Abundancia, amor y vientos

BY MARTHA ZEIN

Durante diez días el GoOn se llamó “El barco de Eros” porque así lo bautizaron Sol y “La habitante de las auroras boreales”. Se ofrecían a Eros como respuesta a ese Thanatos presente en las orillas de Turquía, en cada una de las rocas en las que aún encontramos chalecos salvavidas, en las vallas de los hotspot a los que, hasta el momento, tenemos prohibida la entrada.

Eros ha sido durante diez días el espejo que hemos mostrado a la muerte para que tomara asiento junto a la pura vida, un Eros capaz de asumir la belleza y el dolor, el acoso del Meltemi con la calma de un oasis en medio de la nada, lágrimas ante las propias dificultades con el compromiso solidario, la rotura del tubo de carga del gasoil con las risas bajo la luna, cuadernos de viajes, sueños, planes, consejos, baños, cremas, propuestas, escucha atenta, lo dulce y lo salado, tierra y mar, bienvenidas y despedidas.

Fuimos tres mujeres y el capitán, mayoría femenina, escribiré esta crónica usando un nosotras que integra el ying y el yang de Toni. Así digo que las cuatro fuimos compañeras de camino y todo lo amantes que supimos ser. Durante diez días “El barco de Eros” ha puesto nuestros cuerpos en juego, claro, pero también lo que les acompaña y suele olvidarse: el respeto, el cuidado, la entrega, la conciencia, la alegría de compartir la vida incorporando sus límites.

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Nombrar Eros en este lugar es un acto íntimo y político. Le abandero mientras la escasez del petróleo marca las cartas del juego internacional, en línea con las voces que proponen el decrecimiento y el cambio de modelo energético para vivir en un planeta en paz. Y voy más allá: apelo a su abundancia, no se trata de vivir con menos sino de vivir en conexión. He visto la abundancia de Eros en las personas con las que trabajamos en el almacén de ropa usada de Samos Volunteers; la encontramos en los besos lanzados al aire por el nieto del pescador mientras musitaba “Fourni” (el nombre de la isla en la que habíamos fondeado). La reverenciamos en la ronda de vino dulce a la que nos invitó la dueña del restaurante Iannis, en Vathi, con la que quiso honrar la muerte de su tío, sucedida tres horas antes. Dijo: “hoy no es un buen día, pero la bondad no sólo se comparte con el corazón y la cabeza sino con la sonrisa, sonriamos”.

“El Erotismo es la aprobación de la Vida hasta en la Muerte”, dijo Bataille, y aunque encuentro sus disertaciones sobre el erotismo algo adocenadas, creo que esta afirmación supera sus tesis, como un simple verso puede superar la obra completa de un poeta. Durante diez días el GoOn cambió de nombre y a bordo aprendimos que la muerte no está al otro lado.

A base de compartir años de viajes en barco he aprendido a prestar atención a lo que llega y a abrazarlo como un inmenso regalo. Quien sube a bordo lo hace siempre en el momento adecuado y trae consigo el conocimiento pertinente. Del centenar de personas que podrían formar parte de la tripulación vienen unas y no otras en unos días y no en otros mientras que suceden unas cosas y no otras, y en esa suma de azares y posibilidades suelo encontrar la melodía. “¿A qué vienes?” pregunto a esa “luz” que llevan consigo, dejando que la respuesta siga su curso durante el viaje compartido. “Te doy la bienvenida”, añado, siempre con la boca cerrada. Sol y “La habitante de las auroras boreales” llegaron de manera imprevista, con la frescura de la lluvia en verano y yo practiqué con ellas la escucha atenta y la implicación absoluta.

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En mi pasión por las metáforas y los guiños del azar deseaba ver qué sucedería cuando se encontraran con Alba. ¡Con esos nombres el firmamento no podía hacer otra cosa que iluminarse!

Lo que presencié fueron las elegantes chispas que producen los intercambios. El eje central de su encuentro fue cómo organizar las cajas en las que se acumulaban los zapatos que habían llegado desde diferentes lugares del mundo y en torno a él crearon espirales lácteas.

Los zapatos, si, esa fue la sección a la que fuimos destinadas, allí fundamos nuestro breve virreino de la abundancia durante unas horas, poniendo en práctica que dar con generosidad y recibir con excelencia es sinónimo de abundancia. Así me lo enseñó Sol que a su vez lo aprendió de Sergio Fernández y vaya usted a saber cómo alcanzó él este conocimiento. En el almacén de ropa de Samos Volunteers inventé un juego interior: cada vez que recibía unas sandalias para clasificar la saludaba quitándome un sombrero invisible con exquisita elegancia, cuando entregaba el par debidamente tallado lo daba a dos manos, como si fuera a espuertas, como si devolviera una zapatería entera. Ya, ya sé que no es eso exactamente lo que quiso enseñarme Sol sobre la abundancia pero algo verdadero tenia ese intimo juego porque rodeada de cajas llenas de objetos donados empecé a sentir una alegre plenitud.

“Abundancia es una forma de sentarse, de caminar, de tomar el agua o peinarse”, me decía a menos de un kilómetro del Hotspot en el que hervían las personas que huyen de las guerras. Percibir la plenitud muy cerca de la zona en la que arrancó el incendio días antes es una contradicción difícil de explicar. Creo que la sensación emanaba de la presencia de esas siete personas desconocidas que organizaban ropa junto a mis dos amigas: una madre y su hijo de diez años, procedentes de California, dos mujeres inglesas, un coreano, dos hermanos adolescentes también procedentes de Gran Bretaña, una francesa y Alba, francoespañola. Todas ellas habían abandonado su vida durante un tiempo para contribuir al bienestar de otros seres humanos a quienes no necesitaban poner rostro. Javier, el crío de 10 años, ejercía su compromiso con impecable presencia. Diez años es precisamente la edad que tienen el hijo y la hija de Sol y “La habitante de las auroras boreales” respectivamente.

Sí, inclino la cabeza ante los caprichos del azar del mismo modo que adoro los lapsus y las palabras despistadas.
Sí, a medida que das descubres todo lo que tienes y a medida que recibes reconoces todo lo que se te otorga.

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Dicen que las personas solemos hacer una cosa mientras pensamos en otra, lo llaman “mente errante” y aseguran que es la causa de la infelicidad; pues bien, puedo asegurar que a medida que clasificaba zapatitos mi mente empezó a vagabundear. Mientras cumplía la función que se me había otorgado me hacia preguntas que nunca me había hecho (¿Esta botita es de seis meses o un año? ¿La deportiva de esta marca por qué da tan buen tallaje? ¿Por qué la talla 20 inglesa es dos números menos que su correspondiente europea?) y al mismo tiempo intentaba comprender qué tipo de “pobre sirio” tenemos en la cabeza. El resultado me produjo, en efecto, una encendida inquietud:

Estaba allí había toneladas de objetos usados. ¿Por qué usados? ¿Qué tipo de generosidad es dar lo que te sobra? ¿En quién pensaba esta persona cuando envió tres brillantes tops de adolescentes? ¿Y estas botas forradas de lana envueltas amorosamente en dos gomas? ¿Cómo imaginamos el terror de las bombas o el de la supervivencia para que, cuando nos disponemos a paliarlo, se nos ocurra mandar bolsitos con forma de corazón a los peques supervivientes? ¿Qué tipo de miseria nos remueve que ni nos planteamos que no tienen toallas o que apenas tienen una braga o un calzoncillo que ponerse? Esa semana había leído una entrevista al psicólogo Harvard Dan Gilbert en la que decía que las personas sobredimensionan lo infelices que serán ante la adversidad y yo, rodeada de cajas de cartón vencidas por el peso y el tiempo, me preguntaba qué tipo de personas creemos que habitan la adversidad.

La inquietud encendida no me hizo infeliz, por el contrario, sentí la plenitud de quien camina descalza por su casa, y continué haciendo mientras me lo preguntaba todo. En una mañana Sol y “La habitante de las auroras boreales” habían establecido un criterio para clasificar las tallas de las piezas, creado plantillas de referencia y organizado la sección infantil y yo formaba parte de ese equipo. Sí, habían sido muy abundantes en su corta entrega, mientras chocabamos las manos al terminar la mañana celebrando el trabajo bien hecho, nos preguntamos por qué había tan pocas personas expertas en logística o en organización de grupos entre la lluvia de personas voluntarias que han pasado por estas islas. ¿Es que hay profesiones más proclives a la generosidad que otras?

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(Voluntarias y vecinos de Leros guardando las puertas de Pikpa, a la espera de los matones)

Al regresar al barco, el joven coreano nos explicó con mayor detalle el conflicto que causó fuego y heridos en el hotspot un mes antes: el reparto de unas nuevas tiendas, las diferencias entre lugares de procedencia, el diferente trato que reciben por parte de las autoridades y la desesperación de los más jóvenes. Los partidos de fútbol parecen apaciguar los ánimos y encauzar los enfrentamientos, un buen gol simboliza una derrota del grupo/equipo contrario. Además detalló qué estaba sucediendo en Leros aquellos días:

“El grupo de habitantes que el martes anterior había amenazado a las personas refugiadas que abandonaban el hotspot (la ley no les obliga a permanecer allí) se presentaron al día siguiente en el centro de acogida Pikpa a las cinco de la tarde, cumpliendo puntualmente su amenaza. Los matones fascistas, que cuentan con el apoyo del alcalde, se presentaron diciendo que iban a echar “a los voluntarios y refugiados de la isla”. Las doce personas voluntarias que en ese momento trabajaban en el centro habían decidido hacer un escudo humano para proteger la integridad de las 120 personas (en su mayoría niños y niñas) porque no confiaban en la actuación de la policía y porque se sentían sol@s, pero no lo estaban. A esa misma hora la ciudadanía de Lakki, donde de levanta el centro de acogida, había colgado un enorme cartel en la plaza principal respaldando la presencia de voluntari@s y refugiad@s y un nutrido grupo de personas acudía al centro dando un paso al frente por la dignidad, el respeto, la libertad y la verdadera democracia”.

El miedo no fue vencido, simplemente no germinó. Ahora las personas que trabajan en Pikpa, (Leros Solidarity Network) han empezado a organizar un programa de divulgación y educación para llenar de nuevos significados la convivencia de los y las refugiadas y la comunidad local. ¿Cuándo se van a dar cuenta las personas expertas en los nuevos caminos para la resolución de conflictos que les ha llegado el turno de venir aquí y ofrecer su conocimiento de forma voluntaria y organizada?. Os esperan en Leros.

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Regresamos al barco de Eros integrando la experiencia en las instalaciones de Samos Volunteers con la de la navegación. Si el Meltemi nos dejaba volveríamos a ponernos en ruta. El norte de la isla estaba aún por descubrir. El capitán había marcado con una x un punto en el mapa: Potami. La semana anterior habíamos estado allí en coche, ahora quería abordar aquel vergel desde el mar. Sol y “La habitante de las Auroras Boreales” enlazaban lo frío y lo caliente de la vida con una naturalidad que me sorprendía y yo seguí su estela. Decían que sí a todo, con la misma frescura y entrega, dejándose sorprender. Eran capaces de gozar de la dulzura que ofrece un día en el paraíso en la bahia de Kampi (en Fourni) tanto como se habían entregado a la navegación exigente con vientos de fuerza siete que nos llevaron hasta allí.

Volvíamos a los placeres del verano en medio del espanto y yo lo hacía preguntándome si el amor ha de posponerse en medio de la guerra y si han dejado de soñar las personas que llegaron a estas islas huyendo de la miseria, el horror, la muerte. Si el pudor me invadía allí estaban Sol y “La habitante de las auroras boreales”, mis compañeras de camino, para mostrar como Eros es la aprobación de vida hasta en la muerte.

Cuando les conté cómo hacía mis cuadernos de viaje instantáneos, quisieron hacer el suyo y yo les inventé un juego a la medida en el que su Eros se asomaría al jardín de su Thanatos. En la primera jornada compartida les hice tomar consciencia de que el cuerpo es una nave en constante diálogo con el entorno, y su cuaderno se llenó de peces y pezones; en la última les propuse jugar con los principios y los finales, los propósitos y los despropósitos, la pasión que exige volver del inframundo para levantarse de las cenizas tal y como muestran tantos miles de supervivientes en estas islas, y su cuaderno se llenó de puertas y ventanas.

Deseé que germinara Eros en aquellas páginas, frente a las costas de una Turquía en la que se podría estar larvando una guerra civil tras la asonada militar. Feliz, observaba cómo se dejaban guiar y dibujaban y escribían abrazando la pura vida y la muerte dulce como una forma de hacer frente a la muerte arrebatada y el sexo violentado. El capitán también se había sumado al juego e iba construyendo su minúsculo espacio de intimidad en esas hojas. Deseé que en aquellos cuadernos pudieran encontrar siempre el recuerdo de la abundancia compartida.

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Hace años, cuando investigaba sobre la huella de los golpes militares en América Latina y la posterior represión, conocí a supervivientes de la tortura. Me decían que en medio del espanto había ocasiones en los que florecía el amor y la compasión, la complicidad y el compromiso entre las presas, los moribundos, las heridas, el olor a orín que da el miedo… Sol y “La habitante de las Auroras Boreales” habían bautizado al GoOn como “el barco de Eros” y yo, hasta el último instante, estuve tomando apuntes de la lección que habían subido a bordo. En nuestra última noche compartida escribí en mi cuaderno de bitácora que Eros nos da un lugar en la trama de la vida y que la Abundancia es una forma de percibir la existencia.

Ahora, con su espacio vacío en esta “universidad de verano de los otros” inaugurada en el GoOn, miro esta luna a punto de volver a llenarse. Continúo escribiendo ya a solas todo lo que no quiero olvidar: que Eros incorpora también las rupturas, las despedidas y las fragmentaciones, que la abundancia crece allí donde se la mira, que no se trata de consumir menos sino de acariciar la vida de otro modo, que somos un pulso cósmico y todo vibra, que honrando lo perdido honramos nuestra presencia en este planeta, que la empatía es sólo el principio de un vínculo amoroso con nosotr@s mism@s y con la existencia, que la represión que crece en la orilla turca no es más que el reflejo de esa violencia sistémica ante la que nos doblegamos y que la puerta de salida es más sencilla de lo que parece: salir de los espacios en los que creemos que residen nuestros afectos, seguridades y obligaciones para darnos cuenta que no hay “otro lado”.

Revisemos nuestras reivindicaciones, nuestras verdades, nuestros conocimientos. Cuando el Meltemi manda toca zambullirse en nuestros mares interiores, comprendiendo que la abundancia también crece en el dolor, la injusticia y el horror  y transforma el planeta.

Todo vibra.

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3 comentarios en “Abundancia, amor y vientos

  1. Desde el “García del Cid”, navegando por el Mediterráneo occidental, feliz de contactar con el GoOn.

    Y ahora, como otras veces, toca navegar hacia el pasado, remontando vuestra estela para entender vuestro presente.

    Salud y buena proa.

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