles… Aquel sueño apenas se mantuvo en pie durante cincuenta años, es decir, la generación que lo puso en pie. Hay un barrio en Barcelona, concretamente en Poble Nou, que durante años se conoció como Icaria precisamente porque en él vivieron numerosos seguidores de Cabet.

Prácticamente un siglo después los militares griegos recluyeron a los comunistas en Icaria, no sé si por burlarse de aquellos sueños o por esos estremecimientos que regala el azar. Lo cierto es que hoy esta isla recibe el sobrenombre de “la isla roja” porque la presencia de aquellos comunistas hizo que los simpatizantes del KKE, partido comunista griego, se multiplicaran durante decenas de años.

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Leros, Ikaria, de nuevo las islas tratadas como prisiones y el mar como muros. Los náufragos de hoy no son más que replicantes. Una sola vida nunca puede bastarse a sí misma. Quiero llegar a Lejos para ver los hilos de esta tela de araña. Lejos, un estado soberano e independiente al que muchos han querido migrar tras el 26-J.

Veo las sombras de sus naves trazando surcos en el mar. Se cruzan con las de los románticos del siglo XXI que en su compromiso con l@s refugiad@s en Grecia recuperan el espíritu de aquellos poetas que en el siglo XVIII y XIX ponían en riesgo su vida por defender la independencia de Grecia. Imagino a Lord Byron encendiendo con su verbo los desvelos de estos seres solidarios.

El viento nos retiene en Ikaria, la antesala de Lejos. La espera enciende aún más mis deseos. Como lo hacen los presos o las náufragas o los refugiados o las exiliadas, yo también sueño con mi destino: Dicen que en Lejos las ausencias hacen juegos de mano y los besos dejan estelas a su paso. Allí todo respira a un tiempo y la escucha es tan atenta que aves, humanos y flores no necesitan ni las horas ni los cwalendarios para saber el momento de florecer, de abandonar el nido o recoger la mies. Quienes ya han estado en aquel lugar mueven la cabeza hacia ambos lados (en las islas griegas el gesto del no y el del si se parecen) y auguran que probablemente este verano las costas de Lejos estarán plagadas de naufragios porque no es suficiente partir, porque no se trata de irse sino de entender de escollos, porque el mundo que buscamos está contenido en nuestro contacto con él.

Alzo la mirada al Icaro del puerto. En su caída también fue un náufrago. El cuadro de Brueguel es brutal: allí, abajo, a los pies del velero, el hijo de Dédalo, el que quiso volar más alto, se ahoga mientras que el agricultor labra su tierra, ajeno a la tragedia. Ayer encontramos a un buho atropellado, el viento agitaba sus alas rotas haciendo aún más escalofriante la metáfora. Ay el azar y sus estremecimientos.

Acaricio los tres saltos que me trajeron hasta aquí, tres islas, dos archipiélagos. El de Leipsoi y el de Fourni. El primero está formado por 37 islas e islotes entre las que destacan Arki, Lipsi y, a la cabeza, Patmos, donde un tal Juan, quizás el Evangelista, escribió la Apocalipsis durante su destierro. La visitamos hace seis años con Eugenio, Juan y Mamen, esta vez el viento ha decidido llevarnos lejos de aquel fin del mundo, sus derrotas, plagas, jinetes y victorias. Al archipiélago de Fourni pertenecen Thymania, Agios Minas,  Chryssomilia…

Ubico en el mapa el recorrido de Icaro y su padre. Sobrevolaron Samos, Delos, Paros, Laberintos y Calimna. Dicen que fue en la pequeña Levitha donde cayó. ¡Levitha! La isla en la que el año pasado aprendi el profundo significado del alfabeto griego, donde conocí a la familia inexistente que la habita desde hace cientos de años (aunque el censo griego se niegue a reconocerlo), la pequeña bahía en la que encontramos refugio tres noches seguidas y donde a mí me visitó lo inesperado. ¡Ay, qué buen lugar para morirse!. Por lo visto fue allí donde se deshizo la cera de las alas de Ícaro. Puedo imaginar en qué rincón reventó su cuerpo. Su padre, Dédalo, no le enterró allí sino en esta isla desde la que escribo, quizá porque, vista desde las nubes, Ikaria parece un ala desgajada.

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Le doy vueltas a este relato mítico. El viento me regala tiempo.

Los mitos en los que se asienta nuestra cultura nos han enseñado que hay dos formas de enfrentarse al laberinto (símbolo del conocimiento): tirando del hilo, como propuso Ariadna a Teseo, o salir volando, como hicieron Dédalo y su hijo Ícaro. Ariadna utiliza el discernimiento, la concibo como la filósofa, Ícaro hace caso al deslumbramiento de los poetas. No puedo evitar acordarme de la película Stalker, de Tarkovsky. Para atravesar “la zona” (el laberinto) Stalker (el poeta iluminado, el místico) lanza tuercas envueltas en una cinta blanca y así es como va trazando el camino. No razona, no deduce, no sigue la lógica sino el vuelo que marca una voz que no es enteramente suya.

Busco un fotograma y me quedo en mi sitio, no sabía que el cineasta era un admirador del libro del Apocalipsis. “La zona” es un lugar de revelaciones, manifestación de secretos ocultos, el espacio que han de atravesar los que buscan la verdad, lejos de sus convicciones. Lejos.

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O tirar del hilo o salir volando. En la primera opción la filósofa Ariadna fue abandonada, en la segunda el osado Icaro se estrelló. En su búsqueda del conocimiento (la luz), en su voluntad de ir más allá y cuestionar el cielo de los dioses, Ícaro olvidó que el saber (el sol) no sólo es luz sino que da calor. El poeta puso en juego su cuerpo, lo llevó al límite. Murió tras la última pregunta. La luz del conocimiento no solo ilumina los enigmas, su calor afecta a los cuerpos de los seres vivos. Ícaro discernió  con todo lo que era, sin concesiones,  con las limitaciones de su cuerpo y sus sentidos., con toda su vulnerabilidad. De otra forma, ¿de qué le valía habrr dejado de ser esclavo del Minotauro? Tomo nota: Ícaro  fue afectado radicalmente por la verdad que encontró en su vuelo. Si quiero llegar a Lejos tendré que aprender a manejar el arte de la distancia, lo que supone encontrar una medida más justa de la proximidad.

Ícaro y la imposibilidad, Ìcaro y las limitaciones corporales del pensamiento. Los narradores del Olimpo tampoco pusieron un happy end a la aventura de Ariadna y su hilo, apenas cuentan que terminó sus días entregando su conocimiento al carnal Dionisos. Como narradora en movimiento doy un vuelco a la caida de Ícaro, me coloco en su piel declarándome heredera de Ariadna, soy la paloma que sale de la chistera y emprende el vuelo.

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La tierra siempre es mal lugar para un velero. Cae la noche. Anuncian una semana de viento feroz. Ahora brama sobre la cubierta. Recuerdo que los aledaños del archipiélago de Fourni son tan abruptos que durante siglos provocó cientos de naufragios. El año pasado encontraron 22 barcos hundidos en apenas un puñado de millas. Estos pecios pertenecen a diferentes periodos de la Historia del Mediterráneo, del siglo VIII a.C. al siglo XVI d.C. He visto cómo el equipo de arqueólog@s llevaban al puerto vasijas de Samos de la Época Arcaica, ánforas de Sinope del Bajo Imperio Romano, con forma de zanahoria, grandes cántaros del siglo II a.C. para almacenar salsa de pescado… Mientras clasificaban los tesoros, creí ver en una esquina al caballero invisible, interesado como yo en los barcos hundidos.

Estoy en el lugar adecuado en el momento oportuno. Mañana será un buen dia. Como estamos abiertos al mundo, como estamos implicados en él, como le sucede q cualuier ser vivo, siempre hay algo en nosotros que no nos pertenece, que no es del todo nuestro, algo que también pertenece al viento y al mar. Mañana no seré del todo yo remontando las olas.

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