Compartir el hambre, compartir el alimento

BY MARTHA ZEIN

El ferry Ariadna zarpa puntual hacia Atenas ante la mirada soñadora de la joven pareja que permanece sentada en el borde del muelle. La enorme luna naranja se deshace en la noche. El buque hace sonar la sirena. Sus luces tardan en perderse en la oscuridad. Es verano, a sus espaldas (ambos flacos, ella velada, el niño quieto como saben hacerlo quienes ya han puesto su vida en juego) la noche trata de hervir los ánimos. La coreografía del turismo pretende disimular la evidencia: que algo no va bien, que hace tiempo que no va bien.

Las 2.500 personas hacinadas en la capital no son más que una parte innegable de la situación. Hace casi 80 años, en algún puerto del Mediterráneo occidental, una pareja de republican@s, anarquistas, ateos, comunistas… también habría balanceado sus pies en el borde del muelle soñando con alcanzar el continente americano. Entonces Europa estaba en guerra, ahora también. Chios entera es una trinchera y el lugar con al que soñaban escapar una ratonera (atentados suicidas en Francia y Alemania, bombas, asonada y represión en Turquía) pero es de noche y es verano y la tierra se refresca y las luces del enorme buque son hipnóticas y esa pareja parece que se ama.

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(Al ver de cerca la foto descubrimos que la gorra del hombre lleva inscrita la palabra N.York)

Media hora después. Dos kilómetros más allá. La misma luna deshaciéndose en la noche como una enorme lágrima naranja. Otra pareja permanece en silencio en un pequeño barco amarrado en un puerto humilde. El horizonte que se abre ante ellos es el que marca sus respectivas pantallas de ordenador. Él comparte en red la fotografía que hizo en el puerto, ella escribe con la mirada turbia; a la sexta palabra deja el teclado. Está esperando a que su cuerpo le hable. Todos los días, de fuera a adentro, se posiciona ante lo nuevo; el ejercicio a veces le reafirma y otras le llena de contradicciones. Se ha sometido a una extraña disciplina: observar y contemplar lo que ha hecho, es decir darle la vuelta al proceso habitual en el que lo que se mira es la acción del otro y a partir de ahí se opina o se analiza. Se trata de poner el cuerpo en juego, hacer que las manos piensen. No se puede quitar de la cabeza a la filósofa Simone Weil y su experiencia en las fábricas, su compromiso hasta la extenuación.

La pareja del barco pequeño en puerto anónimo lleva tres dias haciendo lo que nunca ha hecho: repartir comida entre las personas desplazadas por las guerras. Al llegar la noche ella garabatea en su cuaderno y repasa los efectos, las causas, los detalles. Es entonces cuando escribe. Simone Weil estaba convencida de que la separación entre la actividad manual y la actividad intelectual había sido la causa de la relación de dominio y poder que ejercen los que manejan la palabra sobre los que se ocupan de las cosas. La mujer que escribe está de acuerdo. Vive en una sociedad hecha de palabras desinfladas; poner el cuerpo en juego sigue siendo asunto de pobres, putas, obreros, campesinas, artistas y gente de malvivir, el problema es que cuando los cuerpos toman la palabra terminan haciendo un post, un video compartido, ganando un minuto de gloria en el espectáculo. Por eso quiere dar de comer a las palabras, llenarlas de carne, de actos, de sentido.

Hoy quería escribir sobre el alimento y el hambre pero se han pasado el dia dando vueltas en moto por la isla como un par de turistas más y no logra ponerse de acuerdo con sus actos.

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(Detalle del interior de la cúpula del monasterio Nea Moni, patrimonio de la Humanidad)

Hace dias que actúa sin hacer reivindicaciones. No tiene derechos ni deja de tenerlos. No tiene derecho a un tiempo de asueto, a unas vacaciones o a una cena opípara, no tiene derecho a usar su tiempo o su dinero en lo que le plazca, y no lo tiene porque ese no es el problema. Simplemente actúa como si fuera agua. Hoy la moto no les llevó a las cocinas de Zaporeak o al almacén de Toula sino que bordeó los campos de refugiados y empezó a sumar kilómetros. El sol ardía, el Meltemi seguia creando barrotes en el aire; ni presos ni libres, aquella mañana eran una pareja sobre una moto.

Pararon en un pueblecito del interior atravesado por el sol, Avgonima, cercano al monasterio Nea Moni. La tasca tenia sólo otra mesa ocupada. Al ir a pedir algo fresco que apagara su sed y su ligero apetito se dieron cuenta de que sólo llevaban tarjetas de crédito. Aún así, el dueño se ofreció a darles de comer igualmente, asegurando que ya le pagarían en la siguiente ocasión. El corazón de la mujer que escribe tremoló cuando vino a contárselo su par. Estaba recibiendo cuidado altruista de manos de un desconocido. En tan sólo un instante había abandonado el lugar de los que dan para sentarse a recibir. Así de rápido puede cambiarte la vida. De la paz a la guerra, del dar al recibir, de vivir a sobrevivir. No sabe muy bien por qué, pero sentada en esa terraza, aceptando su nuevo lugar, recordó un instante vivido días atrás:

Aquella jornada el menú era lentejas con arroz, pollo al curry y una pera; había ayudado a emplatar 1400 comidas y había contribuido en su reparto con una sencilla función: entregar la fruta una a una, cumpliendo estrictamente con el número de raciones. Eran las tres de la tarde y todo el mundo había comido. Era su segunda jornada en Zaporeak y aún se preguntaba cómo era posible, de modo que siguió llamándolo milagro. Preocupada por el reciclaje de las bandejas de aluminio que se utilizan como platos, dio una vuelta por las inmediaciones y encontró dos bandejitas con las lentejas sin tocar. Dos de mil. Las recogió diciéndose que no quería la sumisión de los estómagos agradecidos en ninguna parte del mundo, tampoco allí. Sin embargo mentiría si dijera que esas dos raciones a medio comer la dejaban indiferente, Fue entonces, al levantar la vista en busca de un cubo de basura, cuando se encontró con la mirada de un joven que parecía leer el lenguaje de los cuerpos. Se apresuró a recoger uno de los platos pidiendo disculpas por los que otros habían abandonado en un inglés infinitamente mejor que el suyo. Ella también se disculpó, no sabía muy bien por qué. A los dos se les pusieron los ojos como vasos.

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(Emplatar implica formar parte de una cadena de cuidados, siguiendo los consejos de mi amiga Maria, conecté mis manos con mi intención: que comieran amor y alegría)

Desde que llegaron a Chios y conocieron la labor de Zaporeak el alimento y el hambre se han convertido en causa de debates internos que hacen intermitente su apetito. No se trata de comer o no comer, ni siquiera de la cantidad (aunque es importante) o de cuándo y qué y cómo (también es relevante), sino del acceso al alimento. Los “campos” donde levantan sus chabolos las personas desplazadas por las guerras están rodeados de restaurantes medio vacíos y tiendas de comestibles a media asta. No se trata de dinero, no hay ley que les prohiba adquirir comida, el problema es estructural y, por tanto, todo el mundo forma parte del conflicto y su solución: no se pueden hacer fuegos al aire libre, no pueden colaborar con ONGs o voluntariados porque el trabajo es escaso en la isla y se consideraría competencia desleal, todo lo que se organiza requiere papeles, tarjetas, documentos…

La mirada turbia le impide escribir, no logra llevar el texto más allá de las primeras seis palabras: “Compartir el alimento, compartir el hambre”. Hoy ha comido como no esperaba y ha cenado en debate. A veces se imagina como un puente colgante sostenido por el equilibrio de las tensiones que generan los cables opuestos y por su descarga en arcos y pilares. Debería dar las gracias a las contradicciones por mantenerla en el aire y prestar atención a sus pilares. Nombra los que reconoce en busca de equilibrio: cuidar las preguntas para que no obedezcan a la lógica mediática del dato, tomar lo que ve y dejar que le resuene dentro, recordar que un puñado de personas consiguen cada dia arrancar abundancia a la escasez gracias a formar parte de una cadena de cuidados…

imageimage(Todo lo que aquí veis es fruto de la entrega altruista)

Zaporeak no es una ONG, es una iniciativa sostenida por personas voluntarias que se van pasando el testigo. Todo comenzó el pasado 1 de marzo, cuando cuatro personas del Grupo Gastronómico de Intxaurrondo llegaron a la isla dispuestas a dar de comer. L@s voluntari@s de Salvamento Marítimo Humanitario (SMH, otra iniciativa creada en Gipuzkoa por socorristas, patrones de barco y sanitarios) les habían ayudado a localizar el local. Traían comida, dinero, material de cocina y compromiso. 15 semanas después la maquinaria sigue funcionando.

Dar de comer a 1.400 personas no es fácil, a ver cuántos restaurantes hacen esto cada día. Además, las mercancías son escasas. Hay que saber calcular. Nadie allí es cociner@ profesional. Los menús han de ser equilibrados. Las recetas deben ajustarse al paladar de las personas que van a recibir el alimento. Hace calor, los productos se descomponen con más facilidad. Los precios se han disparado con el inicio de la temporada alta del turismo. La sequía vacía los tenderetes de los mercados. A pesar de todo las personas que participan en Zaporeak llevan 150 días realizando el mismo milagro sin recurrir a los dioses. ¿Cómo sucede? La mujer que quiere escribir solo tiene una respuesta: queriendo que suceda.

Las palabras “alimento” y “hambre” siguen pestañeando en su ordenador a la espera de que les dé forma pero sus ojos permanecen nublados. Vuelven los instantes: Esa vez no la habían destinado a Souda, donde se distribuyen unas 1000 raciones, sino al campo improvisado en el centro de la ciudad, Dipethe, a donde se llevan unas 400 bandejas. En aquella ocasión su función era repartir hogazas de pan. Amante de las metáforas y los gestos simbólicos, se sintió una mujer con suerte. Además contaba con dos pequeños monaguillos laicos dispuestos a repartir los cubiertos, felices por llevar sus manos enguantadas. Mientras ofrecía los tenedores, el de la izquierda aprendía a decir el número de las raciones en inglés y castellano. No debía tener más de diez años. El de la derecha celebraba cada cierto tiempo su acertado reparto chocando las palmas de las manos. Dale a un/a crí@ una responsabilidad y encontrarás a un/a magnífic@ compañer@.

(mientras el viento impide que las embarcaciones salgan de Turquía, los miembros de SMH enseñan a nadar a los náufragos)

Las filas de hombres y mujeres confluían ante el pan. Ella empezó a tomar distancia lentamente, como si pudiera salir de su cuerpo y observar a quienes llegaban con cajas y recipientes de plástico para recoger su ración. Sabia en qué consistía compartir el alimento, es decir, lo que se tiene en el plato, en la olla o en la nevera. Conoce la sensación de saciar el propio apetito junto a alguien desconocido. Normalmente ese acto hace del bocado compartido un festín, suele conectar a los comensales con la alegría, en vez de comer menos parece que se comiera más. Conoce a personas que han compartido el hambre, gracias a ellas sabe que hambre no significa no tener nada en el plato sino no saber cuándo vas a poder llenarlo. Compartir el hambre es compartir la ira, el desasosiego, la impotencia, el miedo a morir, el desmayo; el cuerpo se desespera y sólo cuando quedan fuerzas saca el instinto de supervivencia de manera salvaje. Lo que no sabía la mujer que no logra escribir era qué secretos ocultaba el acto de “compartir” y qué significaba verdaderamente “el cuidado”. Por el momento intuye algo: ambos actos necesitan tiempo.

Le habían indicado que no podía dejarse llevar por la compasión, que los comensales (es decir, quienes comparten el hambre) también han de hacerse cargo de que todo el mundo ha de recibir la ración mínima de alimento. Unos negociaban, otros discutían por el turno, otros esperaban con paciencia, las mujeres buscaban su complicidad con la mirada o le hablaban de sus cinco hijos… Sucedía ante sus ojos. Estaba asistiendo a una lección en directo. Cada persona que llegaba a tomar su ración le enseñaba cómo compartir el hambre. Unas lo hacían con orgullo, otras rabia, dignidad, humillación e incluso bromeando, es decir, como podían. La vida parecía transcurrir a cámara lenta, alargando sus gestos, llenándolos de detalles. Las podía tocar y sin embargo el hambre, ay, el hambre, parecía quedarse al otro lado de la mesa.

image(Toula y su modelo de liderazgo, oculta tras la careta de Piolin, cierra la reunión con la que comienza la mañana y despide a una de las voluntarias)

La grandeza del ser humano es inabarcable. La que quiere escribir mira cómo el mar se esconde en la noche. Había conocido al fin a Toula, la vecina de Chios que con su compromiso está siendo capaz de movilizar a cientos de personas voluntarias en decenas de proyectos desde hace meses. Se enteró que dos semanas atrás se había puesto en marcha una escuela infantil, que el centro para mujeres apenas se había abierto cinco días atrás, que la noche anterior surgió de la nada un neurólogo dispuesto a atender gratuitamente a un hombre con ictus, que continúan distribuyendo leche para los lactantes, que un grupo de voluntari@s de Alemania se llevarán en breve 4000 kilos de restos de barcos y chalecos que aún encuentran en las playas para hacer nuevos objetos que pondrán a la venta allá donde más fluye el dinero…

La que no puede escribir a veces lee. En uno de los textos con los que se ha cruzado ha descubierto que las personas que curan también mejoran su salud durante el proceso y no sólo sus pacientes. Se trata de uno de esos experimentos científicos que se realizan en EEUU y que en España son impensables. El artículo le ha permitido imaginar que entre quien da la cura y quien la recibe se levanta un mar íntimo que baña de igual modo ambas orillas. El cuidado no pertenece a quien lo otorga sino que se crea entre las partes y beneficia a ambas, es un espacio sagrado hecho de tiempo. Quien forma parte del mismo mar invisible lo comparte inevitablemente, es decir, no es que otorgue nada suyo, es que, simplemente, “forma parte”.

Vuelve al recuerdo, reconfortada por la idea. Cuando quiso darse cuenta uno de esos grandullones zangolotinos metió la mano en la bandeja y tomó dos pedazos pan. De repente se vio a sí misma arrebatándole uno de los mendrugos en nombre de esa norma que debía de cumplir para que la máquina siguiera moviéndose: no dar más para que todos tengan. La complexión de aquel joven era fuerte, era evidente que necesitaba comer más y dejó que se llevara el otro currusco temiendo que con esa concesión estaba posibilitando alguna persona se quedara sin su ración correspondiente. Fuera de las colas una mujer y su joven hija que acababan de bajar del hotspot esperaban su turno, era su primer día fuera de aquellas instalaciones militares y aún no tenían la tarjeta adecuada. Durante media hora la joven no había levantado la vista de los platos que pasaban ante ella, los seguía agarrándose el estómago aunque las bandejas estuvieran cubiertas con una tapa de aluminio. Durante esos lentísimos 30 minutos la que quiere escribir pero no puede rogó a la vida que hubiera pan suficiente.

Al final del reparto sobraron cuatro trozos. El alivio no la reconfortó. El hambre le había pasado tan cerca como para herirla. ¿Cuándo había dejado de compartir el alimento para compartir el hambre? Fue entonces cuando escuchó un susurro a su espalda. La vida parecía ofrecerle una respuesta. Una funcionaria de ACNUR explicaba a uno de sus compañeros que un hombre de nacionalidad alemana se había hecho pasar por un voluntario y había abusado sexualmente de un niño.

Le siguen buscando.

La mujer cierra su ordenador. Esta noche no será escritora. Quizás no debería de hablar del hambre sino de cómo los seres humanos se organizan en medio de la desolación y de qué olvidan cuando se instalan en el alivio. Esta noche sólo es capaz de pensar en la distancia que existe entre aquella pareja que miraba partir el ferry y la que pierde la vista en el horizonte de sus respectivas pantallas en un velero pequeño amarrado en un puerto humilde. Ambas parejas se asoman a dos orillas del mismo mar. Le invade una pequeña náusea. El viaje dentro del viaje exige cruzar mares desconocidos. Esa noche volverá a soñar con otros naufragios.

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4 comentarios en “Compartir el hambre, compartir el alimento

  1. Tengo el estómago en un puño. No creo que pueda comer hoy. Pero no será un ayuno de solidaridad. Será un ayuno de náusea. Un ayuno estéril. Lloraría ahora mismo, no sé si por empatía o porque me ha invadido una profunda tristeza al leer el post. A pesar de todas las cosas positivas que también contiene, hoy se me pega solo la tristeza. Y me pesa. Y no lloraré porque estoy en el despacho. Qué asco a veces, el mundo. Que asco sentir esta tristeza y responderle cerrando el chrome y volviendo al trabajo. Evitando sentir.

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