Todo arde

BY MARTHA ZEIN

Una noche de luna cualquiera leí que todos los seres vivos emiten luz. Aún no sabía que vería arder Samos, ni que en el hotspot de la isla los hombres habían empezado a jugar al fútbol como estrategia para la paz; tampoco habían subido a bordo Sol y su amiga “La habitante de las auroras boreales”. Entonces simplemente era de noche y la luna estaba creciendo y el libro que reposaba en mi regazo me hablaba de algo que había olvidado (que los átomos son pequeñas nubes de posibilidad) y yo volvía a contemplar mi cuerpo de otro modo, como hacía años. La idea de que no era más que una inestable tormenta de posibilidades me hacía sentir libre y todo lo que sucedía a mi alrededor se me ofrecía como pequeños caminos por los que podía encaminarme.

Iba de los bramidos del viento al texto y de él a las estrellas sintiendo que todo estaba ahí, a disposición. A veces hace falta partir hacia Lejos para reconocer lo que ya aprendiste y va contigo. Fue en uno de esos zig-zag cuando me encontré con el párrafo que me cambiaría el paso en el GoOn. Aquellas líneas explicaban la naturaleza de los biofotones, esas partículas de luz que emiten todos los seres vivos del planeta y de golpe sentí que somos luz, que todo es luz.

Levanté los ojos conmovida por la comunicación silenciosa en el que estaba inmersa. La intermitencia de las estrellas se me hizo tan cercana como los lunares de mis muslos y estos se volvieron noche y cerré los ojos y las ondas del viento comenzaron a bailar con mis nubes de partículas y el GoOn se asía al muelle con la fuerza de sus cabos, formando parte de un todo armónico, junto a la voluptuosidad del mar y la furia del viento, con la firmeza de los cabos y la energía de las jarcias,

Aún no había visto arder Samos, ni sabía que en esta isla hay 20 personas que intentan sostener la dignidad del millar de seres humanos que sobreviven en el centro de detención, ni que al día siguiente me toparía de casualidad con la cueva en la que vivió Pitágoras. Simplemente comprendía que emitimos y recibimos luz, como Júpiter, como las constelaciones y la aurora boreal que coronaba nuestro cielo. A mi alrededor la realidad cambiaba con este pensamiento y, como parte de ese diálogo, yo también formaba parte del cambio, me transformaba en él. De forma no programada ni voluntaria, me encaminaba hacia una de mis probabilidades, aún no sabia bien hacia cuál pero me gustaban mis compañías. No necesitaba pensar que en esta vida todo es y existe dentro de una relación, me limitaba a experimentar la armonía y lo hacia en el lugar adecuado.

Era nuestra primera noche en Samos, la isla en que nació Pitágoras nos daba la bienvenida. La música de las esferas que él concibió se ponía a nuestra disposición, el viento (Meltemi) oficiaba el acto inaugural y yo era observadora y parte de la melodía.

Armonia. En algún lugar de ese firmamento un satélite (el TRACE) estaba recogiendo los sonidos que mi oído era incapaz de concebir: el que emiten los planetas en su desplazamiento. Los sensores de la NASA han demostrado que planeta genera su propia melodía. Esta era de la comunicación me permitió encontrar el rumor de las esferas celestes en internet. ¡Diana!. 27 siglos antes, en este mismo lugar, Pitágoras afirmaba que las distancias entre los planetas corresponden a intervalos musicales.

Era una noche con una luna cualquiera, sobre mi cabeza la tecnología espacial llenaba de sentido aquella idea poética y yo me dejaba llevar por la armonía. El libro se convertía en mi pequeña pista de aterrizaje. Volví a él, el siguiente párrafo decía que mis partículas elementales, esas que me constituyen, son vibraciones de minúsculas cuerdas, y yo volvía a volar, imaginando mi organismo como un sofisticado instrumento dentro de una orquesta universal.

Estaba en el lugar adecuado. En el siglo VI a.C., muy cerca de donde estaba amarrado el GoOn, un hombre jugó de forma consciente con la cuerda de una lira: La tensaba, la hacia vibrar y la dejaba sonar, dividía su longitud a la mitad y comprobaba que la nota era exactamente la misma que la anterior pero una octava más alta (más aguda); si la seguía dividiendo en fracciones simples, la armonía se mantenía. Se llamaba Pitágoras no sabía que iba al encuentro del fundamento matemático de la escala musical, sólo se hacia preguntas y experimentaba.

Alcé la mirada al cielo una vez más. Los cuerpos celestes son capaces de brillar ante nuestros ojos miles de años después de haber muerto. Los pensamientos también son ondas, de luz. Imaginé el conocimiento generado por la humanidad como lluvia de estrellas y entré, al fin, en un profundo sueño.

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Al día siguiente el capitán y yo optamos por recorrer el interior de la isla. En una de las curvas que rodeaban al monte Kerkis descubrimos la señal que llevaba a la cueva de Pitágoras. La seguimos. El final de aquella flecha terminaba en un enorme ojo situado en una de las paredes de la montaña. Durante los años en el que fue perseguido por el tirano Polícrates, Pitágoras recibía allí a sus discípulos y discípulas, que debían permanecer entre 2 y 5 años en silencio como requisito para entrar en sus clases. No imagino que nadie de nuestro siglo pueda llevar a cabo semejante disciplina.

Allí arriba, contemplando la misma geografía que observaron el filósofo y sus acólitos, recordé que Pitágoras acuñó el término “filosofía”, que entendía como una forma de vida. Marina Garcés estaría de acuerdo con él. Observar la realidad y hacerse preguntas sobre ella implicaba antes y ahora un posicionamiento ante los dioses, el poder, los gobiernos, la existencia en todas sus manifestaciones. Los hombres y las mujeres que formaban parte del círculo pitagórico no seguían las convenciones de su época, no me extraña que fueran perseguid@s. La Historia ha recordado a una de aquellas excepcionales mujeres por su condición de compañera del maestro, aunque fue matemática, maestra y en sus investigaciones matemáticas planteó la existencia del número áureo. Se llamaba Teano y fue alumna suya en la etapa en la que él vivió en Crotona (sur de Italia).

Ser filósof@ era tan incómodo para las estructuras de la sociedad en la que vivían que l@s pitagóric@s aprendieron a pensar en la clandestinidad. El símbolo por el cual los miembros se reconocían era una estrella que ha llegado al siglo XXI cargada de significados: la de cinco puntas o estrella pentagonal. La llamaban pentalfa porque contiene cinco letras A (alfa en griego), que conforman las puntas de la estrella. Lo fascinante, además, es que podían trazarla sin levantar la pluma, el cálamo o lo que utilizaran para escribir.

Encontré esta estrella dibujada en una de las paredes de la cueva, junto a los “yo estuve aquí” y “zutano quiere a mengana” que suelen dibujar ciertos viajer@s en todas partes del mundo. Dejé que mi imaginación evocara algo más que la estrella con la que marcaban a los judíos durante el nazismo. Las puntas de este tipo de estrella dibujan los cinco vértices de un pentágono, el mismo que existe en su interior, por eso la escuela pitagórica relacionaba la figura con el concepto del número áureo.

Estrellas… Pensar en las estrellas de día, buscarlas en el cielo cuando todo es luz, hacerlo allí, en la boca de una cueva donde l@s escas@s visitantes quedaban en silencio (exaust@s por la empinada subida), era un acto casi mágico: podías situarlas allí donde no se ven.

Evocar, evocar…

 (grabado de Leonardo Da Vinci para el libro “la divina proporción” de Luca Pacioli)

Dejamos que transcurrieran los minutos para quedarnos a solas allá arriba. Un joven que había hecho el camino descalzo comenzó a meditar y al terminar saltó de su rincón como una gacela para bajar los 323 escalones que le devolvían al fondo del valle. Tenia el pelo ondulado, como el hombre que Leonardo Da Vinci dibujó dentro de un círculo. En su conocida ilustraciòn los brazos y las piernas del hombre trazaban un cuadrado, si se incorporaba la cabeza, la figura se transformaba en una estrella. Este dibujo (una estrella de cinco puntas contenida en un círculo) es un símbolo relacionado con el culto a la naturaleza muy antiguo, previo incluso a Pitágoras, remite a los antiguos sumerios. Al dibujar el cuerpo del hombre dentro de aquella estrella en su círculo, Da Vinci estaba representando al ser humano en su constante diálogo con todos los elementos del Universo.

Lo que había aprendido la noche anterior tomaba más sentido en pleno día.

Cuando bajamos de la cueva recibimos una llamada. Al otro lado de la línea una voz alegre de mujer nos decía que buscaba un destino donde perderse, un barco, navegar, eso era todo. Todo parecía encajar: Sus fechas coincidían con el hueco en nuestro calendario, la combinación de billetes de avión les fue fácil y asequible, el viento se dulcificaba a medida que avanzaba la jornada, permitiéndonos ir a su encuentro. En menos de 24 horas ella y su amiga se convertirían en las primeras tripulantes del GoOn de esta temporada.

Sin saber que Sol se subiría a bordo iluminando todo cuanto toca ni “La habitante de las auroras boreales” haría magia en la oscuridad, rebañamos la jornada avanzando a tientas por los vericuetos del mapa, un poco invitando al azar y otro siguiendo las indicaciones que nos llevaban a las cascadas de agua dulce de Potami, en el Noroeste de la isla. El paisaje de la volcánica Samos suma bosques de pinos con austeros viñedos y olivos; la altura de sus montañas retiene la humedad y sus fuentes excavan gargantas fértiles en sus laderas por las que en ocasiones discurren los arroyos. Caminamos por la garganta verde que nos llevaba a Potami, volvimos a subir por cientos de escalones, esta vez eran de madera y estaban clavados entre ramas y rocas. Desiguales y frágiles, no desembocaron en una cueva sino en un restaurante loco que se asomaba a cascadas de agua y frondosos bosques.

Oh, sí, el camino hacia ese lugar llamado Lejos era hermoso. Me asomé a los troncos abiertos en busca de puertas, comienzos o finales de laberintos, entré en el agua dulce, me dejé envolver por la sensación de alegre pertenencia, transité por la abundancia como una mariposa. Era agua, chicharra, hoja y rana. Cuando regresamos al coche encontré la flecha que nos indicaba donde habíamos estado: Procedíamos de Metamorfosis.

Mientras tanto, mientras el universo se ordenaba y yo sumaba noches con vientos, y el camino hacia Lejos mostraba su rostro más amable, el equipo de “Samos Volunteer” permanecia callado. Les había mandado un mensaje a través de su página en facebook, Isa (la joven doctora que trabaja en Pikpa, el centro de acogida de Leros) me había hablado del grupo de voluntarios de Samos que trabajan de manera autogestionada con las personas desplazadas por las guerras. Aún no sabia que llevaban un año trabajando de manera tan eficaz como intuitiva. Comenzaron con el apoyo del ayuntamiento de la isla pero la “crisis de los refugiados” se ha convertido en una herramienta política y las autoridades locales y regionales parecen medir su imagen en términos reaccionarios: a ver quien cumple de manera más estricta con las medidas de Europa, los hotspot son asunto del gobierno central y europeo, no son necesarios más apoyos que el de los policías y militares. A pesar de ello, este grupo de voluntari@s, que fluctúa entre 7 y 20 personas en función de quienes se acercan a la isla, ha aprendido a sobrevivir sin más ayuda que las aportaciones de la ciudadanía y el apoyo de organizaciones como Médicos sin Fronteras, que no sólo les facilitan medios sino el conocimiento necesario para autoorganizarse de manera eficaz.

En un año han formado parte del grupo personas de todas las edades y procedencias, muchas de ellas del norte de Europa, pero también de Francia, Grecia, Italia, EEUU, y, por supuesto España. Consideran que toda ayuda es buena, aunque sólo sea por unas horas. Así, han pasado por aquí veraneantes que usan sus vacaciones para ayudar, pequeñ@s empresari@s que han dejado sus negocios en stand by por unos días, jóvenes con los estudios recién finalizados, jubilad@s con energia y medios… Y un número significativo de trabajador@s sin empleo que prescindieron de la humillación de las colas del paro para poner su tiempo, energïa y conocimientos al servicio de causas justas y gratificantes.

A la mañana siguiente dejábamos el pequeño puerto de Marathokampos en dirección a Pitagorion, donde habíamos fijado como punto de encuentro con Sol y La habitante de las auroras boreales. Después de una navegación exigente fondeamos en medio de la bahía, a unas tres millas de Turquía y a unos cinco kms del hotspot, es decir, en un punto equidistante entre el lugar de procedencia de los refugiados y su lugar de destino. Era inevitable, estaba en Samos y todo se volvía número y proporciones. Eramos un eje entre dos vértices equidistantes. ¿De qué figura geométrica?

Apenas faltaban 24 horas para que Samos ardiera.

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Dicen que fue una esquirla de un taller de soldadura que salió volando de donde no debía y fue a parar a un cubo de basura situado al aire libre. Estábamos a los pies del monte cuando sucedió. Sol ya había subido a bordo y vio cómo una nube negra partía de la frondosa cima. El viento alcanzaba el nivel 7 en la escala de Beaufort y en 24 horas hizo que el fuego devorara miles de acres de bosque de pinos. Aquella noche las cenizas cegaron el cielo bajo el que se mecía el GoOn. Por la mañana la nube de polvo gris seguía allí. Los helicópteros y los hidroaviones hacían constantes viajes al mar. El GoOn avanzaba precisamente al rincón de la bahía en el que recogían toneladas de agua. Iban, volvían, el fuego seguía avanzando…

L@s miembr@s de Samos Volunteers seguían en silencio y yo temía por la seguridad de las personas refugiadas. El hotspot no estaba muy lejos de la línea de este fuego. Un mes antes el centro de detención había sido noticia por las protestas de magrebíes, iraquíes y personas procedentes de Afganistán, quienes quemaron contenedores para denunciar el diferente trato que recibían frente a quienes procedían de Siria. El Ministerio del Interior griego había anunciado entonces que comenzaría a facilitar los procesos de asilo exclusivamente para este último grupo.

Navegábamos, manteniamos el equilibrio sobre el agua. Las conversaciones de la tripulación eran cada vez más verdaderas. Sol y La habitante de las auroras boreales dialogaban también con el entorno. En la barriga de mi ordenador sonaba la melodía que me enseñó el alfarero en Manolates, un pueblo encaramado en la montaña. Trinos, coros y acordes de música tradicional griega se enlazaban armónicsmente en una de las piezas que Manos Hadjidakis había compuesto para la representación de “Las aves”, una obra escrita por Aristófanes en el siglo V a.C. Los hidroaviones no cesaban de transportar agua. Las aves, las chicharras, las ranas con quienes el día anterior comulgué, debían de estar huyendo del fuego, junto a los habitantes de la zona. Recordé la ventana de la tiendecita del alfarero, el viento que ahora propagaba el fuego entonces hacía danzar la copa de los árboles.

Oh, sí, en las puertas de ese lugar llamado Lejos también pueden abrirse los infiernos.
Aún no sabía que la portavoz de Samos Volunteers que se pondría en contacto conmigo se llamaba Alba. Alba, no podía ser de otra manera. En ese momento todo ardía.

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(Ilustración del CD de la composición creada por Manos Hadjidakis para la representación de  “Las Aves” dirigida por Bèjart en los años 60)

En el link inferior puedes escuchar la pieza.

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