Ahora sé por qué canta el pájaro enjaulado

BY MARTHA ZEIN

Dentro de dos semanas la playa de Eressos acogerá el festival internacional Sappho Woman, que desde los años 50 se dirige a lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, intersexuales y cualquiera que cuestione los límites de Eros. En la cala en la que hemos fondeado los chalecos salvavidas salpican la costa, sus franjas plateadas refulgen en la noche. La luna crece sobre nuestras cabezas. Todo convive aquí, donde reposa el GoOn: el amor, la muerte, las ambiciones, la solidaridad, la inercia, las ausencias, el racismo… incluso este silencio gigante y privado que muerde mi pecho.

Alejandría, nuestra tripulante, me ha recordado que el corazón tiene neuronas y la punta de los dedos también. “Somos chisporroteos de luz, sinapsis constantes, un mar de ondas”, pensé mientras hablaba. Dos días después de decir esto abandonó el barco para escaparse con un amante griego cien años más joven que ella; tan parejos eran que para siempre quedarán en mi memoria como “la risa enamorada”.

Hasta que dio el paso definitivo Alejandría desaparecía por las noches como un sol cualquiera mientras yo me quedaba a bordo acunando mis neuronas, las causantes de que los seres humanos percibamos más de lo que somos capaces de decir, la razón por la que nuestros propios actos a veces nos sorprenden. Por las mañanas ella regresaba con las huellas de la pasión en la piel, trayendo al velero conversaciones cortas llenas de guiños y sonrisas cómplices y yo la escuchaba diciéndome que somos un cuerpo informado, que actuamos con todo lo que somos, de manera transversal, sin divisiones, sin lógica que valga. Jornada tras jornada, enteramente hembra, Alejandria me fue demostrando qué significa gozar con toda la vida que llevamos dentro.

Hice mías sus lecciones. Millones de impulsos nerviosos atraviesan nuestro cerebro reptiliano, el límbico y el neocortex recogiendo lo que no sabemos pero existe, lo que permanece en el aire después de la fiesta, el fuego, la primavera o el humo de un tubo de escape donde todo es playa. Los cuerpos hablan. Por la forma de descalzarse sabia que Alejandría había dado mil años de amor en cada caricia, trescientos siglos de gloria en cada gloria. Del mismo modo esperaba que de un momento a otro yo diría o escribiría o haría algo inesperado, al fin y al cabo mi cerebro lleva semanas digiriendo informaciones a los que no estoy habituada; proceden del silencio de las cosas, de las personas y sus actos, de los miles de naufragios de estas aguas en las que floto.

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Hace dias que percibo el silbido del fascismo deslizándose entre los dientes de Lesbos. Puedo argumentarlo: La opinión sobre el prójimo que llega en barcazas se reduce a conceptos de bueno/malo en las conversaciones de la clase media. En la recepción de los negocios de hostelería cool se revuelven en la silla cuando les preguntas por ciertas direcciones. En breve alguien redactará la declaración universal de los derechos del turista; uno de los primeros dirá “tenemos derecho a no ver miseria durante nuestro sagrado asueto anual”.

Estos pequeños detalles se convierten en síntomas cuando me entero que el partido neonazi Amanecer Dorado ha intentado montar una sede en Plomari, el corazón más “rojo” de esta isla libre, abierta, comprometida y generosa. Por lo visto, Lesbos y Kos fueron las islas que más votos otorgaron a este partido xenófobo en las últimas elecciones. Sin embargo es algo más que eso, el fascismo sisea en la indiferencia de los visitantes, en el vacío de los negocios sobreviviendo a siete años de recesión, en la soledad de las soluciones humanitarias que improvisan las buenas gentes. Dicen que en el problema nace la solución, también puede suceder al revés.

El gobierno griego se enfrenta con la obligación de alimentar, dar atención médica, espacio y calidez a las personas desplazadas por las guerras, cuando no es capaz de hacerlo con su propia ciudadanía. La solución que no dan las instituciones las ofrecen los individuos con su generosa implicación personal. Amanecer Dorado apuesta por su agotamiento, además de por la incoherencia de Europa. Para colmo de males, el gobierno de Syriza no está planteando ninguna estructura de acogida ni aplica ninguna política de integración. ¿Cuánto tiempo más puede durar este compromiso ciudadano a espaldas de gobiernos, organismos internacionales y entidades financieras? Por las redes sociales se multiplican la solicitud de fondos para continuar los proyectos solidarios que surfean cierres, desahucios y expulsiones. La normalización de esta nueva miseria es una mecha peligrosa.

Llevamos dos meses y medio bordeando estas islas. En un año han sido atravesadas por casi un millón de personas que huían de la guerra, la mitad lo hicieron por Lesbos. Por todas partes encuentro un silencio atroz. Le interpelo sabiendo que no está en su naturaleza hablar. No somos un barco misionero (aunque algún querido amigo así lo percibiera), no estamos de vacaciones (aunque nuestros tripulantes sí lo estén y usen su tiempo a su libre albedrío) y no soy periodista, aunque cuestione el mundo. Es más, por estar en un barco y formar parte de un grupo en constante cambio mis actos son el resultado de un constante consenso y apenas soy dueña de alguno de mis pasos. En cuanto al resultado de mis preguntas, empiezo a sospechar: Si observo la muerte, la hallo; si apelo a la guerra, aparece; si es Eros o la paz o la benevolencia, igualmente salen a recibirme y son descritas. ¿Acaso veo lo que enfocan mis preguntas y sólo eso? ¿Acaso si no preguntara nada aparecería? En microfísica el asunto parece más claro. Mientras voy dando forma a esta crónica tomo consciencia de que con cada pregunta voy dibujando un mapa que no me es ajeno. Todo está ahí. Yo también

El plátano de la plaza principal de Plomari acoge la vida de dia y de noche

Un par de días después de que el amor llegara nadando hasta los pies de Alejandria ya teníamos claro que el domingo sería una jornada enteramente “nuestra”, pues coincidía con un cambio de tripulación. Empecé a darle vueltas a qué dedicaría esas preciosas horas. ¿Pediría una cita en Pikpa para conocer todas sus iniciativas alternativas, desde el relleno de salvavidas para hacer colchones o restos de plástico para hacer alfombras, a su huerto urbano? ¿Pasaría unas horas con l@s fundadores de Plátanos, la plataforma que durante meses propició comida, ropa caliente, salvamento y refugio a quienes desembarcaban en Skala Skamnias? ¿Conseguiría acceder a los chubasqueros, bolsos y carteras que los miembros de Odyssea siguen haciendo con los chalecos salvavidas abandonados (el proyecto se llama The Life Vest) o sería mejor establecer contacto con No borders backpack, cuya capacidad de reciclaje ha estado orientada a hacer pequeñas maletas impermeables con restos de lanchas para ponerlas a disposición de las personas desplazadas?

Quizás debiera de centrarme y apostar por las Dirty girls, un grupo de mujeres de Lesbos que desde el primer momento se dedicaron a recoger la ropa húmeda que aparecía en la costa para lavarla en sus propias lavadoras, secarla y devolvérsela a los refugiados y ahora lo hacen en la lavandería de Peter. En estos días en que apenas llegan embarcaciones quizás pudieran dedicarme un tiempo a contarme qué necesita hoy Lesbos…

Frené en seco. ¡Estaba haciendo algo indignante! ¡Estaba revisando esas iniciativas como si formaran parte de un menú! Me dije que ya bastaba de tanto folklore, que en mi país también tenemos CIES vergonzosos a los que aún no me he asomado y que si quería sentirme mejor persona me fuera a limpiar mis miserias en otros culos. “¿De qué vas, Martha? ¿Qué pretendes? ¿Qué quieres saber?” Fui tachando decenas de respuestas.

“Quiero saber de dónde viene el compromiso” fue una de las que más me costó eliminar. La di por buena durante unos días y fui planteándola a quienes me cruzaba en el camino,

Las Dirty Grils de Lesbos han convertido los guantes de limpieza en una seña de identidad con tal capacidad de convocatoria que ahora extienden su ayuda a otros colectivos.

Telémaco, un empresario cretense de larga militancia en el partido comunista griego con quien he compartido numerosos uzzos bajo la sombra del gran plátano de Plomari, me contestó que a finales del siglo XIX Lesbos era una isla industrial que acogía a miles de trabajador@s. La producción del conocido como jabón “de Marsella” y el talco daba trabajo a unas 1400 personas, gran parte de ellas mujeres autónomas, libres y económicamente autosuficientes. Cuando estalló la revolución rusa la isla fue tierra fértil para discursos sobre los derechos de la clase más desposeída, la obrera, y sus habitantes abrazaron los principios de solidaridad entre los parias de la tierra. Desde entonces la isla se ha destacado en Grecia por su conciencia de clase. “¿Cómo no íbamos a saber organizarnos ante este nuevo problema?”.

¿Debía de concluir que el compromiso es un legado, que forma parte de una memoria histórica capaz de atravesar las ideologías y los acontecimientos de la Historia? Desgraciadamente la identidad basada en la clase social está en decadencia. Ahora es raro que alguien se defina como “obrero”, por mucho que ponga el cuerpo en juego, sea explotado o alienado. El neoliberalismo promueve la multiplicación de las identidades ¿Es posible que las nietas de aquellas mujeres libres ahora den biberones a los niños náufragos por una ética heredada?

Quizá sólo fue la dimensión del problema lo que desató la solidaridad de tantas personas. Theodora, profesora de universidad y residente en Mytilene (capital de la isla) me escuchaba circunspecta. “He visto a mucha gente hacer dinero con la desgracia, llegaban a cobrar cinco euros por la carga de un móvil. Imagina, eran miles de personas vagando por el puerto. Ni generosos ni no generosos, simplemente el problema está en otro escenario”. Fue entonces cuando borré “Quiero saber de dónde viene el compromiso”, de la lista de respuestas y me quedé a solas con esta: “Quiero comprender aquello que no sé”.

Para descubrir la naturaleza de “aquello que no sé” y me reclama, lo único que puedo hacer es seguir navegando.

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Si Telémaco me dio unas indicaciones poco actualizadas de los lugares (como días después comprobaría), Theodora me señalaría en el mapa, con evidente incomodidad, dónde se levanta el cementerio de San Pantaleón; nada más. “Estamos en agosto, ¿es que no ves que es una pregunta incómoda?”, pareció decir el cuerpo de la dueña del restaurante en carretera, que ante mi pregunta respondió “está por aquí, no sé muy bien dónde”. Eramos sus únicos clientes y aquel no era aún nuestro día libre. Según mis cálculos no debía quedar muy lejos la finca agrícola de propiedad comunal y seis hectareas de extensión que constituye el nuevo cementerio de Lesbos, abierto exclusivamente para las personas desplazadas por las guerras. Sabia que está situado en Kato Tritos, en la carretera que une Plomari con Mytilene, la que estábamos recorriendo en busca de unas piezas para el barco. Continué tomando la ensalada griega bajo un calor de justicia mientras volvia a escuchar aquel silbido inquietante: La manera en que se está gestionando el tráfico de personas desplazadas por las guerras es un regalo para Amanecer Dorado.

De regreso a Plomari, donde hemos tenido en centro de operaciones durante unos días, intenté que mis yoes llegaran a un acuerdo. Tras un largo debate sobre la trampa de caer en el turismo del morbo, la sed de obtener una fotografía personalizada de lo mil veces ya fotografiado, la banalidad de dedicar apenas unas horas a conocer las necesidades que existen y sus soluciones, etc, decidí que alquilaría un coche y me dejaría guiar por los habitantes de la isla. Lejos de pedir información precisa a quienes conocen el dia a dia de los campos de detención, sin guías ni GPS, preguntaría a quienes me fuera encontrando por el camino por esos lugares de referencia. ¿Cómo responderían a una mujer con aspecto de turista que en les pregunta en mal inglés dónde está el vertedero de life jackets? ¿Me ocultarían la información? ¿Me llevarían de la mano? ¿Me espetarían que Lesbos es más que eso?.

El más bruto, el más indigno, el más límbico de mis yoes empezó a repasar los lugares que fueron portada en la “crisis de refugiados”. No sólo podría preguntar por el inmenso vertedero de chalecos salvavidas, o por los cementerios con lápidas de cientos de náufragos sin nombre, también podía indagar por el lugar exacto en el que encendían el fuego en las playas cercanas a Molivos, donde hervían los calderos de sopa para los cientos de personas que desembarcaban diariamente en la isla. A medía que ese yo multiplicaba sus posibilidades mis otros yoes tomaron conciencia de que estaba creando una “ruta humanitaria para humanitaristas” y casi arde Troya en mi interior. En mi defensa aduje que hay una épica sobre “la crisis de los refugiados” hecha a golpe de fotografias y apenas argumentos. Mi cerebro también la había ido asimilando a lo largo del último año. ¿Cuántas veces hemos ido buscando en el paisaje aquella imagen que ya vimos, ya fuera en la infancia o en una guia de viajes? La persona que hoy transita por un planeta tan retratado necesita caminar a ciegas si quiere recuperar la mirada.

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La maqueta de Esmirna en el museo de los refugiados de Skala Loutra

Me dejé en paz. Alejandria aún regresaba a nuestra vera como una yegua salvaje, elegante y con la piel húmeda de tanto cabalgar y yo acariciaba su lomo de hembra viva con palabras enardecidas. Lejos de las rutas de los traficantes de personas, el sur de Lesbos permite que sus habitantes y sus visitantes vivan al margen de los campos de detención. Los de la capital, Mytilene, deben de recurrir a otras estrategias, entre otras, no pasar por las zonas industriales en las que las autoridades permiten la existencia de estos campos.

La mañana en la que nuestra tripulante nos comunicó que a partir de ese momento su cama seria golfa y su habitación terrestre, el GoOn estaba amarrado en Skala Loutra, en el golfo de Geras. Quedamos en que la iríamos a buscar con sus pertenencias al día siguiente. Dispuesta a disfrutar de una inesperada mañana de soledad, saqué de la pequeña estantería del GoOn un libro que había olvidado: “Ahora sé por qué canta el pájaro enjaulado”, el primer tomo de la autobiografia de Maya Angelou, refernte de los derechos civiles de la población negra en EEUU. Lo compré antes de partir, por sugerencia de la librera, por el perfil de la autora y por el título en sí. Ahora aquella frase se dirigía abiertamente a mi corazón.

Horas después el capitán me arrancó de la lectura. Mientras Alejandria se dejaba arrullar por su amante a decenas de kilómetros de allí, él me proponía visitar el museo de los refugiados que se ofrecía en uno de los carteles del pequeño pueblo. Había pedido cita para que lo abrieran. La responsable del recinto nos recibió acompañada de dos jóvenes, que sabían hablar inglés. Uno de ellos, Bill Gioranidis, empezó a contar los detalles de lo que sería la historia de un pueblo y la de su propia familia.

Así fue cómo me enteré que casi la mitad del pueblo griego procede de la diáspora. En 1922, tras la derrota del ejército griego en la campaña de Turquia, casi un millón y medio de grieg@s que habitaban en Asia Menor fueron expulsad@s de sus tierras. Se les forzó a instalarse en Grecia, un país con entonces apenas cinco millones y medio de habitantes. Lesbos fue uno de los principales destinos de este exilio por ser la isla más cercana al continente turco, amén de por su desarrollo industrial. En el centro de las dos salas una enorme vitrina ofrecía una maqueta con la réplica exacta de Esmirna antes de que fuera destruida por el ejército turco.

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Bill empezó a mezclar los datos con sus apreciaciones personales. El sábado 9 de septiembre 1922, entre las 10 y 11 de la mañana, la caballería turca entró en Esmirna. Muchos jinetes llevaban ramas de olivo y gritaban “KORMA” (no te preocupes), usando así una táctica adoptada por los turcos antes de las masacres. La matanza se inició en el barrio armenio, seguido por la masacre de los griegos. Cuatro días después prendieron fuego a Esmirna, que no dejó de arder durante 72 horas. Entonces comenzó el éxodo de los sobrevivientes. Se calcula que en Esmirna se mataron entre 850.000 y un millón de cristianos armenios y griegos, de una población de dos millones de habitantes. Los 28 buques de guerra de las potencias de occidente que habían pasado los quince días como meros observadores, sólo se acercaron al final a ayudar a los sobrevivientes, que desplazaron a Grecia atendiendo a los acuerdos de intercambio de población entre Grecia y Turquía.

La forma que tenia BIll de pasar el dedo por las fotografias de aquellas personas desplazadas por las guerras me impresionó. Parecía que las acariciara. Decía que eran los mismos rostros de aquellos que hoy llegaban de Siria. Era cierto, sus cuerpos hablaban de un cansancio común, de una humillación compartida, de un abandono capaz de atravesar el calendario. Era el mismo lenguaje de quienes abracé días atrás en mi paso por los centros de acogida, sin palabras porque somos mucho más que frases, porque narramos con todo el cuerpo.

Tras unos segundos de silencio, Bill añadió: “Crecí escuchando a los más mayores contar historias de la ‘huida’: cómo debieron dar las joyas de la familia al traficante que les trasladó a las islas, las atrocidades de las que habían sido testigos.”. Terminó la frase con una sonrisa y volvió a la historia oficial: Grecia siguió acogiendo a l@s expulsad@s del siglo XX: en 1940 a las decenas de miles que huían del régimen fascista se Antonescu (Rumanía); en 1956 a los afectados por la crisis del canal de Suez (Egipto); en 1955 y en 1964, los que huían de Estambul a causa de la crisis chipriota… Algo había sucedido que me costaba atender a sus datos. Sólo podia atender a los cuerpos contritos de esas fotos, reconocía en ellos lo que callaban.

Lesbos, Grecia, 1922

Fui de 1922 a 2016, del pasado al presente, trazando paralelismos, intentando comprender por qué me faltaba el aire. Bill entonces levantó la vista, emocionado: “Ahora comprenderás por qué los pescadores, las amas de casa, las abuelas, nos lanzamos al mar para abrazarles”. Mi pájaro enjaulado empezó a trinar.

Por primera vez alguien me contaba lo que nunca se narró en mi familia: los detalles de la diáspora de mi abuelo, de sus herman@s, de mis tí@s, de mi padre, huyendo al final de la II GM de la ciudad arrasada por las bombas en la que habían vivido generaciones de Zein. Del miedo, de su herencia, del legado. La huída de nuestra familia siempre se redujo a una frase: “Fuimos a vivir a Heidelberg”, pronunciada como quien simplemente cambia de dirección. Hasta tal punto he integrado ese silencio que sigo denominándome nómada aunque sé que hay algo en ese traje que no me encaja.

Aunque parezca mentira, en estos dos meses y medio que llevamos navegando no había pensado en ello. Soy la única descendiente de la familia Zein que ha vuelto al lugar del que fuimos expulsados. Lo hice ya de adulta, a los 42 años, creyendo que encontraría tumbas en las que pudiera leer el apellido Zein, deseando que los documentos y los lugares pusieran contar un cuento a mis hermanos, a mí, sobre nuestra identidad, sobre la pertenencia, pero en su lugar encontré un monumento a todos los caídos por la guerra, nada más. La comunidad internacional había entregado esa parte de Alemania a Polonia al finalizar la guerra y todo quiso comenzar de cero, aunque no fuera cierto.

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Alepo, Siria, 2016

Llevo meses teorizando sobre los efectos de la guerra, especulando sobre el tiempo que será necesario para que los refugiados sirios puedan sentirse en paz, analizando los pormenores de la solidaridad, el movimiento pacifista y las alternativas al sistema, llevo 80 días repartiendo tantas preguntas como abrazos y no había caído en la cuenta de lo que más me concierne: que la mirada perdida de aquel niño sirio rescatado de entre los escombros bien pudo ser la de mi padre, que soy heredera de un dolor que se quedó enterrado junto con bienes, tumbas, retratos y canciones, que soy descendiente de personas expulsadas de sus tierras, que mi ADN pertenece a quienes Buscaron refugio, que mi familia sabe que cualquier lugar es bueno para quien huye de la guerra como también sabe que no tienen lugar donde llorar a sus muertos. Soy la hija de es@s niñ@s que hoy me conmueven. Ahora sé por qué canta el pájaro enjaulado.

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4 comentarios en “Ahora sé por qué canta el pájaro enjaulado

  1. Qué emoción, Martha, produce leerte.

    Detrás mío, a apenas unos pasos, el ronroneo de una conversación científica va haciéndose más pequeña hasta que acaba por desaparecer. Entonces me doy cuenta de que no estoy cerca de Palamós, sino junto al GoOn, oyendo su jarcia tintinear contra el palo, y el rumor de conversaciones que viene de tierra, en torno al plátano.

    Y hago todo lo posible por oír esas conversaciones, como el primero de otros muchos pasos.

    Gracias por ayudarme.

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  2. Hola Martha no tan desconocida. Intentando encontrar algo enviado por ti hace apenas unos días ( no sé si lo aluciné o …desapareció de mi bandeja de entrada) me encontré con Éste que había guardado sin leer… emocionante, como siempre, ese viaje tuyo hacia fuera y hacia dentro.

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    1. Hola Graciela, cuánto tiempo, disculpa el retraso de la respuesta. ¿Cómo estás? Me pillas embarcada en un viaje personal que atraviesa Eros, el arte, la filosofía y la poesía… Nació acunado por el viento y el mar. Volveré a navegar en primavera, mientras, seguro que regresaré al Mediterráneo con nuevos mundos interiores. Gracias por tus lecturas y deseando que en algún momento nuestros caminos se crucen. Un abrazo

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