Jugarse la vida o morir

BY MARTHA ZEIN

Llevo dos meses durmiendo en su lecho de agua, ya soy capaz de reconocer su huella en el cuerpo de los recién llegados, veo su reflejo en los ojos de quienes les esperan con los brazos extendidos, la oigo respirar en los pulmones de los niños, la siento en infinitos pequeños detalles de las mujeres al andar. ¿Cómo es posible que aún no haya escrito sobre ella?

Ha llegado el momento. La he invitado a tomar asiento en esta mesa (no te preocupes, pago yo). Aquí llega. La Muerte.

Hace una semana la vi de frente. Estaba sentada entre los dos comensales. El de la izquierda era un socorrista, el de la derecha un superviviente; el primero llevaba unas semanas en Chios, el segundo había alcanzado esta orilla a finales de Marzo. Yo les intentaba escuchar desde el otro lado de la mesa, a una fuente con ensalada griega de distancia, porque me interesaba el tema (la guerra en Siria), pero había tanto ruido que tuve que contentarme con atender al lenguaje de los gestos. Fue entonces cuando me di cuenta de la serenidad con la que el de la derecha hablaba de la Muerte de los suyos en Aleppo mientras que el de la izquierda atendía a su relato con un contenido espanto.

  • “Qué extraño. El dolor parece que está donde no toca” – pensé – “Quien ha sobrevivido a bombas, tiros y torturas habla de la Muerte con sosiego. En cambio, quien sabe arrancar vidas del mar enfurecido y burla su abrazo mortal es quien se espanta”.

Me quedé con el tenedor en el aire; aún permanezco así, aunque hayan pasado días de aquella cena. ¿Por qué se estremecía el socorrista? ¿Por qué no se perturbaba el superviviente? ¿Acaso da más pavor la idea de la muerte que haberla conocido?

juegos de guerraApenas a 500 metros de aquella cena un local de videojuegos online hacía su agosto. Todos los jóvenes jugaban a la guerra.

Nuestra estancia en Chios está siendo muy “corporal”. La tiranía del viento del norte, el Meltemi, se ha convertido en una oportunidad para permanecer junto a quienes reparten cuidados y quienes los reciben. Además han subido al GoOn Lali y Rita, dos guindillas. Nada más abrir los ojos se ponen a organizar su incorporación a algún proyecto vinculado con las personas desplazadas por las guerras. Cada noche, antes de caer rendidas por el sueño y las risas, recuerdan con respeto y admiración a los seres que han conocido y las propuestas que han respaldado.

Durante esta semana me he limitado a servirles de puente, a sonreír y a acariciar. Empecé a hacer eso, acariciar, un día en el que había tantas personas aportando un grano de arena en el reparto de comidas que salí del círculo y me puse a tocar la espalda de las mujeres que hacían cola, a rozar brevemente el cuello de los voluntarios, a hacer cosquillas a l@s pequeñ@s… Y a abrazar tras cada encuentro. En una semana he abrazado a todo tipo de cuerpos; lo he hecho fuerte, fuerte, como si quisiera crujirles los huesos. Cada una de las veces la sonrisa se me salía del rostro, giraba en la rotonda de mi pecho, se bifurcaba en las axilas y llegaba hasta la punta de los diez dedos durante unos segundos. No sé si has reparado en ello pero abrazar con la mano abierta es como leer con el tacto. El caso es que cuanto más abrazaba más sonreía porque todos los cuerpos me parecían hermosos en su fragilidad. Éramos iguales en el abrazo y, por tanto, en nuestra vulnerabilidad. Eramos mortales y eso me producía una extraña ternura.

Hemos emprendido el camino hacia Lesbos de forma inesperada, aprovechando el silencio del viento. El horizonte es tan claro que podría ver todas las barcazas del mundo. Lo que es bueno para el GoOn también es bueno para los traficantes de personas. El equipo de Salvamento Marítimo Humanitario cuenta que horas antes de nuestra partida llegó una embarcación a la costa norte de la isla con cerca de cuarenta personas a bordo, algunas de ellas proceden de Camerún y Congo. Mientras escribo esta crónica han detectado una nueva arribada.

Es un día precioso, las personas que hoy emprendan el viaje no se enfrentarán a un mar violento, sin embargo contengo el aliento. Podríamos toparnos con una de esas barcazas.

L@s voluntari@s de Salvamento Marítimo Humanitario se comprometen en cada acto que llevan a cabo de una manera absoluta

Un mismo mar, destinos paralelos. En los campos empiezan a crearse nuevos relatos y heroicidades. Uno de los comensales, enfermero en Palmira, hablaba de un hombre que había cruzado a nado de Turquía a Chios. Es un rumor que atraviesa las charlas en las tiendas. Cuando lo contaba  le brillaban los ojos, quizás le recordara que está a un puñado de brazadas de esa Europa a la que no termina de llegar.

El horizonte sigue limpio. En ocho años recorriendo el Mediterráneo he conocido algunos instantes de pánico. Recuerdo una navegación en la costa de Albania. A media tarde se desencadenó una tormenta de forma inesperada. La pesadilla duró muchas horas, una vida. Durante el trayecto ninguno de los tripulantes abrimos la boca, no era el momento de expresar el miedo sino de lograr que el barco llegara a su destino. Cuando al fin fondeamos en aguas tranquilas, bajo las estrellas, celebramos la Vida sin grandes aspavientos, tampoco hacía falta mofarse de la Muerte. Quizá el joven que sobrevivió a la de los suyos en Aleppo siga conteniendo el aliento porque sabe que ella aún no ha abandonado su festín, que sigue viviendo en un mundo en guerra.

Navegamos como hace semanas que no lo hacemos. La vida es azul. Recuerdo el último abrazo que di en Chios. Habíamos llegado hasta el hotel Phyloxenia para repartir bragas entre las embarazadas. En esta primera fase, el proyecto de Lali (The Bragas Power Project) consistía en repartirlas en mano entre las que viven en los campos de detención. Ya habíamos repartido 400, nos quedaban unas mil más en la maleta. En aquel hotelito, que el año pasado acogía a turistas en el corazón de la Chora (capital), hoy viven unas veinte familias procedentes de Siria, Afganistán, Iraq y Pakistán, la mayoría encabezadas por mujeres a punto de dar a luz, con o sin pareja. En total suman 60 personas, 16 de ellas menores de diez años.

Quienes suben a las barcazas huyendo de la violencia sólo llevan lo puesto, así se lo exigen los traficantes, por eso las mujeres sólo tienen una braga, incluidas aquellas que acaban de parir. El día anterior había aprendido que el acto de mostrar esa prenda, de dejar que toquen la tela, que regateen los tamaños, y elijan formas y colores era una puerta que nos introducía en un mundo común, el femenino. Repartir bragas nos envolvía en una cotidianidad alegre vinculada con Eros. Cada prenda sostenía un guiño de complicidad.

Fuimos habitación por habitación. En cada una encontré una historia.

Effie, junto a su socia Maria, ha puesto a disposición su hotel, Phyloxenia, para las personas más vulnerables.

Llamamos por segunda vez a su puerta. La habitación estaba en penumbra, el aire acondicionado muy alto. La mujer que la abrió no llegaría a los cuarenta años. La que me acompañaba me explicaba que su marido había desaparecido hace unos días llevándose consigo a dos de sus hijas. Por lo visto se las llevó a Atenas. Las niñas serían su fuente de ingresos. Aquella madre desolada asentía con la cabeza. Sus otros cuatro hijos se arremolinaban en torno a sus piernas como poliitos enjaulados. El cruce de nuestras miradas fue más locuaz e intenso que cualquier conversación. La abracé. Unos segundos antes le había dicho: “Soy mujer, te comprendo, ¿Puedo…?” Nos abrazamos. Debajo de aquellas capas de tela negra otro ser humano también se agarraba con fuerza a mi cuerpo, crujiéndome. Al terminar, el niño más pequeño me agarró el vestido y me llevó hasta las escaleras para enseñarme la luz de la calle. Tendría poco más de un año. Comprendí que la Muerte no es una frontera.

Vuelvo a aquella cena, en la que reconocí dos de sus caras. A mi izquierda tenia al socorrista estremecido y a mi derecha el amante del heavy metal que en Aleppo había dirigido su propio pub. Junto al primero la Muerte se presentaba como uno de esos binomios que tanto gusta a nuestra cultura neoliberal: Vida/Muerte. En esa silla ella representaba el fracaso de la Vida, ese final al que no queremos asistir y que cuando sucede se hace en solitario. A mi derecha, la Muerte era parte de un ciclo infinito en el que todos los seres vivos estamos incluidos; formaba parte de la terna Vida/Muerte/Vida.

Era de noche, en la humilde mesa sumábamos unos veinte comensales, dábamos la bienvenida a nuev@s voluntari@s y despedíamos a quienes llevaban ya un tiempo en la isla. Frente a aquella terraza la policía portuaria detenía a un refugiado que intentaba salir de la isla escondido en los bajos de uno de los camiones que subían al ferry. Por lo visto es bastante frecuente. Una de las que dejaban el grupo aquella noche para devolver una ambulancia a Euskadi seguía diciendo “Me voy y hay tantas cosas que no entiendo… Bueno, en realidad creo que no entiendo nada”. Por supuesto, la abracé haciendo crujir sus huesos en el aire, musitando que nunca llega a imaginar una a qué asuntos puede acostumbrarse.

Dos días después Rita me enseñaba un video grabado por uno de los supervivientes del trayecto. Ví los saltos de la motora en el agua, l@s niñ@s llorando, l@s adult@s orando. El mar no parecía tan bravo. ¿Por qué me perturbaba ese video? Tardé dos días en responderme. Aquellas personas estaban confrontando la muerte juntas, para ellas morir no era una posibilidad individual sino colectiva. En esa balsa eran cuarenta personas enfrentándose a cuarenta Muertes. En la sociedad en la que he crecido esto es impensable, quizá mis abuel@s lo vivieran ante un posible paredón durante las guerras europeas. La Muerte en la sociedad en la que vivo suele ser un acto solitario y, además, cuando se espera que la ciencia prolongue la vida a cualquier precio y la juventud se convierte en un valor en sí misma, pasa a ser un fracaso que debe escamotearse.

No he hablado de tí, Muerte, aún sabiendo que formas parte del ciclo de la Vida. No te he convertido en protagonista de ninguna de las crónicas. Quizá tema que quien lea esta crónica se niegue a acompañarme hasta el punto final y nos quedemos aquí, tú y yo, a solas, face to face.

¿De qué me vale haber dormido este invierno en el barrio que Kolkata (India) dedica a la diosa Kali, deidad que representa la creación de manera integral, es decir, la diosa del nacimiento, la corrupción y la muerte? ¿De qué me vale haber visto morir al Ganges mientras los creyentes incineraban sus cuerpos sobre sus aguas? ¿De qué me valen mis convicciones? ¿A qué viene mi pudor? ¿Es que la Muerte es obscena? ¿Cómo puede ser posible si la industria de la guerra sostiene la sociedad en la que vivo?

No es a la Muerte arrebatada a la que abrazo, no a la que se ofrece como última frontera. La mía es la que baila en el ciclo de la Vida. Su presencia hace más serena mi sonrisa y más verdaderas mis fragilidades.

A pesar de tal reconocimiento llevo dos meses sin hablar abiertamente de ella. Me comporto como quien no se acostumbra a nadar desnuda y enseguida se cubre al salir del agua o sólo se libera de la ropa cuando va a la cama.

Es evidente que soy una mujer de mi tiempo y mi cultura, mucho más de lo que desearía.  Como habitante de esta sociedad neoliberal, mi forma de entender la Muerte sigue siendo “mía”, es decir, individual, solitaria, masturbadora.

En este momento Rita invierte 158 euros que le donó un amigo en juguetes para el orfanato Park of the world, antes de ofrecer otra donación al centro de mujeres.

Tenemos claro qué haríamos si nos cruzáramos con una embarcación: primero avisaríamos al Guardacostas y a continuación atenderíamos a quienes viajaran en la barcaza. Es probable que no suceda, al menos hoy, porque estamos fuera se las rutas de los mercaderes de personas, sin embargo me pongo a disposición. Recuerdo los abrazos y miro a los ojos a la protagonista de esta crónica. Pienso en el superviviente de Aleppo, a quien cortaron los tendones de la mano para que no volviera a tocar y en las dos palabras que cacé al vuelo en aquella cena. Dijo: “muerte digna”.

Las casi 50.000 personas que esperan su destino en Grecia hacinándose en campos de detención subieron en su momento a una barcaza porque entendieron que si el mar les devoraba sería una muerte digna, es decir, en sintonía con su decisión de apropiarse de la vida. Esa forma de concebir la dignidad de la Muerte no tiene nada que ver con la que deseamos para nosotros: morir dormid@s, como si no estuviéramos ahí, morir como vivimos, desposeid@s de la vitalidad de la vida, cumpliendo con falsas obligaciones, prometiéndonos que consumiremos menos con tal de no perder nuestro sillón, que seremos buenos para seguir jugando.

Jugarse la vida o morir. Salvar la vida de otro, socorrer. Las dos propuestas ahora me resultan incompatibles, como el agua y el aceite. Hasta ahora, desde el lugar en el que vemos llegar las barcazas, l@s espectador@s tenemos claros los roles: una persona socorre, la otra es socorrida. La primera es la heroína, la segunda la víctima, por mucho que se reconozca la valentía en ambas partes. Si tuviera que describir la escena con una figura elegiría una flecha vertical.

azul

Por supuesto que socorrer salva vidas.

Por supuesto que socorrer ayuda.

Pero también sucede algo innegable: Socorrer empodera, sitúa a quien salva en el lado de los exitosos, de los integrados, de los que gozan de buena suerte, es decir, de una élite que no es la de los ricos pero da un lugar.

He visto gestos de competitividad entre los seres bondadosos, entre las organizaciones y plataformas dedicadas al cuidado, todos querían un pedazo de miseria que aliviar. Así de profunda es la dentellada el neoliberalismo, cuya moral afirma que sólo quien “tiene” goza del privilegio de dar. Desde este lugar, socorrer no es revolucionario sino todo lo contrario,  genera alivio, alimenta los actos de contrición, la culpa y el sometimiento, pues al decir en alto “tengo más de lo que necesito”, “no me puedo quejar” se deja que la sociedad continúe con su hoja se ruta.

Pero también he escuchado conversaciones sobre cómo trabajar lo glocal observando los principios de la economía circular. He aprendido que encontrar un bien común, poner en valor los dones personales (por poco productivos que parezcan) y conseguir que todo el proceso goce de la excelencia de la dignidad puede ser fuente de riqueza.

Navego lejos del corazón de Europa, donde el sistema neoliberal deja morir a las personas dependientes, enfermas crónicas, emigrantes en las CIEs, desplazadas por las guerras en campos de detención… Sus dentelladas llegan hasta los márgenes, donde las buenas personas se extenúan mientras siguen sin asumir que nadie puede borrar la Muerte, mientras el conflicto no hace otra cosa que mutar delante de sus narices. Pero también he aprendido que navego en un mar en el que la Muerte, en su segundo paso, anda germinando nuevas formas de Vida.

https://www.youtube.com/watch?v=jWMOqVKHeSQ

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Un comentario en “Jugarse la vida o morir

  1. Nacemos con la semilla de la muerte, apenas latente. Lo que han visto muchos de los que huyen, las lágrimas de dolor que han derramado, de miedo, de impotencia, son el abono y el agua con las que la semilla sale de su letargo, se nutre, medra. La muerte va infiltrándose en los tejidos, fluye por las venas hasta llegar al alma, que es el cerebro. Y entonces convierte al huesped en un poco ella. Y no se espanta del igual.

    Los niños pequeños, en cambio, no saben interpretar el horror. Por eso son capaces de seguir jugando, chutando la desesperanza, haciéndola rodar bien lejos.

    Salud y buena proa

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